Cultura y Libros

Marilyn

Basta decir Marilyn para estar diciendo Marilyn Monroe. No es necesario el nombre artístico completo.

Domingo 29 de Octubre de 2017

Basta decir Marilyn para estar diciendo Marilyn Monroe. No es necesario el nombre artístico completo. Tal vez sea una clave de su vida. Tampoco es muy necesario su nombre verdadero, Norma Jean Baker, porque no es su verdadero nombre. En verdad su nombre es precisamente Marilyn, el nombre de una mujer maravillosa. Lo que ella quiso y logró ser. No es muy necesario el nombre de un padre que en rigor no tuvo. Marilyn le dio su última entrevista al periodista francés Georges Belmont. La nota fue publicada en octubre de 1960 en la revista Marie Claire, 22 meses antes de su misteriosa muerte el 5 de agosto de 1962. A su vez incluida en el libro Las grandes entrevistas de la historia Santillana (El País)-Aguilar, 1997. Analizar una entrevista por parte de alguien que se dedica a analizar es una tentación. En realidad lo primero de esta entrevista es que no es una entrevista. Es un monólogo con sólo dos preguntas, una en el comienzo otra en el final, a pesar de que ella misma en el comienzo dice "prefiero contestar preguntas, sencillamente no puedo contar toda la historia. Es terrible… por dónde iba a empezar". Entonces Georges Belmont dispara la primera pregunta: "¿Cuáles son sus primeros recuerdos de la niñez"?, y Marilyn habla de su historia y sus reflexiones desarrollando un monólogo reflexivo de su vida y… de la vida. No una mera catarsis, en todo caso una especie de sesión analítica con final feliz por parte de alguien que no sabía que su final estaba tan cercano y no precisamente feliz sea cual sea. Recordará que era una sobreviviente ya desde la cuna de una historia sórdida. Sobrevivir será una de las claves de su vida, una vida que como toda vida será una competencia entre lo previamente determinado y el azar, entre la causalidad y la casualidad. "Fui hija natural, ilegítima". Es decir nacida después de los dos primeros maridos de su madre quien se vio obligada a dar algún apellido al momento del nacimiento de Marilyn. "Supongo que por pura coincidencia ella dijo Baker", el apellido del primero de dichos maridos. ¿Cuál coincidencia? Es que ella explica que en su partida de nacimiento figura como profesión del padre "baker" (panadero). Una señal o la pura coincidencia de la que habla Marilyn, seguramente una marca de la madre que en el instante crucial no tenía a nadie a su lado e invocó al primero. A su debido tiempo le habían explicado que su padre había muerto en un accidente en Nueva York antes de su nacimiento. Sobreviviente pues a la muerte de un padre que no tuvo ni podía tener siempre se preguntará si acaso no era una impostora. Quizás ese fantasma real fue fuente de su deseo fundamental: ser perfecta. En el trabajo de la obrera de sus comienzos tanto como en la actriz que iba haciéndose famosa. Una perfección no por un ideal de perfeccionismo neurótico tan frecuente en las habituales batallas frente al espejo, sino para ser feliz, en el trabajo y en el amor. Las dos cosas dirá. Algo que casi todos decimos. Incluyendo al mismísimo Freud que algo sabía al respecto. Según parece una vez le preguntaron al inventor del psicoanálisis qué era, o cómo era ser normal. El formulador de lo inconsciente respondió: amar y trabajar. Nada más difícil. Una obviedad que nunca logra alcanzar la obviedad que pregona. El amor cura a los humanos de su soledad irreparable, como también los enferma con sus incertidumbres indisolubles. En cuanto al trabajo ya no es lo que era como lo presagiaba La muerte de un viajante de Arthur Miller, precisamente el último amor de Marilyn, en una dramática obra que anunciaba la muerte de la dignidad y de la estabilidad del trabajo. El capital dejó de ser solamente trabajo acumulado como descubrió y formuló el viejo Marx, para volverse la reproducción sin límites del dinero financiero sin la intervención de la mano del hombre. Marilyn hablará de la importancia del Actor's Studio en las enseñanzas de Lee Strasberg, también de su efímero matrimonio con Joe Di Maggio. Cuenta con detalles su buena vida con Arthur Miller, sus desayunos, sus comidas. Hablará de su especialidad, los tallarines, y del pan que ella misma fabricaba. De su relato se pueden extraer dos clases de gente, los que pensaban que ella era una starlet: sexy, frívola y estúpida, y por otro lado la gente que trabaja, es decir la gente digna de sus comienzos humildes. En aquellos tiempos juntaba la plata durante la semana para ver la película de los sábados y se enojaba mucho si era una mala película. Dirá actúo para ellos y lo debo hacer lo mejor posible. La estúpida rubia de la que hablaban los verdaderos estúpidos dirá: "No me aburren las cosas. Me aburre la gente que se aburre". El mismo tipo de gente que una vez le preguntó qué se ponía para dormir, ¿la chaqueta del pijama?, ¿el pantalón?, ¿un camisón? Y ella respondió: "Chanel número 5", una de sus respuestas más célebres, inteligente y glamorosa, enviando a los estúpidos a dormir con su propio morbo. Dejo para el final su deseo más grande y quizás su mayor aporte: "Me gustaría mucho ser una buena actriz, una actriz de verdad. Y también me gustaría ser feliz, ¿pero quién lo es? Creo que intentar ser feliz es casi tan complicado como intentar ser una buena actriz. Ambas cosas cuestan trabajo". Marilyn dice que una buena actriz es una actriz de verdad. En tal caso ¿cuál es la condición sine qua non para ser una buena actriz, lo que ella llama una actriz de verdad? La capacidad de ser otra/otro es la capacidad del actor de abstenerse de ser él mismo, es decir que el personaje a representar no sea tapado, ocultado por el propio ser del actor o de la actriz (su ego, su Yo y demás narcisismos afines). De alguna manera poder ser feliz, o poder disfrutar en esta compleja vida requiere del mismo trabajo. Entender lo que los mejores griegos del siglo de Pericles intuyeron: el mayor problema y el mayor obstáculo del ser humano es él mismo. De nada ayudan a las personas las peroratas sobre la autoestima. Ese culto positivo o negativo de sí mismo interna al sujeto en su propia casa dejándolo casado consigo mismo lejos del trabajo de vivir, o del oficio de vivir del que hablaba Pavese. Más grande es el árbol, más chico es el bosque.

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