Cultura y Libros

El instinto perdido

En 1992 la bellísima Sharon Stone está atrapada en sus instintos por cierto muy bajos.

Domingo 31 de Marzo de 2019

En 1992 la bellísima Sharon Stone está atrapada en sus instintos por cierto muy bajos. Sufre una compulsión al sexo juntamente con un impulso irresistible de matar a su partenaire, es decir a sus compañeros de fragor sexual a quienes despacha al otro mundo con un filoso picahielo usado en el momento oportuno.

La película se llamaba Bajos instintos y Sharon estaba acompañada en los protagónicos por Michael Douglas —el hijo de Kirk— una celebridad en la época del Hollywood más célebre. La película, de una calidad mínima, consiguió sin embargo cierta resonancia a partir del hipererotismo de Sharon, muy entretejido con la muerte. Un combo no demasiado original si se piensa en un ser como el humano, bastante proclive a soñar con hazañas sexuales a la vez coqueteando con la muerte. También resulta inevitable la asociación con las arañas asesinas tipo viuda negra que se fagocitan al macho luego de la cópula. Ahora bien, el macho tendrá en cada época de celo ganas de copular aunque la hembra le coma la cabeza y la hembra, como todas las hembras, copulará aunque igualmente se comerá la cabeza del macho.

La reflexión con relación a esta conducta animal del biólogo e investigador Marcelo Cereijido es muy elocuente. Dirá, es que la araña macho no puede recordar a un abuelo que lo advierta del peligro al arribar al mismo trance sexual de modo de evitar el instinto de la araña hembra. Ni el macho puede evitar el instinto ni la hembra puede evitar el suyo. Recordemos una vez más que copular es muy propio de los animales siempre con una sexualidad al servicio de la reproducción de la especie. No puede decirse lo mismo de los humanos, siempre pendientes del sexo, nunca muy interesados en la reproducción de la especie.

No hace mucho el diario La Nación lanzó un editorial de admiración con relación a las niñas (12-14 años) por enfrentar a sus madres instigadoras de abortar los embarazos productos de violaciones a sus hijas. El editorial, con título impactante, "Niñas madres con Mayúsculas", fue publicado el 1º de febrero pasado con alta resonancia. Muchas sociedades han enfrentado de modo problemático la discusión y sanción de leyes de legalización interruptora del embarazo. El presente artículo no es una reflexión sobre la validez o no de dichas leyes. En cualquier caso no está de más recordar que en los países en que es posible la interrupción del embarazo dicha interrupción no es ni se vuelve obligatoria sino que los involucrados pueden decidir la continuidad o no del mismo. La cuestión en juego, ¿cuál es el fundamento (según La Nación) determinando la posición de estas niñas para sostener un embarazo producto de un acto no querido ni mucho menos deseado, es decir una violación? Según se dice ahí el fundamento es la fuerza del instinto materno. No deja de sorprender una argumentación tal vez proclamada sin pensar demasiado. Si el instinto está en la base de la conducta de estas niñas es porque lo está en la base de la conducta humana. En tal caso los encuentros sexuales estarían programados biológicamente y la sexualidad atravesaría épocas de celo, lo que a todas luces no es así en tanto la sexualidad humana no tiene época, ni momento, ni hora, además de transcurrir tanto sea en lugares adecuados como inadecuados. Una sexualidad con normalidades aparentes que bien pueden ocultar peligrosas perversidades o bien manifiestamente perversas. En cambio cuando un gato está en celo sigue el mandato del instinto, por tanto no tendría sentido felicitarlo en tal sentido, y si no está en celo no se le ocurre perseguir a ninguna gatita. El problema con el remanido instinto materno es que es una certeza (tan ideológica) que es imposible de cuestionar para el pensamiento tradicional asentado en el arraigado hábito de no pensar.

¿Existe semejante instinto? Más aún, ¿existen instintos en la base de la conducta humana, como sí los hay en la base de la conducta animal? En rigor habría que decir que ni hay instinto materno ni ningún otro instinto. La especie humana es sin lugar a dudas la formación biológica más compleja, misteriosa, también más creativa para el bien o para el mal, infinitamente variable y a la vez repetidora incansable, en suma el producto de un monstruoso accidente biológico, al decir de Cornelius Castoriadis. Dicho monstruoso accidente biológico es el propio ser humano, un bicho sin instintos en su base, razón por la cual es el único viviente en el planeta con una incertidumbre esencial en su existencia.

Desde siempre los investigadores buscan lo que llaman "el eslabón perdido", es decir el ser que comunique a la especie humana con la larga cadena de todo lo viviente. Es decir, el mono un poco más listo que el mejor chimpancé por tanto más cercano a nosotros pero sin ser como nosotros. Tal vez es posible que el mítico mono no se encuentre porque nunca existió. En cambió quizás lo perdido sea el instinto. De ahí la grieta entre lo humano y lo animal. Animales a los que amamos, cuidamos, descuidamos, maltratamos y hasta extinguimos, todo muy propio de ese ser con más de una cara como el humano. El personaje de Sharon Stone no tiene bajos instintos ni altos ni medianos. No tiene lo que no hay. Padece y hace padecer una de las tantas locuras de los humanos ante la falta de regulación biológica de la sexualidad humana, lo que sin dudas agiganta la enorme tarea de la educación social. En este sentido Freud hablaba de tres profesiones imposibles: gobernar, educar, psicoanalizar. ¿Por qué? De hecho se gobierna, se educa y se psicoanaliza. Todo el tiempo. Día y Noche. Porque la tarea de las tres profesiones nunca puede eliminar la incertidumbre humana. Ni debieran proponérselo. Suprimir la esencial incertidumbre de la vida humana es la máxima ambición de ideologías y religiones, además de las inefables e imprescindibles compañías de seguros con coberturas siempre parciales. Lógicamente no hay coberturas perfectas. Como se sabe tanto como se olvida, nada ni nadie es perfecto. ¿Una vida sin muerte? En tal imposible caso ni Dios haría falta. Pero nada ni nadie nos libraría de un aburrimiento mortal.

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