El derrotero judicial de Cristina y la marcha impiadosa del ajuste ponen a prueba la lealtad del peronismo y la fidelidad de la base de apoyo de la vicepresidenta en uno de sus momentos políticos más dramáticos.

Por Mariano D'Arrigo
El derrotero judicial de Cristina y la marcha impiadosa del ajuste ponen a prueba la lealtad del peronismo y la fidelidad de la base de apoyo de la vicepresidenta en uno de sus momentos políticos más dramáticos.
El primer desafío para la presidenta del Senado es universalizar su situación personal y mostrar el hilo entre lo que sucede en los palacios de los tribunales con los problemas que enfrenta la gente de a pie. Es por eso que en su alegato político -que pareció un remix entre el famoso discurso “La historia me absolverá” de Fidel Castro y un lanzamiento de campaña- planteó que la causa Vialidad no es contra ella sino contra todo el peronismo y que el motor de la ofensiva judicial son las políticas que desplegaron los tres gobiernos kirchneristas entre 2003 y 2015. El gobierno de Alberto Fernández no figura en la genealogía.
Sin embargo, se trata de un contexto muy diferente a la edad de oro en que Cristina edificó su liderazgo, que siempre está atado a resultados. La pregunta es si más allá del centro más rocoso del núcleo duro se puede compensar con ideología lo que no se paga con cash.
A diferencia de lo que sucedió entre 2016 y 2019, Cristina no es una ex presidenta que debió dejar el poder después de un balotaje que el oficialismo perdió por sólo dos puntos o la principal referencia opositora. Ella es la arquitecta principal de una administración que, hasta acá, no logró domar la inflación que carcome sobre todo los ingresos de un electorado que viene reduciéndose sistemáticamente desde hace una década y la obligó al experimentos del Frente de Todos.
Sin las palancas del gobierno, a Cristina le queda ejercer el poder de veto frente a un presidente diluido pero que sigue teniendo la lapicera y un ministro de Economía como Sergio Massa que pasó la guadaña por los ministerios de Educación, Salud y Desarrollo Territorial y Hábitat. Incluso sacrificó una vaca sagrada del kirchnerismo como Conectar Igualdad.
Más allá de los vínculos opacos entre funcionarios judiciales y el macrismo que saltan con la causa sobre la obra pública en Santa Cruz, buena parte de las penurias judiciales de Cristina empezaron con el extinto juez Claudio Bonadío, un hombre que cultivó aceitados vínculos con el peronismo no kirchnerista que, carente de los votos suficientes, puso fichas a que se resolviera en la Justicia lo que no podían lograr dentro del PJ o en las urnas.
Años después el capital electoral de unos y otros no se ha alterado de manera drástica. A un año exacto de las Paso, distintos caciques peronistas se atan en el corto plazo a Cristina, cada vez más replegada en la provincia de Buenos Aires, pero, a la vez, la única que tracciona votos en sus distritos.
No obstante, la larga agonía del modelo estatal y las representaciones políticas que emergieron de las cenizas del 2001 abren la puerta a otras ideas, coaliciones y liderazgos. De todos modos, nada indica que Cristina, o Mauricio Macri, vayan a entregarse tan fácilmente.
El “Larreta es Macri” que escribió Cristina en Twitter sobre la represión de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires a los simpatizantes kirchneristas que se habían reunido frente a su departamento de Recoleta encierra una señal política.
Es un mensaje también a Massa y los peronistas amigables con los mercados que sondean tras bambalinas -con el auspicio de la cúpula empresaria y la embajada de Estados Unidos- un mini Pacto de la Moncloa con sectores del radicalismo y el PRO pero que incorpora dosis mayores de ajuste de las que Cristina está dispuesta a digerir.
Paradójicamente, cuando el gobierno estaba atrapado entre la disparada de los precios y el fantasma de una corrida cambiaria que nunca se termina de disipar, con Cristina en declive y una base que combina enojo, decepción y pesimismo, los fiscales Luciani y Mola le hicieron un favor a la dos veces presidenta y al peronismo.
Al menos por un rato, restablecieron el contacto entre ambos Fernández y cohesionaron al PJ, sacudieron la modorra de un peronismo al que la derecha y la izquierda le pelean el monopolio de la calle, activaron la memoria emotiva de la proscripción -tanto la de Perón como la de Lula- y resetearon la agenda. Por unos días, quedaron en un segundo plano los graves problemas de la economía para los que ni el presidente ni la vice encontraron aún la solución y que sacuden a todos los liderazgos. Sobre todo a los que intentan representar a quienes se ubican en los peldaños inferiores de la pirámide social.

