Una conocida estrofa del tango Tiempos viejos (1926), de Manuel Romero y
Francisco Canaro, dice: "Te acordás hermano, ¡qué tiempos aquellos!;/ eran otros hombres, más
hombres los nuestros/ no se conocía cocó ni morfina/ los muchachos de antes no usaban gomina". Pero
esa afirmación sobre la cocó (cocaína) no parece corresponderse con la verdad histórica, de acuerdo
a los testigos de la época. "Nunca he escuchado una mentira mayor —dijo Gustavo Germán
González, periodista de policiales del diario Crítica—. Los del 1900 eran más viciosos que
los de la actualidad. Cocaína se consumía por kilos, pero no entre la gente de condición humilde
sino entre los de buena posición y gente de teatro y cabaret". Y la circulación de las drogas no
sólo se limitaba a la capital: también en Rosario se conseguía, y en particular en bares y
prostíbulos del barrio de Pichincha, según relatan viejas crónicas.
En 1924 fue aprobada la primera ley que penalizaba el consumo y tráfico de
drogas en Argentina (ver aparte). Hasta entonces, el opio, la morfina y la cocaína habían circulado
en forma más o menos libre, con controles no demasiado estrictos sobre las farmacias, sus sitios de
expendio. Es difícil encontrar procedimientos policiales contra vendedores o usuarios antes de esa
fecha, ya que no había delito que perseguir; pero a partir de la sanción de la ley, el "peligro de
las drogas" comenzó a perfilarse como una especie de fantasma.
Así, en mayo de 1929 la prensa dio cuenta de la captura de "un traficante de
alcaloides". Se trataba de Juan Martín, un árabe de 40 años a quien un auxiliar de la comisaría 9ª
pescó en la esquina de Jujuy y Suipacha con 24 paquetitos de cocaína.
Martín dijo que la cocaína provenía de unos marineros de paso por Rosario. Pero
después se rectificó y confesó que la había comprado en distintas farmacias, a razón de un peso el
gramo. Preparaba los papeles en su casa, sin balanza alguna: algunos tenían un gramo, otros un poco
menos y todos costaban cinco pesos.
El juez Juan José Trillas, a cargo de la investigación, comprobó algunos datos
sorprendentes: la clientela de Martín estaba compuesta por mujeres; para disimular se hacía pasar
por lustrabotas. Al informar sobre el caso, La Capital publicó una lista de sus clientes, en total
31 mujeres, de las cuales 16 eran argentinas, 10 francesas, 3 italianas y 2 polacas. Había algo en
común entre ellas: trabajaban como prostitutas en "los distintos cafés de las calles Suipacha,
Jujuy, Pichincha y Brown".
El caso no tuvo mayores derivaciones, pero sirvió para poner en foco las áreas a
controlar. Las farmacias, en particular: estaban autorizadas a tener hasta dos kilos de cocaína y
sólo podían venderla con receta firmada por un médico. La prensa y la justicia denunciaron entonces
que el Consejo de Higiene no hacía las inspecciones necesarias; y las recetas podían ser
adulteradas.
La droga tenía también sus circuitos en algunos sitios situados por afuera del
radio de Pichincha. Uno de los más importantes parece haber sido el cabaret Montmartre, de San
Martín 370. Las peleas eran allí tan frecuentes como violentas, y en general la policía no lograba
averiguar demasiado. "A la serie de desórdenes que desde que empezó a funcionar se vienen
produciendo —informó una crónica el 10 de septiembre de 1928— hay que agregar uno más
de grandes proporciones (...). Conforme a la costumbre fueron arrojados durante largo rato vasos,
sillas, mesas, etc., y otros proyectiles". Ya se había vuelto algo rutinario.
La Intendencia Municipal clausuró el cabaret, pero poco después el Montmartre
reabrió las puertas para aquella clientela tan poco recomendable. El 30 de mayo de 1929 los diarios
volvieron a darle títulos destacados por una pelea a trompadas entre el portero y unos músicos que
actuaban en el local. Como era habitual, nadie quiso declarar qué había pasado; pero se sospechaba
que la trifulca "tuvo origen en cuestiones relacionadas con la venta de estupefacientes, tráfico al
que se dedicaría el aludido portero".
Pesquisa complicada
Un año después, cayó lo que parece haber sido una de las primeras bandas de
traficantes en Rosario. Su composición era heterogénea: de acuerdo al juez Trillas y el comisario
Julio Basterrechea, la integraban entre otros el rufián Manuel Schneiderman, ruso; Luis Kaplan, de
la misma nacionalidad, mozo del café Italia, de Pichincha entre Jujuy y Brown; Antonio Cervino,
dueño de una clínica de Mendoza al 3300; Carlos Pérez, taxista con parada en Jujuy y Ovidio Lagos y
José Zilberberg, polaco, mozo del café Armenonville, de Pichincha 90.
La investigación comenzó el 22 de mayo de 1930, con una trampa. Juan Colombo,
joven chansonier del teatro Casino, se acercó a Carlos Pérez, en su parada, y le dijo que quería
conseguir cocaína. El chofer respondió que tenía unos papeles para vender, a cinco pesos el gramo.
Y en el acto quedó detenido, ya que el supuesto comprador había sido enviado por el comisario
Basterrechea, que esperaba pacientemente en las sombras.
Según la policía, había otras personas dedicadas a vender cocaína "en los cafés
del barrio de Pichincha". Pérez delató como su proveedor a un tal Bernardo Pudeng, quien cayó preso
en Jujuy y Lagos. Pero no tenía nada encima, ni en su casa; sólo una libreta, en la que se creyó
ver el listado de los supuestos clientes.
"El doctor Trillas tiene ya en su poder una larga lista de cocainómanos,
personas domiciliadas en el centro de la ciudad, cuyo arresto se piensa llevar a cabo", anunció
este diario. Pero la amenaza no se concretó. La investigación continuó con las detención de una
prostituta, Francisca González, quien delató a Zilberberg. Parece que el mozo polaco vendía drogas
en el Armenonville, y los interesados se identificaban con una contraseña.
Hubo varias conjeturas sobre el origen de la droga. Un diario porteño anunció
con título en cuerpo catástrofe que una banda de narcos había llevado tres kilos de cocaína a
Rosario, pero luego se comprobó que la mercadería iba a un hospital. Y finalmente las farmacias
volvieron a estar en el ojo de la tormenta, ya que de allí salía la cocaína. El juez interrogó a
los dueños de tres comercios ubicados en Pichincha y al propietario de otro que funcionaba en
Alberdi, y confiscó la cocaína a la venta. La novedad consistió en que los procedimientos
incluyeron como perito a un farmacéutico, Jorge Desmery.
Schneiderman, cuya mujer trabajaba en el Armenonville, se perdió de vista antes
que llegara la policía a detenerlo. En el hotel donde paraba encontraron unos 20 gramos de cocaína.
Sus antecedentes no eran los mejores: "Se trata de un individuo audaz que se dedica también a
cometer extorsiones, titulándose empleado de policía o periodista", dijo la policía.
La investigación se concentró en Cervino, señalado por otros detenidos como el
principal proveedor. Además la policía descubrió que ejercía la medicina sin tener título y con dos
identidades distintas. Aquella pequeña banda fue desarticulada, pero la cocaína continuaría
corriendo en las calles de la ciudad.
Instantánea
En 1924 se sancionó la primera ley argentina (11.309) específica sobre represión
e introducción de alcaloides. Pero como requería sancionar a los consumidores y traficantes "in
fraganti delito", lo que resultaba difícil, dos años después fue reformada con la sanción de la ley
11.331, que en su artículo primero castigaba la tenencia y venta de drogas sin justificación
médica. En tanto, la ley de ejercicio de farmacia pro prohibía la repetición de una receta sin
autorización escrita del médico.