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Estudio de la obra de Juan Grela: crear una nueva naturaleza

Apenas unos meses después de la muerte de Joan Miró, Grela narró en una extensa entrevista su aproximación a la obra de este artista y el proceso que lo condujo desde el orden constructivo hacia el mundo de la imaginación.

Domingo 06 de Enero de 2008

Apenas unos meses después de la muerte de Joan Miró, Grela narró en una extensa entrevista su aproximación a la obra de este artista y el proceso que lo condujo desde el orden constructivo hacia el mundo de la imaginación. En esta conversación realizada en marzo de 1984, el pintor reveló que a fines de la década del 60 empieza a crearse en él "la necesidad de un mundo imaginativo, de un mundo de fantasía" pero que al mismo tiempo "parezca real". Tiene "la locura o la fantasía desmedida de querer crear una nueva naturaleza".

Con esa inquietud, inició una exhaustiva indagación del arte argentino: particularmente de la extraña imaginería de Juan Batlle Planas y de José Planas Casas quienes muy tempranamente habían ahondado en el mundo interior y en los métodos automáticos. Luego, como era su costumbre, se abocó a la lectura y al estudio sistemático de la obra de los diversos movimientos modernos europeos. De todos estos grupos y artistas, el surrealismo parecía encerrar aquel mundo que él quería inventar: "un mundo en el que hubiese árboles, gente, animales, estrellas, la luna, que hubiese todo pero de una forma distinta". La Introducción al surrealismo de Juan Cirlot, una de las lecturas realizadas en esta búsqueda de nuevos referentes, lo puso en contacto con varios de los artistas de este movimiento y así fue definiendo sus afinidades y distanciamientos. La obra de Max Ernst, Salvador Dalí, Giorgio de Chirico, Hans Arp, Francis Picabia, Marcel Duchamp, los dadaístas, desfilaron ante él hasta que finalmente, se decidió por Chagall, por Klee y por Miró adoptados como guías para crear un mundo nuevo con plena libertad.

Después de trabajar varios años con el compás áureo y la regla, de definir una imagen a partir de la geometría y el ángulo recto, de la ortogonalidad y los colores puros, se crearon en el pintor nuevas necesidades expresivas. La sugestión de Chagall le permitió romper el estatismo de las verticales y horizontales e incorporar el dinamismo colocando figuras, todavía geométricas, en posiciones oblicuas. Grela percibió en Chagall un mundo de animales y de gentes flotando sobre las aldeas, un mundo rural semejante al que había conocido durante su niñez en Tucumán y al que años más tarde descubrió en los alrededores de Rosario. También, mostraba una constelación dinámica con personajes resueltos sintéticamente, con facetados y cabezas ovales similares a los que el mismo Grela realizaba en sus cuadros gobernados por la geometría. Su espacio, tramado por un orden geométrico, permitía enlazar sueños, recuerdos y visiones de la vida campesina como trasfondo de una experiencia metropolitana tan excitante como desestabilizadora: Chagall el inmigrante ruso que recala en París, uno de los torbellinos modernos donde se crea el nuevo arte. De un modo similar, Grela es el silencioso y pensante artista tucumano afincado en Rosario, la ciudad puerto del litoral cosmopolita, donde participa en los debates y la creación de un arte que también tuvo la pretensión de ser radicalmente nuevo.

"Cuando uno busca un maestro —dice Grela— hay que indagar sobre las cosas que lo mueven a hacer su obra y no sacarle las formas que tiene como consecuencia de un proceso de investigación. Entonces, el amor a la naturaleza, el conocimiento de los elementos de la misma, la forma de hacer los automatismos, creer en el automatismo, en la fantasía, y a su vez creer en la observación, son las cosas que he tomado de Miró para poder moverme dentro de la nueva idea que me había nacido". Sin lugar a dudas fue la obra de Miró por la vía del surrealismo lo que condujo a Grela hacia la invención de esa "nueva naturaleza" que tanto ansiaba. El uso de fondos monocromos como espacios para la magia y la ensoñación, las figuras orgánicas y fragmentarias resueltas con gran economía formal y fundamentalmente, el gran protagonismo de la línea presentes en su obra, fascinaron a Grela. A través de este ejemplo, podía combinar el legado de la geometría y la búsqueda de la fantasía a través de la plasmación de situaciones insólitas y la creación de seres y cosas que pertenecían a un universo desconocido.

Paul Klee, uno de los escasos pintores citados por Breton en el Manifiesto del surrealismo, fue otro de los grandes guías en este deslizamiento hacia el mundo de la imaginación y la ensoñación. A la luz de su obra, podríamos inferir que aportaba a Grela un ejercicio libre de la línea, una representación altamente emparentada con el arte infantil y además de su clima onírico y mágico, algunos procedimientos técnicos próximos al automatismo. Sus interpenetraciones de planos de color, sus trazados curvilíneos a partir de los cuales definía seres y objetos, sus composiciones con una serie de formas acumuladas en el centro del soporte o concentradas en sus bordes son algunas de las huellas que podríamos leer en las pinturas que Grela realizara en los años 70.

A partir de la lectura del libro de Torres García, Grela había escrito en los márgenes del texto que "el color en sí, como la forma y la línea tienen que contener algo de la vida", así como sostuvo firmemente la convicción de que había que transitar "del natural a la abstracción", una idea que puede haber asociado a la imagen del artista formulada por Klee: un árbol que hunde sus raíces en la tierra y su copa se extiende hacia el infinito, formulando de este modo la mediación interpretativa entre el mundo fenoménico y la creación artística prevista como un delicado equilibrio entre naturaleza y abstracción.

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