La ciudad

Locos por el cementerio, una experiencia nocturna de valor patrimonial

Todos los meses varios centenares de personas se acercan a El Salvador para realizar una visita nocturna guiada. Además de rescatar el valor patrimonial de los panteones, la experiencia permite transitar por el sitio lejos de temores

Sábado 05 de Mayo de 2018

—No sé vos, pero yo sentí el perfume.

   —Tal cual, yo también, aún lo siento

   El breve diálogo ocurrió un viernes con el cielo cargado de humedad, en las escalinatas del cementerio El Salvador. Eran las 23.15, recién había terminado una visita guiada a ese sitio. Mientras la pareja se retiraba, una joven interpretaba una sutil música con su flauta. La melodía hacía de llamador al centenar de personas que esperaba para ingresar a la segunda visita de ese viernes. Después, sabrían del perfume.

   Las visitas nocturnas guiadas al cementerio ubicado a metros del parque Independencia se realizan desde hace once años. El mentor es Dante Taparelli y junto a él trabaja un equipo del área de Diseño e Imagen Urbana de la Secretaría Municipal de Cultura.

   Once años atrás, Taparelli fue a una reunión de gabinete a explicar lo que quería hacer. Lo miraron sorprendidos, extrañados. Hoy, y casi sin publicidad, varios centenares de personas se dan cita allí una o dos veces al mes en ese lugar para hacer el recorrido (ver aparte).

   "Es mi mejor performance", dice Dante sobre su propio rol, un poco en broma y mucho más en serio. Porque es él, su impronta, su creatividad

   No hay terror, no hay miedos. Una suerte de alivio acompaña a los visitantes cuando la visita termina. Uno por uno, saludan a Taparelli y le agradecen, se hacen fotos con él. "Esa es mi paga, los abrazos", dice.

Un paseo por la memoria

Es raro lo que ocurre ante cada visita.

   Faltan 15 minutos para el inicio, previsto para las 21 —"empiezan puntual", habían advertido— pero poca gente espera para ingresar. Alguien comenta que el día anterior fueron más de un centenar, que terminó bajo la lluvia y que nadie se quiso ir. El cupo previsto es de 50 personas, hay que retirar entradas con anticipación, pero la gente va igual sin entradas y se suma.

   Cinco minutos antes del inicio comienzan a llegar, en grupo, jóvenes, parejas, alguna familia, mujeres, a pie, en taxi. Llegan. Raro. Es raro lo que se siente. Todos hablan entre sí, pero suave. Es de noche, casi llovizna.

   Una joven interpreta música clásica con una flauta. Es una invitación a acercarse al ingreso del cementerio. Es un convite amable, amigable, podría decirse. Luego, Mate Sullivan, del equipo de Imagen Urbana, dará la bienvenida, como en los viejos teatros, cuando el presentador recibía a los espectadores. "Bienvenidos a un paseo profundo por la memoria", dice. Pide que los celulares se apaguen y que no se utilicen linternas, explica cómo será la dinámica de la visita, sugiere calma y advierte sobre una presencia particular. "Si ven perros, no se asusten, viven acá, junto a sus dueños. Son tranquilos", comenta.

   Y se abren las puertas, el silencio de los asistentes llama la atención. Está oscuro, igual se alcanzan a escudriñar algunas estatuas que recortan el cielo plomizo. Es extraño, entre la gente flota como una suerte de ansiedad silenciosa.

Deudas y deudos

Diez generaciones descansan en el cementerio. Hay tumbas que datan de mediados del siglo XIX. Son más de 50 mil residentes. Es una ciudad dentro de otra ciudad. Con similitudes y diferencias. "Todo lo que está acá fue hecho para que lo valoren los vivos, no los muertos", dice Taparelli. Primera indicación que relaciona al lugar con la vida. Algo que el guía resaltará de manera sutil durante todo el recorrido. Sin prisa pero sin pausa. "La visita tiene que ver con la vida, ese es el concepto", dirá después, durante una entrevista.

   Dante espera a los visitantes vestido con un frac. Lleva una suerte de bastón, que le servirá para señalar determinados sitios, y un bello prendedor de azabaches, que tiene su propia historia. Todo tiene su propia historia. Como el perfume, que luego se sabrá.

   Los visitantes esperan instrucciones. Dos o tres asistentes ordenan a la gente para que todos puedan escuchar el relato y ver. Ellos son los que tienen las linternas e irán iluminando a medida que Taparelli cuente las historias. Las luces muestran, no señalan, acompaña el relato. Plantean como un juego en el que uno ve pero no en detalle. Es como si las imágenes fueran apariciones.

   Taparelli en el recorrido contará que apenas se ingresa puede verse un panteón que era de la familia de Camilo Aldao. Y que ahora es del municipio. Es que al conocerse que comenzarían las visitas, familiares del difunto se presentaron un tanto alterados reclamando no se sabía bien qué, pero reclamando. Querían llevarse a su deudo y que no se señalara al panteón. "No hay problema. Si pagan la deuda...", les dijeron. Un monto sideral luego de seis décadas sin pagar. Conclusión, retiraron a su pariente y el panteón, según anuncia Taparelli, será restaurado y allí se instalará la primera oficina turística con wi-fi en un cementerio. Hay risas, la gente se distiende.

   Las linternas iluminarán luego distintos panteones que dan cuenta de una ciudad, otra, donde se pueden observar las manos de los artistas constructores. Luego apuntarán hacia una tumba que está alejada, la de Lisandro de la Torre, "porque es un suicida", comenta Dante que le explicaron; o la de Nicanor Frutos, que tomó la bandera ensangrentada del abanderado Grandoli. Historia y más historias.

   Y así, poco a poco, el relato va mechando datos precisos con impresiones, sentimientos, consideraciones filosóficas o metafísicas. "En este lugar hay una batalla entre dos pensamientos religiosos muy potentes. Uno dice que cuando uno muere descansa en paz eternamente.

Y otro señala que eso es una blasfemia porque el cuerpo no descansa nunca y el espíritu menos y que cuando uno muere vuelve mejorado. Esa creencia le da al cuerpo el valor de ser nada más que un vehículo", advierte Taparelli.

   El silencio permite al guía hablar sin estridencias, el tono es el de una conversación, hay intimidad. Algo que suena poco creíble en un cementerio que ocupa 5 hectáreas. Pero ocurre.

   Así, empieza hablar de aquello que dicen las estatuas. Muchos de los retratados en los panteones son los muertos. Los escultores hacían mascarillas mortuorias a poco de fallecer, de ellas sacaban un molde que luego permitía esculpir una escultura o un busto. Las miradas, entonces, se fijan en los rostros, pero en el mismo momento Taparelli repara en los ángeles y dice que no están para ayudar a nadie sino que representan el espíritu que se desprende de los cuerpos. "Las estatuas enseñan mucho", comenta.

El cielo y el infierno

En un momento, el guía lanza una pregunta: "¿Qué prefieren, el cielo o el infierno?". Hay temor a responder, hasta que alguien tímidamente dice "el infierno", y se suma otro y una mujer también. Eso da pie para que Taparelli señale dos tumbas. Una donde puede verse un féretro dorado, como señal de amor eterno de una esposa. "El cielo", dice. Luego pide a los asistentes mirar hacia un costado y se ve un antiguo panteón, de esos que lucen como abandonados. "Lo descubrí en mis primeras recorridas, y cuando empecé a limpiar sus vidrios vi objetos de mucho valor adentro. Así como en las mansiones de entonces había vajilla europea, acá también se ponían ese tipo de ornamentaciones", relata. "Pensé, «vengo mañana y los trato de sacar, para llevarlos a un museo». Imposible, al otro día no quedaba nada. El infierno", refiere dando cuenta del vandalismo que padecen estos lugares.

   "¡Noooo!", exclaman los visitantes, tomando partido respecto del concepto que ubica a los cementerios como lugares de valor patrimonial y cultural. Parte de la misión estaba cumplida.

   Cercano a ese cielo metafórico, aparece otro panteón que también arranca sorpresas entre los presentes. Una lápida presenta una escena bucólica, con niños, plantas, flores, "piensen qué maravilla haber vivido en ese lugar. Bueno así era donde vivía este hombre que donó ese predio a la ciudad. Otra época", dice sin eufemismo y con un dejo de tristeza.

   Habla de los masones, de las tumbas sin cristos crucificados, "porque eso la Iglesia se los muestra a los vivos, para que sufran", comenta, mientras señala otro panteón.

   "Miren el apellido, ¿no les llama la atención?", interroga Taparelli. Se trata de una tumba de un judío, "algo extraño para un cementerio católico", dice. Y pide que las linternas iluminen de lleno el sitio. "¿Y qué se ve? Una bella mujer, un joven semidesnudo que lleva algo particular en su mano y que además lo deja caer", indica, dando pistas. "Saquen una hoja que acá pueden empezar a escribir una novela", apunta. "Ese joven en su mano tiene un ramillete de amapolas pero no son las flores sino los capullos, de donde se saca el opio", sorprende.

   Entonces cuenta que el apellido de referencia es de un hombre que integró la Zwi Migdal, la mafia judía que traía mujeres de Europa para explotarlas en los burdeles de Pichincha. El dato, chequeado con historiadores locales, atrae a todas las miradas sobre las estatuas en cuestión.

   "En aquella época la colectividad judía en Rosario se negaba a enterrar a este tipo de personajes en su cementerio y así este señor debe haber llegado a este lugar", especula Taparelli y agrega: "Ya se tomó la decisión de sacar esta tumba de acá. Se trasladará afuera del cementerio y se instalará con una placa contando tan triste historia".

El perfume

Por momentos se pierde la noción del tiempo y el espacio, el visitante olvida que está en un cementerio, los comentarios apuntan al valor artístico de las estatuas, a la sorpresa por las historias, como la tumba de un soldado de Bonaparte o la de Angel Guido o de tantas familias ligadas a la "construcción" de la ciudad.

   Y empieza a sonar nuevamente la música, el centenar de visitantes es llevado ante una puerta de hierro, bellísima, rescatada de un viejo depósito, que, cual efecto especial cinematográfico, hace el clásico chirrido al abrirse. Una vez más, aparecen las risas. Y un espacio particular se presenta ante los visitantes. Una suerte de jardín, allí está el Paseo de los Ilustres, un sitio de memoria que espera por más destacados ciudadanos, y la Memorabilia, "un mural vivo construido con muertos", según explica su creador.

   Son cientos de fotos rescatadas de ignotos depósitos del cementerio. Son las típicas imágenes que acompañan las lápidas. Taparelli las fue pegando en una pared, como un collage, un homenaje a los ciudadanos y un espacio de reflexión a la vez.

   "Sí, yo empecé a sentir el perfume apenas traspasamos el portón", cuenta ella cuando salen del cementerio.

   Es que Taparelli, luego de explicar en qué consiste la intervención, comenta que los trabajadores del cementerio un día le dijeron que la gente pegaba la foto de sus familiares por su cuenta. Como que ya no les importaba que estén en la lápida respectiva sino que preferían que estén ahí. El comentario le llegó como con preocupación. "Genial", respondió por entonces Taparelli. Para el artista, la propuesta había cumplido su objetivo, la gente se había apropiado de la obra.

   Un día, mientras recorría el cementerio, encontró a un señor agachado sobre el mural. "Me acerqué y vi que estaba pegando una foto. El señor se sorprendió, le dije que no se asuste, que me parecía genial lo que estaba haciendo y empecé a sentir un perfume. Como a rosas, algo sutil", cuenta durante la visita.

   El perfume, tal cual, ese.

   Luego de ese encuentro, Taparelli relató que cada vez que pasaba por el lugar volvía a sentir el perfume y que cuando lo contaba no le creían. Hasta que volvió encontrar a ese hombre, otra vez agachado, como haciendo algo sobre la foto. Y el hombre al verlo le dijo: "Es la foto de mi esposa y cada vez que vengo traigo su perfume preferido y lo paso sobre la imagen". Un emotivo silencio invade el lugar luego del relato.

   Ya no queda mucho más de la visita. La gente se retira en silencio, sin darse cuenta quizá de que fue parte de vaya a saber qué cortejo, pero que esta vez acompañó la vida y la memoria que habitan el cementerio El Salvador. Incluso, algunos hasta huelen el perfume.

Próximas visitas

En términos generales, las visitas se realizan dos noches al mes. Pero algunas son especiales. Como la que por estos días planea el equipo de Diseño e Imagen Urbana. "Me llamó el decano de la Facultad de Medicina y me pidió una visita especial para ellos. Me dijo: «Es que sólo vos podés explicarles a los estudiantes qué es un muerto»", contó Dante Taparelli. También diseñan otra visita para estudiantes de antropología. Este mes las visitas al cementerio El Salvador serán el jueves 17 y el viernes 18. Las entradas estarán disponibles a partir del lunes 14, en la Secretaría de Cultura, Aristóbulo del Valle y Callao, de 8 a 14. Para consultas, comunicarse a los teléfonos 4804511/12, interno 224. O a través del correo electrónico, msullivan@rosario.gov.ar. El cupo para asistir es limitado. Las visitas son gratis pero se pide un alimento no perecedero como aporte. En cada visita se convoca a una ONG diferente para que reciba las donaciones.

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