El buque Frankfurt de la Norddeutscher Lloyd echó anclas en el puerto de Buenos Aires
proveniente de Génova el 12 de agosto de 1883. Allí viajaba Rómulo Scolari, un chico de seis años
que había dejado la lejana Lombardía para llegar con su familia a esta tierra desconocida y
generosa, buscando el pan que la Italia de Humberto I les negaba. Venía descalzo. En el viaje había
pisado un caño con vapor y tenía un pie ampollado. Eran pobres, no tenían nada más que el oficio y
las ganas de trabajar del padre. Nadie en ese momento podía imaginar que con el tiempo ese chico
levantaría una empresa familiar que fue pionera en Camilo Aldao, la que trajo los autos, las
radios, los televisores, las cocinas a gas, los calefones, la que emprendería su propia producción
y se consolidaría como importadores de distintos rubros. La misma empresa que por estos días cumple
cien años y se prepara para festejarlos con todo, que ya emplea a la quinta generación familiar y
cuyos responsables nos pierden la memoria.
La familia de Rómulo se instaló primero en Montes de Oca, pero unos años después recayó en
Camilo Aldao, entre los primeros colonos que habitaron ese paraje. Pedro Francisco (acaso Pietro
Francesco, castellanizado a la fuerza en Migraciones), padre de Rómulo, fue uno de los primeros
carpinteros-herreros del pueblo, y ese sería el primer trabajo de su hijo.
Tenía 32 años cuando instaló la que después sería la casa Scolari Nant. El último apellido es
del de su yerno, casado con Hortensia, la única hija de Rómulo, y que dejó el apellido a toda la
descendencia.
Camilo Aldao se había fundado hacía apenas 15 años. La casa Scolari Nant se volvió un sello del
lugar. Y así lo recuerda Beatriz Nant, bisnieta de Rómulo y una de las responsables de llevar
adelante hoy la empresa. “Era un hombre inquieto, emprendedor. Traía todas las novedades de
Buenos Aires, puso en venta las primeras radios y tocadiscos, vendía autos y bicicletas
—cuenta—. Cuando mi bisabuelo supo que en Europa y Estados Unidos estaban funcionando
los televisores imaginó que pronto podría traerlos aquí. Cuando se lo contaba a los vecinos, no le
creían”, recuerda.
La casa funcionó primero en una ochava alquilada, donde hoy se levanta el Banco Macro. Después,
en 1937, Rómulo construyó el edificio donde funciona hoy, remodelado en su totalidad después de un
incendio que lo devastó en 1999.
“Los responsables de las empresas grandes le decían que no se quedara en Camilo Aldao, que
aquí no tenía futuro”, cuenta Beatriz, mientras muestra tarjetas y postales que le mandaba
desde Alemania el gerente de Siemens.
La empresa evolucionó a la par de los altibajos del país. Venían a comprarle de los campos y las
localidades vecinas.
Producción propia. Rómulo tenía 68 años cuando la empresa pasó a manos de sus nietos Obdulio,
Norbel y Eddie Nant. Uno se hizo cargo de la parte contable, y los otros se dedicaron a los
talleres. Norbel quería que la firma trascendiera lo comercial y comenzara a producir. Compraron
los primeros tornos y empezaron a reparar máquinas agrícolas. Después empezó la fabricación.
Patentaron un sistema de riego, pero se dedicaron más que nada a la producción de infladores,
bombas, tanques y mochilas pulverizadoras, mezcladoras de cemento.
Los años 90 los obligó a reconvertirse y comenzaron a importar. “O lo hacíamos o
desaparecíamos”, cuenta la descendiente. Y esa actividad no la dejaron nunca. Hoy importan
tensores, grampas, aparejos, tejidos y cables de acero, y se posicionaron en el mercado. “Los
productos llegan a Buenos Aires, los traemos a Camilo Aldao y de allí vuelven a Buenos Aires, donde
tenemos una cartera importantes de clientes”, dice la biznieta del fundador.
Norbel Nant está hoy al frente de la empresa, junto a los sucesores de Eddie. A punto de
retirarse, se prepara para dejar la firma a la cuarta generación: Beatriz, Gabriela, Daniel y
Silvina Nant. Ellos esperan que la marca viva por lo menos cien años más.
“Orgullosos”. Hoy la firma tiene más de mil clientes de casi todas las provincias, y
busca insertarse en Catamarca, San Juan, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, las únicas que le
quedan por conquistar. Algunos de ellos mantienen una relación de más de 40 años, hay casi 40
personas trabajando y cientos de proveedores. “Estamos orgullosos. Esto se pudo hacer por una
disciplina de trabajo que supieron inculcarnos”, remata Beatriz. Algunos principios se
mantienen: “El esfuerzo, el mantenimiento de la mano de obra, la constancia, el respeto a los
clientes y proveedores”, sintetizan sus responsables.
Muchas familias levantaron negocios y llegaron a armar empresas exitosas. No son tantas las que
sobreviven como tales, contienen a las nuevas generaciones, no traspasan sus activos a inversores
externos, y conservan pese a las crisis su staff. El legado de Rómulo sigue
intacto.