Al final, el último rosarino del plantel que aún no había jugado, debutó en un partido del Mundial. Es un acontecimiento extraordinario. Angel Correa participó de su primer encuentro en una Copa del Mundo. Y no fue en cualquiera. Jugó los últimos quince minutos de un choque crucial e histórico, el que llevó a la final de la Copa del Mundo de Qatar.
Se viene para muchos el recuerdo de cuando lo pusieron en un partido de eliminatorias en Belo Horizonte por primera vez en 2016. El rival era Brasil y el escenario muy adverso. Faltaban veinte minutos para que terminara el cotejo. Argentina no encontraba la pelota en un estadio que era un volcán. Brasil ya había hecho tres goles y en ese partido eliminatorio palpita la idea de una goleada histórica. Un chico de 21 años de barrio Las Flores recibe indicaciones de Eduardo Bauza mientras espera entrar. Sus gestos leves, sin inquietud, parecen abstraerlo de una atmósfera donde todos quieren irse.
Ese chico toma el puesto de Ángel Di María, entra volcado sobre el lateral izquierdo, recibe la primera pelota y arrastra a su marcador hasta la línea final donde la jugada se diluye. Llega hasta la línea de fondo pese a que en ese lugar están Dani Alves y Miranda.
Ahora este mismo chico debuta en un Mundial y arrastra una marca con un movimiento del cuerpo hasta que le hacen foul. Debe ser el momento de mayor epopeya en sus 27 años de vida. Nacido el 9 de marzo de 1995 en barrio Las Flores sur, su desenfado con la pelota cuando no superaba el metro de estatura le valió un prematuro desarraigo. Después de estar en pensiones de fútbol, en la de River, a los diez años. O en pasar a San Lorenzo a los 15 y seguir con sacrificios. Y llegar al Mundial luego de quedar afuera de la lista por la lesión de un compañero. Finalmente, Angelito Correa tiene su chance.
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El rosarino Correa ingresa por Mac Allister mientras Foyth espera su turno para reemplazar a Molina.
Es un premio al enorme talento, pero también a la fe ciega en las posibilidades propias de alguien que creció en las circunstancias más adversas. Cuando salió al campo ante 80 mil personas, tal vez habrá pensado en su descubridor, César Ibalo, de Alianza Sport, en la zona sur, o en el pelado Lapiana, que lo hizo probarse en el Nuevo Gasómetro del Bajo Flores. O en Marcela, su mamá. O en sus muchos hermanos. O en la cuadra de España al 7200, una de las más pobres de ese barrio con historias duras, pero también con vecinos que adoran su terruño e innumerables cracks como César Delgado o el Sapito Encina.
"Conocí gente que se drogaba y todo, y cada vez que ellos me veían me decían: «Nunca te queremos ver con esto, vos tenés que dedicarte al fútbol. Si te vemos con esto, te matamos (...) Y yo mismo también veía que había un montón de pibes que la rompían en el barrio y después se quedaban en el camino, porque fueron padres, o por la droga, o por el alcohol, o porque fueron heridos de bala por estar parados en un lugar en el que no tenían que estar»". La gambeta vertical, el panorama en el césped, pero también la enorme perseverancia y la fe en sí mismo hoy lo hicieron salir a la cancha. No importa cómo jugó ese ratito. Es una proeza. Se la merece como nadie.