El equipo de Scaloni apuesta al pase casi como una religión, pero rara vez sorprende. La excepción es Messi
16:05 hs - Sábado 04 de Julio de 2026
No hay un mérito especialmente destacable en "luchar hasta el final", como dice Scaloni y repiten los jugadores, a propósito del sufrido triunfo de la selección argentina ante Costa Verde. ¿Qué equipo no lo haría, aunque no fuese campeón del mundo y candidato al bicampeonato? El técnico y los jugadores eligen ponderar un valor sin el que el fútbol no sería fútbol, así que ese no es un crédito que haya que anotarle al equipo después de una noche para el infarto en Miami.
Por fortuna, es altamente probable que ni Scaloni ni los jugadores argentinos crean que esa "virtud" sea más importante que la obligación de detectar cuanto antes qué le pasa al equipo y, sobre todo, qué le sucede a varias de sus mejores figuras, que todavía no aparecieron cuando Argentina ya jugó cuatro partidos en el Mundial.
Esta selección no es la de Qatar. Está lejos de serlo. Es lenta, no sorprende, no cambia el ritmo, rara vez acelera. Apuesta al pase como si fuese una religión y lo sostiene hasta la exasperación. Así, el equipo se vuelve esquemático, previsible e inofensivo. Curiosamente, contra Cabo Verde el primer gol llegó después de un larguísimo pase frontal de Lisandro Martínez a Messi que va contra la filosofía de este cuerpo técnico y estos jugadores.
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Messi, el único que rompe el molde
Contra los africanos, los laterales nunca fueron un arma ofensiva, con el agravante de que Molina jugó además un partido espantoso a la hora de defender. Los roles de los volantes son confusos: a pesar de que son grandes jugadores, no gambetean, no rompen líneas, no encaran. ¡No patean al arco! A Lautaro Martínez la pelota no le llega nunca, ni por arriba, ni por abajo. Argentina lidera las estadísticas de posesión y cantidad de pases, pero está lejos de ser uno de los equipos que más oportunidades de gol crean.
Las oportunidades de Argentina las crea Messi, casi exclusivamente.
Y así desde el primer partido, por más que a los otros la selección los haya ganado con soltura.
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Al técnico le está costando cambiar
Da la impresión de que Scaloni se volvió un técnico conservador. Le teme al cambio, tanto de estilo como de jugadores. Se notó en el armado de la lista de 26 jugadores que llevó al Mundial, donde hubo poca renovación, y se nota cuando el equipo juega. Si hay algunos futbolistas que claramente no están para jugar, habría que apostar por otros. Julián Álvarez fue a Qatar como suplente y al segundo partido lo pusieron porque Lautaro Martínez no rindió. El chico jugó bárbaro, no salió más del equipo y los resultados están a la vista. ¿Por qué no jugársela otra vez por alguno de los poquitos nuevos?
A favor de Scaloni y el equipo se pueden contar la sabiduría, la experiencia y el talento, tanto del entrenador como de los jugadores. En algún momento, todo eso tiene que aparecer, para que el equipo no dependa únicamente de su barrilete cósmico, del tipo que a los 39 años juega como si su carrera recién comenzara y salva las papas cuando parece que todo se complica.
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La oportunidad que viene
El partido con Egipto debería ser una bisagra. Será una oportunidad para corregir y mejorar antes de que lleguen los rivales serios. Que en 90 minutos haya cincuenta pases menos y tres tiros más al arco. Que los laterales se proyecten y sean armas ofensivas. Que los volantes no sean tan previsibles y aprieten el acelerador de vez en cuando. Que el retroceso no sea tan lento para que los centrales no sufran. Que alguien más invente algo, además de Messi, porque en parte eso es el fútbol: cambiar todo el tiempo para que el rival no se acomode nunca.
Scaloni y el equipo saben de sobra cómo hacerlo: son los campeones del mundo y el planeta fútbol los admira. Deben dar el paso, animarse, como ese señor que juega con la camiseta número 10 y a los 39 años no se achica ante nada ni ante nadie. Cabo Verde tiene que haber sido un toque de atención. Que no haya sido en vano.