Opinión

A tres años de la nueva política exterior argentina

Comercio. Si el país quiere exportar tiene que fortalecer su producción interna.

Miércoles 12 de Septiembre de 2018

A fines de 2015 cuando el gobierno de Cambiemos asume el "cambio" en Argentina, la canciller Susana Malcorra hablaba de la reinserción del país en el mundo. La flamante administración se apresuraba para a asistir a Davos, cumbre de reuniones de la élite económica internacional, como muestra firme del giro de la política exterior. Según la prensa local, los mandatarios de otros países se deshacían en elogios hacia el nuevo presidente.


Este giro en las relaciones internacionales intenta ser, como en los noventa, pragmático y predominantemente económico. El gobierno muestra tener una autopercepción de país del Tercer Mundo, pero que debe relacionarse esencialmente con los grandes del mapa. Como si el éxito fuera contagioso. Debido a esto había unas pocas premisas a cumplir de manera urgente: el acuerdo con los fondos buitre era el principal y luego un realineamiento de las relaciones bilaterales dando prioridad a Estados Unidos y Gran Bretaña.

Durante el primer año de mandato Mauricio Macri hizo un esfuerzo por mostrar la nueva imagen viajando a 13 países y realizando 15 reuniones bilaterales. Recibió la asombrosa visita del entonces presidente Barack Obama a poco de cumplir los cien días de gobierno y también vinieron al encuentro François Hollande (Francia), Shinzo Abe (Japón), Justin Trudeau (Canadá), Matteo Renzi (Italia), entre los más importantes.

Al mismo tiempo que Argentina lograba un acuerdo con los "buitres" que le permitió comenzar a tomar deuda externa, buscó mostrarse moderna, convincente, previsible y adecuada a los tiempos que corren. Se cree que de esta manera se atraerán inversiones. Pero "pasaron cosas".

Donald Trump como presidente de la principal potencia mundial comenzó una guerra comercial proteccionista y con pocos escrúpulos contra las economías más grandes. Asimismo, se encargó de debilitar uno a uno los foros multilaterales que tanto costaron crear después de la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, el gobierno argentino supo explotar la relación personal, anterior a la presidencia de ambos, y el norteamericano siempre atiende el teléfono.

La otra potencia con la cual el país pretendía normalizar relaciones, Gran Bretaña, se encuentra mirando su ombligo y cómo va a resolver el embrollo económico que le generará salir de la Unión Europea. Le podemos sumar a esto algunos incidentes entre barcos argentinos y británicos en las Malvinas que el gobierno de Macri se encarga de minimizar.

Otros conflictos externos que hoy influyen directamente sobre la política exterior Argentina son la crisis política y económica de Brasil, nuestro principal socio comercial, la apreciación del dólar y la suba de las tasas de interés en EEUU.

A principios de este año el canciller Jorge Faurie hablaba de la "inserción inteligente" de Argentina en el mundo y destacaba: "Inteligente es para nosotros la inserción que genera oportunidades; una política exterior abierta y centrada en nuestros intereses que (…) consolide la presencia de la Argentina en el mundo, capitalice la relación con cada uno de los países en los que exista una oportunidad, multiplique las alternativas para llevar nuestros productos a nuevos mercados y profundice el acceso a los ya conquistados". También afirmaba que el país se encuentra en negociaciones comerciales con casi el 50 por ciento del PBI global.

Si nos pronunciamos sobre números, la inserción productiva de Argentina en el globo es del 0,32 por ciento del total. Poquísimo.

Si el país quiere exportar tiene que fortalecer su producción interna porque si no ¿qué va a comerciar en el mercado? ¿Sólo cereales y oleaginosas? Y sumado a esto, debe haber consenso social sobre qué modelo de desarrollo interno se quiere: aperturista o proteccionista, enfocado al mercado interno o externo. No se puede cambiar el modelo de desarrollo con cada nuevo gobierno.

La actual administración está invirtiendo mucho dinero y energía en la organización del G-20 a fin de año en el país. Se sigue con la directiva de dar una buena impresión y estar a la altura de las circunstancias. Pero ¿se habrá dado cuenta que por un carril van las relaciones políticas y las buenas intenciones y por el otro los negocios e inversiones? Porque si no, se está yendo por el carril equivocado y a contramano.


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