Una imagen despintada de la Virgen, una esquina tapada de estampitas y los altares en las casas
son sólo una muestra de la devoción popular que florece en los barrios de Rosario. Evidentemente,
la fe no se puede ocultar, o muchos no pueden dejar de creer.
¿Creer en qué? En todo o en nada. La realidad muestra que el fervor se
despierta ante mitos como el de un gaucho ladrón, un amuleto que libera de maleficios, los santos
de la Iglesia Católica o la Virgen María.
¿Y por qué creen? El padre Dante Agüero, párroco de la iglesia San
Casimiro, considera que en todas las personas “hay un pedacito del corazón donde buscamos lo
trascendente. Hay algo en nuestro interior que nos muestra que existe algo más que la
materia”.
De hecho, la antropología no hace más que demostrar que en todas las
épocas de la historia las generaciones buscaron ligarse a lo sagrado. Culturas adoraron al sol, la
tierra o las tormentas.
Según el sacerdote de la congregación marianista de la Inmaculada
Concepción (MIC), “los latinos necesitamos expresar nuestra fe, por eso en cada barrio hay
altares o imágenes y se hacen procesiones. Así como los hombres demostramos nuestro afecto a las
personas, también necesitamos hacerlo con Dios, y esta es una forma”, señala.
Para la Iglesia Católica un santo es “aquella persona que vivió
las virtudes en grado heroico y que logró una intensa unión con Dios”. Pero más allá de lo
canónico, existen personajes que se convirtieron en creencias populares basadas en mitos o
leyendas.
La devoción por la virgen en Tiro Suizo
La mujer se acerca y deja una flor ante la imagen de la Virgen de San Nicolás protegida por una
ermita en la esquina de Lucero y Magris, en el barrio Tiro Suizo. Viene desde Mendoza y Callao.
“No puedo ir hasta San Nicolás, por eso vengo a cumplir una promesa aquí ”, acota.
El santuario lleno de flores ocupa una ochava. Está rodeado de plantas y
tiene hasta una fuente. En el centro se levanta la imagen de la Virgen de San Nicolás dentro de una
caja de vidrio, y a su alrededor se erigen otros santos que suman cada vez más fieles: San Expedito
y el beato Ceferino Namuncurá.
En esa esquina se multiplican los papeles con pedidos como “que
pueda construir mi casa”, “que mi hijo se cure”, y cientos de agradecimientos. El
popular altar nació por el impulso de Beba (Genoveva Jesús Paz), quien cada 25 de mes viajaba a San
Nicolás a venerar a la reconocida imagen. Cuando se enfermó ya no lo pudo hacer. Es diabética y
sufrió un infarto. Los médicos no le daban esperanzas de vida. Sin embargo, “ella me
curó”, dice señalando a la Virgen con la fuerza de sus 75 años.
Ayudada por unas vecinas, forraron cajas de zapatos y las transformaron
en alcancías. Fueron casa por casa a pedir ayuda para construir una ermita a la Virgen.
“Algunos nos cerraban la puerta o nos lanzaban los perros —recuerda—, pero
también muchos ayudaron”.
Cuando se aproximaba el 25 de noviembre la llamaron los vecinos. Salió y
vio un camión frente a su casa. “Me traían la imagen de la Virgen de más de un metro. Creo
que casi me da otro paro cardíaco”, dice sin poder contener las lágrimas.
Más tarde se sumó la devoción a San Expedito, una pequeña imagen que
colocaron junto a la Virgen. Y hace poco también llegó la de Ceferino Namuncurá.
En casa. A poco de ingresar a la casa de Beba se puede ver un rincón dedicado a todas las
devociones, por supuesto precedido por una imagen de la Virgen nicoleña. Una vela arde adelante.
“Le pido a la gente que me deje aquí las velas porque en la ermita se puede quemar
todo”, explica.
Beba se convirtió también en una intercesora. Los vecinos van y le piden
que prenda una vela por ellos. “También vienen por algún problema y nos vamos a la ermita a
rezar el Rosario” confiesa. Y hoy disfruta del santuario en su barrio. Ese en el que siempre
un vecino se acerca a rezar y que se erige allá, en el corazón de Tiro Suizo.
Para encontrar la devoción por ellos sólo hay que recorrer los barrios.
Pequeños altares florecen en esquinas, pasajes, en medio de villas y hasta en las terrazas de las
casas. Todos los días alguien se acerca, prende una vela, obsequia un cigarrillo y hasta tira unas
chirolas. Las historias son miles, y La Capital se topó con algunas de ellas.
El Gacuhito Gil suma adeptos en Empalme
En mediode Empalme Graneros flamean 14 banderas rojas sobre la terraza de una casa. Llaman la
atención y animan a acercarse, al menos por curiosidad. Allí, una habitación está dedicada
enteramente al Gauchito Gil, un legendario personaje de trascendida devoción popular.
Claudio Ojeda, de 63 años, se asoma a la puerta e invita a pasar. A la
derecha de la puerta hay una pieza de paredes pintadas de un rojo estridente. Sobre el dintel
cuelga un cartel, rojo también, pintado con letras blancas donde se lee textualmente:
“Gauchito, gracias por abernos ayudado a pasar de año. Te lo agradesen Claudia, Mirta y
Antonio”. Son los nietos de Ojeda, que lograron pasar a 9º año de la EGB y como
reconocimiento colgaron el cartel en la habitación dedicada al hombre que se debate entre la
santidad y la superstición.
“Lo que la gente le promete al gauchito lo tiene que cumplir, sino
castiga”, dice terminante Ojeda, que hace 13 años logró levantar su casa, según el, gracias a
la ayuda de la pequeña estatuilla que ocupa el lugar principal en la sala. “Yo vivía en una
casa de chapa remendada y él —señalando al gauchito— me ayudó. Entonces le prometí que
le haría una pieza en su honor y aquí está”, muestra el correntino orgulloso, que construyó
una casa con siete habitaciones y un baño.
Encimados a la estatuilla hay papelitos con peticiones o paquetes de
cigarrillos que dejaron quienes lograron abandonar el vicio. También hay un vaso con caña porque
“el gauchito toma”, y no hay que descuidar ese servicio a quien hace tantos favores.
De todo un poco. Sobre el altar se mezclan los personajes de devoción popular y
los proclamados por la Iglesia Católica. En la misma mesa del Gauchito Gil hay una gran imagen de
la Virgen de Itatí, otra de San Judas Tadeo, San La Muerte, la Virgen de Fátima con los tres
pastorcitos, María Rosa Mística, el libro de la historia de Antonio Gil y estampitas de todos los
tamaños.
Ojeda es una especie de anfitrión y cuidador del
“santuario”. Todas las mañanas toma mate y hace su oración frente al gauchito. Luego se
va “a hacer changas” y cuando está en su casa es el encargado de recibir a las personas
que vienen de todos los lugares para implorar la ayuda de este ícono de la devoción popular.
Pero eso no es todo. Ojeda no se queda en su propia devoción sino que
busca expandirla. “Hablé en radio mucho tiempo para dar a conocer el gauchito”, relata.
Además inculcó la devoción entre sus familiares. De hecho, su hijo construyó la casa encima de la
de su padre, eso sí, con una imagen del Gauchito Gil del tamaño de una puerta.
Dos indios se erigen como protectores en barrio Ludueña
El indio mejicano Juan Diego, llamado mensajero de Santa María de Guadalupe, se transformó en
un referente de una zona de barrio Ludueña. Luego de la beatificación por manos de Juan Pablo II,
los habitantes de los alrededores de Barra y Arévalo votaron por unanimidad que fuera el protector
de la zona.
En el centro comunitario Tupac Amarú, donde se reparte la copa de leche
a más de 50 chicos y bolsones de comida,quieren poner al “santito Juan Diego”, como
explica Ana López.
Mientras esperan que llegue la imagen, ya pintaron en las paredes del
centro “Juan Diego Túpac Amaru”. Es que es a estos dos indios a quienes veneran. Al
primero por ser el que los acercó a la Virgen de Guadalupe, por quien guardan una intensa devoción;
y al segundo por “haber dado la vida en defensa de las tierras americanas”.
Dentro del salón comunitario hay un pequeño altar. Allí las imágenes
están deterioradas por las lluvias que traspasan los techos de chapa y el fuerte calor que abruma
en verano. La vela arde junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Quería una nena. Cristina Bustamante vive junto al centro comunitario. Es una gran devota de
la “Guadalupana. Yo sé que ella me hizo el milagro”, relata. Fue hace cinco años cuando
deseaba con todo el alma tener un bebé. En los últimos años había quedado embarazada tres veces,
pero los tres bebés murieron durante la gestación, y el último a los siete meses. El golpe fue
duro, sin embargo provocó que la mujer se aferrara más a su fe.
“Le empecé a pedir que pudiera tener un bebé, y en el fondo quería
una nena”, confiesa. Y la beba llegó. “Por su puesto que le puse Guadalupe”, dice
contenta la mamá en el corazón de barrio Ludueña.
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