Jueves 24 de Marzo de 2022
Un coronel interventor obligó a renunciar a su cargo de redactor del informativo de LT3 a Armando Cicerchia. En 1980, Jorge Rafael Videla y su esposa Alicia Hartridge visitaron el Museo Histórico Provincial y la periodista Alicia Simeoni no pudo intercambiar pregunta alguna con el dictador. Luis Etcheverry, que ya trabajaba en la sección Espectáculos de La Capital, admite un escenario de miedo y autocensura.
Las anécdotas y recuerdos sobre la (des) información durante el terrorismo de Estado se multiplican también en un anecdotario en primera persona de Enrique "Quique" Pesoa, Oscar Bertone, Ruben "Chacho" Pron y el reportero gráfico Alberto Gentilcore. Y a todos ellos se suma otra voz singular, la de Juan Nóbile, quien desde 2004 integra el Equipo Argentino de Antropología Forense y se sirvió de la información de las agencias del gobierno y de los partes policiales que se replicaban en los medios de la época para años más tarde ubicar con su equipo los restos de personas asesinadas.
Todos reeditan desde su propia historia lo vivido por gran parte del periodismo rosarino durante la última dictadura cívico militar, sensaciones aún en carne viva a 46 años del golpe y en este jueves, Día Nacional por la Memoria la Verdad y la Justicia.
Cada uno de los testimonios de estos periodistas retrotrae inevitablemente al pasado. Otro momento político y económico para todos y otros medios, otras tecnologías y otros lenguajes para el periodismo, pero un mismo recuerdo que marca el inicio del terror: el 24 de marzo de 1976, en que los diarios titularon “Nuevo Gobierno” en letras enormes y La Capital de ese momento, ya centenario y popular, con una tirada de cien mil ejemplares dominicales, no fue la excepción.
De hecho la pareja por diez años de Agustín Feced ( comisario del jefe de la policía de la provincia de Santa Fe para esta ciudad), Rosario "Charito" Peixoto, dueña del boliche-wisquería de Córdoba y Circunvalación La Bámbola, le dijo varias veces al periodista y legislador provincial, Carlos Del Frade, que "la familia Lagos hablaba semanalmente con él", cuando el mandamás era Carlos Leopoldo Lagos.
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El país entraba en sus años más oscuros y sangrientos y el gobierno militar que tomó el poder apeló con maestría a la censura, el silenciamiento o la complicidad para construir un discurso oficial desde los medios de comunicación.
El único documento oficial que remitió al silencio de la prensa argentina nació ese mismo día con el comunicado Nº 19 de la Junta Militar que establecía penas de 10 años de reclusión “al que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales”.
Tanto la gráfica, como los programas de radio y televisión, fueron el puntal de ese nuevo orden autoritario. Y si bien la edificación ideológica había comenzado un tiempo antes de ese primer comunicado, se instaló a partir de allí una construcción discursiva del régimen plagada de nuevos sentidos.
En la notas, el ocultamiento informativo y deformación de los hechos se impregnaba de una función supuestamente republicana donde cuestiones municipales y administrativas, como el transporte y la limpieza urbana, eran lo principal. Se resaltaba una liturgia castrense, se exacerbaba un discurso disciplinador y se escribían editoriales apologéticas sobre la “refundación de la patria”.
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Había cohesión nacional cívica, militar y eclesiástica en las coberturas de los grandes hechos históricos. Con esa línea editorial y exitismo se relató el Mundial 78, tanto la visita del Papa como la Guerra de Malvinas, y con ese perfil se enfrentó a la supuesta "campaña antiargentina" que, según el poder de facto, provenía del exterior.
Justamente esa unión de las cúpulas dominantes hará debatir hasta hoy si la dictadura fue sólo "militar", "cívico-militar" o "cívico-militar-eclesial", una categoría que entre otros usaron en estos años el Grupo de Curas en la Opción por los Pobres y "desde siempre" Familiares de Desaparecidos Rosario, según asegura Elida Luna, presidenta del organismo creado en abril de 1977.
"Sumamos el término al hablar de la Iglesia como un Estado aparte con el Papa a la cabeza y con autoridades como el capellán de la policía de Santa Fe, Eugenio Zitelli quien visitaba periódicamente los centros clandestinos y acompañaba las torturas mientras era protegido por el Arzobispado local".
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El golpe en ese tiempo aparecía como una consecuencia “inevitable”. Las palabras “subversivos” y "enfrentamientos" justificaban toda acción de terrorismo por parte del Estado, las fuerzas armadas se presentaban como "salvadoras" y garantía de orden e integración social, las desapariciones eran una consecuencia no buscada de una supuesta "guerra", no se publican solicitadas de familiares de desaparecidos y los centros clandestinos y de exterminio de la ciudad, la provincia y el país supuestamente no existían.
Pero solo en Rosario, el ex Servicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe (SI) funcionó entre 1976 y 1979 en la cara de todos y en pleno centro de la ciudad (Dorrego al 600).
Se estima que allí permaneció secuestrada la mayor cantidad de detenidos-desaparecidos de la región: unas 2 mil personas, algunas de ellas embarazadas, perseguidas y perseguidos por su militancia política, social y estudiantil, fueron secuestradas/os, torturadas/os, violadas y víctimas de desaparición forzada en muchos casos.
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Parte de los crímenes cometidos en este lugar han sido juzgados por la Justicia Federal como delitos de lesa humanidad y se impusieron condenas a sus responsables; aún continúan en trámite los juicios por los delitos allí cometidos.
En Rosario no hubo periodistas desaparecidos ni asesinados: sí cesanteados sin derecho al reclamo ni a la defensa laboral en momentos donde la prohibición recaía en la actividad política y gremial y el Sindicato de Prensa, como el resto de los gremios, estaba desarticulado.
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Las voces y testimonios de trabajadores de esa época que compila esta nota son de las que hacen memoria sobre una profesión envuelta entre el miedo, la censura y autocensura, la colaboración y el silencio.
Esta nota y las que las acompañan fueron producidas periodísticamente por Eugenia Langone, Carina Bazzoni y Laura Vilche. El trabajo de archivo lo realizó Marcela Yuvone y las imágenes actuales pertenecen a los reporteros gráficos Sebastián Suárez Meccia, Héctor Rio y Silvina Salinas.