"¡Antes de comprar, ...!". La frase sonaba imperativa por aquellos años 70 de la TV en blanco y negro, cuando el color todavía parecía una utopía. Años más tarde, ese mismo hombre, un poco más avejentado pero con la misma vehemencia, alentaba desde las pantallas a potenciales clientes. El mueblero en cuestión insistía con las mismas palabras. El jingle copó espacios de radio y se coreó en las canchas de fútbol. Hoy, miles de rosarinos siguen recordando que antes de decidirse "a Barzante deben visitar".
A los 83 años, Adolfo Alberto Enzo Barzante es una institución y un personaje de la ciudad. Es el único mueblero de primera generación que sigue al frente de su negocio desde que abrió, allá por 1957. Y está solo, literalmente. No tiene empleados.
Corría agosto de 1928 cuando el Viejo Adolfo vio la luz en una Montevideo que poco le pertenecería. "A los 3 años nos vinimos a Buenos Aires porque las cosas no estaban bien en Uruguay. Ya a los 5 empecé a laburar. Mi viejo compraba bolitas de naftalina y yo armaba bolsas de 12 cada una. Salía a las 8 de la mañana a hacerme el mango. Traía 1,50 o 2 pesos para ayudar a mis viejos", cuenta a La Capital en su negocio de Virasoro al 800.
Los años pasaron y los abuelos también tenían opinión y hasta cierto poder de decisión. "Los padres de mi viejo estaban muy bien acá en Granadero Baigorria. Y le dijeron que se viniera a Rosario. Así llegamos. Abrió una granja en 3 de Febrero 1975. Con un largavista miraba al almacenero de la esquina, que vendía las lentejas a 6 centavos el kilo. Entonces mi viejo las ponía a 5", relata y sonríe.
La primaria transcurrió en la escuela Pestalozzi, de Mendoza al 3900, porque la familia se había instalado en Lavalle y Pellegrini. El tiempo de la secundaria fue en la escuela industrial Nº 2, de Salta al 2500, "donde me recibí de sobrestante de obras viales (una especie de capataz de obra)". A veces la memoria le juega malas pasadas, pero él asegura que era allá por 1945.
Mientras transcurrían sus días entre la milonga, los amigos y el fin de la secundaria, se las rebuscaba como cobrador de títulos de capitalización. "En dos días juntaba lo que muchos hacían en un mes, que eran unos 160 pesos", evoca.
Hasta que aparecieron los muebles. "Un día me enteré que una señora cuyos patrones se habían fundido había puesto un aviso para vender los muebles. Se los sacaban de la mano porque creían que era una ganga. Resulta que eran más caros que los nuevos. Ahí me pregunté por qué no me ponía a vender escritorios y bibliotecas".
Eran los tiempos del inicio del auge del peronismo, en la década del 40. "Estaban empezando a surgir las unidades básicas y había que dotarlas de muebles". Al principio no fabricaba, pero luego compró una máquina y empezó a cortar y armar roperitos. El negocio fue creciendo y llegó a tener 75 operarios. Viajaba mucho y vendía por todo el país.
En el 61 se casó con Perlita -una mujer que dedicó, y aún lo hace, gran parte de su vida a trabajar en Dinad- y después llegaron los hijos, Adolfo (el Chino) y Andrea. Don Barzante se sentía consolidado pero quería pasar más tiempo con la familia. "Allí comencé a vender al público", redondea como poniendo fin a una etapa.
Jingle histórico. El famoso jingle del mueblero le cambió la vida. "Fui el primero que hizo un jingle. Un día vino un señor de Buenos Aires y me dijo que por qué no hacía publicidad. Yo ni sabía lo que era un jingle. Me lo hizo, pero la idea fue mía. Decía (y canta) «para todo presupuesto y muebles de calidad, antes de comprar, a Barzante debe visitar...»". Llegó a gastar más de 250 mil pesos por mes en publicidad.
El hombre también se dedicó a construir departamentos, puso un salón de fiestas y su hijo se puso al frente de una agencia de turismo. "Ofrecíamos el paquete completo: el juego de dormitorio en nuestro gran local de Buenos Aires al 1400, la fiesta y el viaje. Y muchos agarraban".
Después llegaron los vaivenes económicos más marcados. En el 97 se dio cuenta que la cosa no daba para mucho más y decidió que si nos se achicaba, cerraba. Se fue a calle Virasoro y allí sigue esperando a sus clientes.