Covid-19

Acerca de los esenciales y la pandemia del oprimido

Una reflexión sobre los trabajadores considerados esenciales pertenecientes a comunidades migrantes.

Sábado 15 de Agosto de 2020

El éxodo de compatriotas a Europa en busca de un futuro mejor suscitado por la crisis del 2001, pocos años después tuvo también su suerte de boomerang en las diversas migraciones forzadas provenientes de personas arrojadas de su lugar de origen del otro lado del planeta: ya sea por la imposibilidad política de seguir existiendo, otrxs para estudiar y una inmensa gran mayoría tan solo para anhelar poder alimentarse diariamente. Incluso este mismo diario ha registrado crónicas e historias de niños polizones escondidos en cabinas de hélices las cuales, a pesar del peligro, seguía constituyéndose como una mejor opción frente a las aterradoras guerras étnicas, exterminios, hambrunas y de formas inenarrables de todo tipo de desamparo en las costas africanas.

Frente a este escenario, las maestras de la escuela pública, antes que priorizar escudos o de plantar banderas, lo primero que siempre hacen es intervenir con todo tipo de cuidados para suspender la frágil trama de supervivencia en condiciones subjetivas arrasadas por las tempestades geopolíticas de origen. También mucho se ha aludido a la etérea —por no escribir mezquina— discusión sobre si está bien o está mal que hermanxs de otros países vengan a estudiar a nuestras universidades. Optando dejar estas discusiones de lado, prefiero en cambio enfocarme con aquello que al menos observo como una extraña paradoja en esta especial situación de Covid-19, que la misma coyuntura contribuye a revelar: la gran cantidad de estos colectivos mayormente visibilizados en actividades consideradas ahora como esenciales alrededor del mundo (a través de Apps de delivery, comercios, atención al público y recepción, entre otros rubros), y los riesgos de su invisibilización como modos de esencializar esas mismas pluralidades étnicas, políticas y sociales en nuestra cultura. De allí lo necesario de hablar de culturas como horizontes para que las diversidades puedan liberar cuerpos, prácticas, deseos y subjetividades. Amplificando libertades, conocimientos, territorios y soberanías.

Para hacer lo anterior, nuestra cultura necesita seguir corriendo sus propios límites históricos relativos a las definiciones que nos configuraron como Nación tal como lenta, pero inexorablemente lo venimos haciendo a lo largo de los años. La interculturalidad, a diferencia del multiculturalismo que no necesariamente asume las diferencias, es el que podría habilitar un espacio genuino para que lo diverso pueda fluir en nuestra sociedad. Ya que las presencias afrocaribeñas y afrodescendientes podrían leerse desde una doble mirada: como presencias y signos físicos, culturales, ligadas a lo excéntrico y a lo territorial, pero vistas desde un distanciamiento social obligatorio de sus propias prácticas. Como cuando observamos aquellos barcos de dudosas e inquietantes procedencias anclados en el medio de nuestro majestuoso río, como una especie de raros vecinos nuevos. Bien cerquita pero de lejos. Los aceptamos como presencias ausentes. Los integramos siempre y cuando puedan borrar o renunciar tácitamente a su africanidad para garantizar la sobreadaptación.

Es necesario hablar de culturas como horizontes para que las diversidades puedan liberar cuerpos, prácticas, deseos y subjetividades"

En este sentido, considero que las instituciones públicas adeudamos un serio debate acerca de cómo articular relatos, aromas, sabores, geografías, sonidos y colores que no son solamente culturales, sino, fundamentalmente, del orden de lo epistemológico: nos hablan de la existencia de otras formas de dialogar en relación a nuestro saber, y con otras formas de conocimiento. Sin embargo, si lxs protagonistas de estas historias luchan por disimularlas frente a una matriz que no muestre demasiado interés en alojarlas, allí podría señalarse este pasaje de esenciales a escencializadxs. Escencializar África, Asia, Oriente u otros pueblos que, al igual que nosotrxs, están marcados por la huella colonial, nos corre de la oportunidad histórica de dar un salto cualitativo y dejar de mirar lo diverso como potencial —e inminente— peligro en la cohesión como antaño. Esto ya lo sabían tanto lxs vivxs como lxs muertxs: cuando se disentía acerca de ciertos pilares irreformables, era el cementerio Disidentes de las pocas instituciones en donde validar la diversidad como metáfora última de la coexistencia.

De allí qué, para nosotros, los instrumentos que mejor permiten contribuir a visibilizar lo anterior pasan por su capacidad para identificar y analizar en tiempo real la constitución de estas nuevas dinámicas de deconstrucción históricas de los Estados-Nación. En este sentido, a lo largo del mundo de la modernidad colonizada no hay lengua materna que valga sino, en todo caso, como en Cenicienta, hemos sido reeducadxs todxs por nuestras madrastras del lenguaje colonial.

Para que haya una pedagogía de la liberación es necesario liberar a la pedagogía de las propias amarras que nos esencializan"

Ahora bien, ¿cómo escapar de aquello que podría presentarse como inequívocamente sin escape?: escribiendo y retraduciendo en todo tipo de gramáticas, los sufrimientos históricos que quedaron por fuera de aquellas historias, para que puedan formar parte de las distintas discusiones que van desde los procesos de formación docente hasta de las visiones de ciudadanía. O inaugurar líneas abiertas de estudios subalternos casi inexistentes en nuestros currículums, escuelas y universidades. En tanto y en cuanto podamos convocar a estos actores culturales, políticos y sociales desde un lugar de esenciales y no escencializados, podremos lograr aquello tan anhelado que es una práctica pedagógica anticolonial y antipatriarcal, también entendida como un tipo de activismo político más plural, democrático. Y con el coraje para asumir lo adverso en la diversidad. Porque para que haya pedagogía de la liberación, primero se torna necesario liberar a la pedagogía de las propias amarras que nos escencializan en cualquiera sea la parte del mundo en donde esto siga sucediendo.

El premio Nobel hindú de literatura, Rabindranath Tagore, en una carta dirigida a un amigo en 1908 le expresó enfáticamente que nunca, mientras continuara vivo, iba a permitir que el patriotismo triunfe sobre la humanidad: “Mi refugio no es el patriotismo sino la humanidad”, escribió. Quizás este sea el momento histórico preciso para dejar de recibir a la africanidad solamente hasta la puerta y dejar ingresarla también a nuestros hogares, ciudades, culturas, escuelas, barrios y universidades de manera colectiva y en una sociedad nueva capaz no sólo de alojarla, sino de aprender con ella.

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