Martha Greiner (1940) es una artista rosarina que ha protagonizado experiencias clave del arte de nuestra región, entre las que cabe destacar su actuación en el grupo de vanguardia de Rosario desde mediados de los 60, su opción por los lenguajes representativos realistas, hacia finales de los 70 y principios de los 80, las construcciones de muñecas con materiales provenientes de recorridos por la ciudad –coincidentes con la vuelta de la democracia en el país–, las experiencias multisensoriales junto a Carlos Lucchese a principios del 2000 y, en el presente, sus proposiciones plástico-auditivas y sus piezas gráficas que constituyen evocaciones poéticas del río, como espacio de memoria y constructor de identidades.
Su itinerario nos revela a una creadora inquieta, atenta a las señales de su tiempo y sensible al espacio sociocultural que la rodea y atraviesa. A fines de la década del 50, siendo estudiante de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad Nacional del Litoral, participa de certámenes disciplinares en los que obtiene sus primeras distinciones. En la escuela de artes entabla fértiles intercambios con quienes, años más tarde, formarán el grupo del Taller de la calle 1° de Mayo (Greiner, Coti Miranda Pacheco, Ana María Giménez y Guillermo Tottis). Desde mediados de los sesenta participó del vertiginoso y potente proceso protagonizado por el Grupo de Vanguardia de Rosario (1966-1968) que comprendió el lanzamiento de los manifiestos A propósito de la cultura mermelada (1966), De cómo nuevamente se pretende dar oxígeno a una pintura que hace tiempo ha muerto (1967) y Siempre es tiempo de no ser cómplices (1968), la organización del Primer Festival Argentino de Formas Contemporáneas (Bienal Paralela o Anti-Bienal) en Córdoba (1966), la participación en la Semana de Arte Avanzado en la Argentina (1967) y la presentación del Ciclo de Arte Experimental (1968). Para su participación en dicho “Ciclo” Martha solicitó a Dante Grela la realización de una pieza electroacústica junto a la que proyectó imágenes que daban cuenta de los desarrollos desiguales y combinados, propios de las sociedades capitalistas de posguerra, a través de la yuxtaposición inquietante de fotos de villas miserias y del lanzamiento de cohetes de la Nasa. En plena Guerra Fría convivían la promesa de una modernización extendida, siempre incumplida y la ostentación científico-tecnológica de la lucha por el dominio del espacio. Las imágenes interpelaban a los espectadores/participantes, quienes al estar en el ambiente se transformaban también en pantallas. Al respecto, señala Martha “me interesó siempre integrar lo poético, visual y sonoro, generando una atmósfera de tensión, vibración e incógnitas”.
Tras la realización colectiva y colaborativa de Tucumán Arde (1968) comienza un momento de dispersión del grupo y cada uno de sus miembros emprende distintos caminos. En el transcurso de la década del setenta Martha viaja a Europa y a México, retoma la realización de ilustraciones para el Centro Editor de América Latina, iniciada en los sesenta en la Vigil. Hacia fines de los setenta regresa al campo del arte a través de la vuelta al taller, al oficio y al dibujo realista de carácter autobiográfico y, más tarde, realiza objetos-muñecas artesanales recuperando memorias y saberes y apelando a una materialidad ecológica y sustentable.
A inicios del siglo XXI, realiza experiencias multisensoriales junto a Carlos Lucchese. Para estas performances, Martha construye una caja de luz traslúcida sobre la que desarrolla acciones performáticas con los mismos elementos que antes construía las muñecas: papeles arrugados y teñidos, telas, ramas y otros elementos naturales encontrados. Lucchese también construye el sonido con objetos encontrados, como llaves y partes de picaportes, y con objetos reciclados como calefones. Todo comienza con una semilla, sobre blanco, y a medida que el tiempo transcurre, Martha va superponiendo papeles, trasparencias de sedas, ramas y frutos que van creando signos. Poco a poco se incorpora el color, mientras todo acontece bajo un sonido pregnante y prolongado que emiten las piezas interpretadas por Lucchese. El sonido y la imagen se acompañan mutuamente en un ritual íntimo y conmovedor. Todo culmina con una semilla sobre género blanco.
En las propuestas emprendidas desde 2012, Greiner retoma el fluir del agua como material estético-poético. La voz de Juan L. Ortiz, el género-tela, la relación con la naturaleza –nunca perdida–, el movimiento, lo traslúcido, las cajas, los dibujos y los rollos se entraman en su obra. Las evocaciones del río recorren toda su historia: su infancia cerca del agua en Melincué, su tránsito por las calles rosarinas junto al Paraná y sus poetas preferidos, como Juan L. Ortiz y Roberto Juarroz.
La poética visual de la obra reciente de Greiner activa los márgenes, transita por los bordes, nos inquieta y seduce, tornándose suave, ligera, transparente. Sus dibujos lineales y enigmáticos realizados sobre diferentes soportes tales como el papel, la seda y las cajas lumínicas (backlight) de disposición horizontal, crean ambientes. Sus invenciones gráficas activan el espacio, están envueltas en un sonido ambiental electroacústico y suscitan múltiples evocaciones, producen modos de subjetivación originales y singulares, en momentos en que, como señala Silvia Rivera Cusicanqui, las “palabras no designan, sino que encubren”.