El cantautor uruguayo llega a Rosario para presentar su último disco “Taracá”, el martes 14 de abril. En la previa, el músico habló con La Capital
08:00 hs - Domingo 12 de Abril de 2026
Hablar de Jorge Drexler es hablar de una de las voces más singulares y sensibles de la música latinoamericana. Músico, cantante, compositor y también médico (especializado en otorrinolaringología), como lo fue su padre, hay en su forma de mirar y escribir canciones una atención particular por lo humano, por los detalles, por aquello que cambia y aquello que permanece. Con más de 35 años de trayectoria, y a poco de cumplir sus 61 años, el uruguayo vuelve a salir a la ruta con una nueva gira que tendrá parada en Rosario.
Luego de sus presentaciones en Mendoza y Córdoba, Drexler aterriza a la ciudad el martes 14 de abril para dar un show en el Bioceres Arena (Córdoba 3475), en el marco de una extensa gira latinoamericana e internacional que ya tiene fechas confirmadas en Buenos Aires y que continuará por Chile, Brasil, Uruguay, Guatemala, España, Costa Rica, Perú, Ecuador y México. Las entradas pueden adquirirse a través de Entradaplay o en puntos físicos o el local Amadeus ubicado en Córdoba 1369.
En esta visita, Drexler presenta "Taracá", su decimoquinto disco de estudio. Se trata de un álbum que llega en un momento particular de su vida: es el primero que realiza tras la muerte de su padre y coincide además con dos hitos simultáneos, como son la llegada a sus 60 años y tres décadas viviendo en Madrid. En ese cruce, el artista vuelve sobre las raíces, sobre la historia y sobre su propio recorrido musical, en un momento donde la transformación también aparece como parte del camino.
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Desde su título, el disco marca un eje: "Taracá" se presenta como uno de sus trabajos más uruguayos, un regreso a las raíces. El nombre remite al sonido del tambor chico, uno de los tres tambores que conforman el candombe, ritmo central de la tradición afro-uruguaya. Esa referencia no es solo simbólica: el candombe funciona como la columna vertebral del álbum, es el ritmo y clave que atraviesa que sostiene las canciones en un gesto que retoma esa tradición para hacerla sonar en el presente. A partir de ahí, Drexler se mueve, cambia el tono, cambia el pulso, y en ese corrimiento aparece un trabajo atravesado por la duda, donde también las preguntas funcionan como motor.
El resultado es un disco que retoma geografías, sonidos y generaciones, que pone en diálogo pasado y presente y se proyecta hacia adelante. Un trabajo donde el baile, el cruce de miradas y la celebración aparecen también como una forma de resistencia.
En lo sonoro, el candombe también se cruza con otros ritmos: aparecen elementos de la música urbana, de la milonga e incluso de la samba. Ese mismo movimiento se traslada también a lo generacional. En la producción y el proceso creativo participaron jóvenes músicos como Tadu Vázquez, Lucas Piedra Cueva y Facundo Balta, junto a productores vinculados al trap y al reguetón como Mauro Díaz y Gabo Lugo, dos productores que son parte del equipo de la puertorriqueña Young Miko, con quien también colabora en una de las once canciones. A esto se suman artistas como la reconocida murga Falta y Resto, integrantes de la Rueda de Candombe, la flamenca Ángeles Toledano, el guitarrista Julio Cobelli y el ensamble de cuerdas La Susi.
En diálogo con La Capital, Drexler, desde Brasil y a pocos días de comenzar la gira, con esa amabilidad y suavidad que lo caracterizan, habló sobre el proceso de este nuevo disco, el cruce entre su regreso a las raíces uruguayas y esta etapa de su vida personal y las expectativas de su llegada a Rosario.
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El candombe en "Taracá" no es solo un ritmo, sino que también trae historia, trae raíz afrodescendiente y también algo de comunidad y de resistencia. ¿Qué te interesaba explorar de todo eso en este disco?
Todas esas cosas que nombraste. La raíz, la sensación de resistencia de un género que, como cuentan algunas canciones, fue prohibido en una época y también la experiencia comunitaria. Le agregaría además de eso a la experiencia espiritual, personal, que significa tocar música, tocar el tambor en general y tocar el candombe en particular.
Aparece la idea del tambor chico y a la forma de tocarlo, que homenajeas en la canción, y en el disco entero, desde su título, y que hace referencia a señala esta idea cómo se toca la tierra sin tocarla, como la tierra en ausencia. ¿Hay algo de eso en hacer este disco tan uruguayo, grabado en Uruguay, justo en el momento de cumplir los 30 años viviendo afuera de Uruguay?
Qué buena pregunta, porque no lo había pensado, pero sí que puede que haya algo en el sentido de tocar Uruguay rodeándolo, sin estar realmente viviendo todo el tiempo en Uruguay. Es cierto que hace 30 años que me fui, también es cierto que nunca dejé de ir por lo menos 3 o 4 veces por año a Uruguay. Estoy muy vinculado con Uruguay, tengo una familia muy grande, además de la familia que formé en España. Pero tengo hijos, el mayor de ellos está cerca de los 30, entonces desde que tuve hijos en España, mi residencia estaba sellada. Ahora mis hijos ya están grandes, los más chicos ya están avanzados en la adolescencia, así que voy a ver si puedo cumplir mi sueño de vivir varios meses al año en Montevideo, que es a lo que estoy aspirando.
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"Taracá" también hace un cruce de geografías, no solo está Uruguay, también Puerto Rico en España, ¿Qué buscabas en ese cruce y qué sentís que aparece cuando se mezclan no solo las distintas miradas sino también los distintos ritmos?
Lo que aparece es la perspectiva, es como si vos tuvieras el mismo prisma siempre, que es tu esencia personal, pero la puedas mirar moviendo el prisma y viendo las diferentes incidencias de diferentes luces y el resultado que da esa luz, qué es lo que sale de esa luz. En ese sentido, se trata de ver tus canciones desde otro lado, desde Puerto Rico, por ejemplo, que es un país interesantísimo en lo musical y que para mi hoy en día es un país que ha conquistado el mundo de la música en los últimos años y ha llevado la música en español a lugares a los que nunca había llegado. Se trata de ver eso, ver también desde el prisma de otros ojos, de otra generación. Yo discrepo enormemente con el concepto de que la única música buena ya se hizo en el pasado. Yo creo que en todas las generaciones hay gente que hace música horrible y música maravillosa y esta generación no es una excepción y la mía tampoco. No creo en la discriminación etaria en ninguna de las dos direcciones, porque también hay gente que piensa que esta música nueva es lo único bueno que hay y tampoco estoy de acuerdo con eso. En mi disco coexisten Julio Cobelli, un guitarrista folclórico que tocó con Alfredo Zitarrosa, que ya está en la década de sus 70 años, con Young Mikko, que está en la década de los 20 años, que es una trapera puertorriqueña o La Rueda de Candombe, que tiene muchas edades pero que es un conjunto nuevo de Candombe de Uruguay. También participa Ángeles Toledano, que es una flamenca también de sus 20, española. Me gusta ver, mover el prisma y que le dé la luz por diferentes lados, a ver qué sale.
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Justamente, retomas eso en una canción. En “¿Qué será que es?”, aparece la idea de ser un eterno aprendiz. ¿Qué aprendes hoy de estos artistas jóvenes? ¿Y por qué te interesa sostener el lugar de ser un eterno aprendiz a esta altura de tu carrera?
Aprender es la cosa más linda que hay, yo creo que el momento que dejas de aprender es empezar a morirse de a poco, al menos artísticamente. No se me ocurre estar en un mundo tan triste en el cual no tenga nada para aprender. Yo intento todo el tiempo buscar rincones de cosas para aprender. La realidad es infinitamente densa, gigantesca. Cuanto más te acercas a una cosa, no se simplifica, se vuelve más compleja todavía. Entonces el grado de descubrimiento que quieras tener en cualquier aspecto de la realidad, incluido el trabajo creativo, depende de la curiosidad que tengas. Si sos curioso, siempre vas a tener cosas para aprender. Si no sos curioso, rápidamente vas a pensar que nadie tiene nada que enseñarte, que estás consagrado, que podes dedicarte simplemente a vivir de tu gloria personal. No es para nada mi caso. Yo empecé muy tarde en esto y no he perdido nunca las ganas de aprender.
En el tema “Ante la duda, baila”, haces referencia a una serie de danzas que a lo largo de la historia han sido prohibidas o censuradas. Y también eso quizás conecta con tu historia personal, que viviste de joven en la dictadura. Es un disco que está atravesado por la celebración de la resistencia. ¿Qué lugar ocupa hoy el baile para vos?
Como hijo de la dictadura, crecí en un entorno, al menos el mío, en el que no se bailaba en el Uruguay de la década de los 70. No solo porque la dictadura no fuera amiga del goce corporal, sino también porque me crié en una familia de intelectuales de izquierda, donde bailar tampoco era una prioridad frente a la tragedia que nos rodeaba. En ese momento se pensaba que había cosas más importantes que bailar. Lo que te puedo decir después de estas décadas que se van sumando en mi vida es que no hay algo más importante que bailar. Igual hay otras cosas tan importantes como bailar, pero no más importantes que bailar. Es muy importante estudiar, es muy importante aprender, pero bailar es una manera de activar tu aparato neurociliar por completo, abarcando todas las áreas, desde las motrices hasta las emocionales, la coordinación, la memoria. Es un acto de humanidad, te hace más humano.
También es un disco que está atravesado por preguntas y cierta crisis. ¿Cómo dialoga esa crisis sobre la vida, sobre su sentido, incluso sobre la tecnología, con la energía bailable del álbum?
Es un poco lo que vos decías en la primera pregunta es cómo señalar algo sin tocarlo, como el tambor chico señala la tierra sin tocarlo. Los tres golpes del tambor chico, de las cuatro semicorcheas de un tiempo, es decir, de un compás, el primer golpe que es la tierra, el más fuerte, el que marca aquí el anillo que tengo (señala su anillo), justo no está andado en el tambor chico. Hace ta-ra-cá, ta-ra-cá, ta-ra-cá (lo muestra mientras baja cada uno de sus dedos, marcando el ritmo). El uno no se toca. De la misma manera que un vaso es un vaso, por el espacio que genera en el medio, por lo que puede, por el potencial de contener algo que tiene. Vos podes generar un repertorio de conceptos por las preguntas que haces, no por las respuestas que das. Estás rodeando un tema. De las once canciones del disco, hay tres que tienen signos de interrogación. “¿Cómo se ama?”, ”¿Hay alguien ahí?” y “¿Qué será que es la vida?” Entonces, no necesariamente das las respuestas, pero rodeas el concepto con la pregunta, que a veces, en mi caso, es la única manera que tengo de dar respuestas.
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En esta gira que arrancó, volvés a Rosario, ¿Qué te genera ese encuentro con el público rosarino?
Me encanta Rosario. Siempre encontré un paralelismo entre Montevideo y Rosario. El carácter portuario de las ciudades, el carácter de tener una relación con una urbe más grande, de amor, de admiración, de desconfianza, a veces como es Buenos Aires, que es muy grande, y que está muy cerca de las dos ciudades. Siempre me sentí muy familiar de muchísima música que se ha hecho en esa ciudad. Es una ciudad que me ha impactado siempre. He tenido la suerte de vivir unas semanas en Rosario cuando fui a rodar una película con Daniel Burman y siempre me he sentido muy cerca de Rosario, como dice la canción de Fito, quien, por cierto, es uno de mis artistas más admirados. Tengo muchísimas ganas de ir.
¿Y cómo está pensado también llevar este disco tan rítmico a un escenario en términos de banda y de puesta?
Llevo una banda increíble, nueva, cuatro mujeres y tres hombres que me acompañan, muy centrada en la percusión, muy centrada en el candombe. Es un concierto que creo que gran parte del concierto se podrá ver de pie, aunque no lo sé porque voy a estrenar esta gira en Argentina ahora. O sea, todo lo que va a pasar es nuevo, y no lo sé aún. Ensayamos mucho y tengo ahí el repertorio montado, pero hasta que no lo tocas en vivo no te das cuenta. Así que estoy con más preguntas, como el disco, que respuestas.
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