El actor llega a Rosario con el unipersonal que lleva su nombre y al que defina como un “experimento teatral”. Se podrá ver este viernes 19 en Lavardén
06:30 hs - Miércoles 17 de Junio de 2026
Boy Olmi se dedica a la actuación desde hace más de cincuenta años. Pero una búsqueda profunda por su identidad lo llevó a indagar en las aristas que lo constituyen más allá de la profesión. El resultado es el unipersonal “Boy”, el primero de su carrera, un “experimento teatral” en el que pone en escena esta exploración subjetiva, y ofrece al público un espejo potente y sincero en el que reflejarse.
Después de una temporada en Buenos Aires y una gira por Europa, visitará Rosario en el marco de una recorrida nacional que lo llevará por distintos rincones del país. Con una única función, se podrá ver el viernes 19, a las 21, en el Teatro Lavardén (Sarmiento y Mendoza).
La obra se pregunta por las distintas capas que construyen la identidad, entre lo heredado, lo adquirido y lo elegido, más allá de las etiquetas. Desde el nombre propio (el actor lleva el de su padre) hasta los orígenes étnicos, pasando por los vínculos y los deseos. A lo largo del espectáculo, el humor aparece como herramienta clave para subrayar lo intrínsecamente humano de su recorrido.
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Basada en relatos del actor, el texto y la dirección son de Shumi Gauto, una aliada fundamental en la construcción del espectáculo. De hecho, la obra comenzó a tomar la forma actual en la residencia creativa que ella lleva adelante en Uruguay, y de la que Boy fue parte.
Antes de su visita a la ciudad, Olmi dialogó con La Capital y habló, con la serenidad y el candor que lo caracterizan, de la gesta del unipersonal.
- ¿Cómo es el presente de la obra, después del recorrido por España y de cara a esta gira nacional?
Yo soy un un enamorado de encontrarle resonancia a las cosas. Y este yirar, este girar para mí es como interno y externo la vez. Porque la obra es producto de cosas que me han pasado en mi gira espiritual interna, cosas que me pasaron en la vida en estos últimos años y que llevaron a que este espectáculo brotara de mí, como cuando brota espontáneamente una amapola en el medio del campo. Brotó en mí como una necesidad. Por eso es tan verdadero lo que pasa en el escenario. Cuando fuimos a España comprobé que un público que no me conocía, que no tenía ninguna idea de quién era yo, y que incluso tiene una cultura diferente, menos psicoanalítica que la argentina, se conmovía, se divertía, se sorprendía. Pasaba exactamente lo mismo en Cataluña que en Buenos Aires o en Punta de Este. Eso me parece genial. Ahora empieza esta etapa de gira nacional. Estuve en Córdoba hace dos semanas y ahora voy a Rosario, que es un lugar muy querido para mí por historia familiar, porque tengo parientes, porque tengo amigos, porque me gusta mucho esa ciudad sobre el río, con una movida cultural tan intensa, con músicos amigos que quiero tanto, con futbolistas que admiro. Me pasan cosas personales con Rosario y me dan muchas ganas de ir. Es lindísimo poder hacer algo que quiero tanto y poder llevárselo a la gente de todo el país.
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- Vamos a los orígenes de la obra en la residencia artística con Shumi. ¿Qué fuiste a buscar a ese espacio y qué encontraste?
Shumi apareció sincrónica y mágicamente cuando yo venía hacía muchos años en un proceso de preguntas vinculadas con los orígenes, con la identidad, con el por qué somos lo que somos. Eso me había llevado hace muchos años a una investigación sobre mis ancestros, sobre los orígenes étnicos y afectivos de mi familia. Shumi me agarró, me puso contra la pared y me dijo: “está buenísimo, pero a mí me interesa ver quién sos y qué te está pasando en este momento, en este aquí y ahora”. Y eso me enfrentó a cosas mucho más crudas, como por ejemplo el envejecimiento de mi madre, mis preguntas sobre el amor, sobre los hijos, sobre la profesión, sobre por qué somos y hacemos lo que hacemos. Entonces las respuestas empezaron empezaron a salir de una forma muy cruda, que requería un trabajo muy amoroso. Eso implicó esa residencia artística que ocurrió en el Uruguay, y que derivó en este texto que Shumi escribió después de haber tomado nota y grabado todo lo que yo dije. Es como muy conjunta la creación: ella es la dramaturgia y yo soy el que hace una especie de canalización de mi propia alma. Entonces, el texto no tiene una sola palabra de ficción. El texto es totalmente verdadero, como es verdadero lo que evoca en cada espectador, que cuando me oye hablar de mi madre inmediatamente asocia con su madre o sus padres, cuando me oye hablar de mi hijo o de mi trabajo inmediatamente resuena en sus propios trabajos o en sus propias preguntas sobre el trabajo, sobre la vocación, sobre los hijos, sobre el amor. Y de esa manera construimos el espectáculo. El resultado para mí es muy sanador, no solo para mí, sino para aquellos que escuchan y se dejan atravesar. Se abren puertas que llevan a que el público me diga: "Me quedé hasta el día siguiente hablando de esto”. Resuena de una manera muy particular, por eso yo lo llamo más un experimento personal que un espectáculo unipersonal, porque no me siento un unipersonal en el escenario, me siento muy cerca de toda la gente que lo está vivenciando conmigo.
- ¿Cómo llegaron a esta idea de la puesta en escena?
Shumi es muy talentosa y ella tomó algo que tuvo que ver con el origen de este encuentro creativo. Yo llegué al Uruguay por primera vez con mi computadora llena de información sobre los últimos 300 años de mi historia familiar. Una computadora poblada de imágenes en donde aparecían mis bisabuelos, mis tatarabuelos, los inmigrantes, la historia de la Argentina, la historia de todas mis fuentes familiares. Y esa computadora se transformó de alguna manera metafórica, estilizada, en la puesta en escena, donde Shumi me colocó dentro de un cuadrado iluminado con una tapa levantada que sería como la pantalla de la computadora. Así que a pesar de que todo esto está sublimado estéticamente, yo estoy como dentro de un límite que es el límite de esa información. Y en algún momento me salgo de ese cuadrado, porque tengo encuentros con la naturaleza o con mi madre que ocurren fuera de ese universo. Entonces, la puesta es muy ascética, pero al mismo tiempo yo hago una especie de desnudo frontal de alma, no es de cuerpo, pero sí de alma, porque tengo una desnudez total en ese ascetismo, donde no hay artificio. Estoy solo en el escenario con la gente y eso lleva a una cosa muy esencial del teatro: una persona frente a un grupo de personas, que le da imagen, movimiento, palabras, cuerpo, a algo que es común, que nos está pasando a todos en esa ceremonia sagrada que se celebra.
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El teatro como ceremonia sagrada
- Y esa ceremonia sagrada del teatro parece cobrar aún mayor importancia en este tiempo tan mediado por la tecnología, la posibilidad del encuentro total con otros.
Es tal cual vos lo decís. El teatro siempre fue necesario. Frente al cine y a la televisión, siempre tuvo esa vigencia de estar viendo una persona que está delante tuyo en tiempo real. Pero además hoy estamos tan apabullados por la cantidad de horas que pasamos frente a una pantalla, sobre todo la de nuestro teléfono que es la extensión de nuestro inconsciente permanentemente manipulado por todos los contenidos que nos llegan a través de ella. Nos hacen creer que estamos eligiendo y en realidad estamos siendo inoculados por una cantidad de información, intereses y contenidos que a veces no tienen que ver con lo que escuchamos cuando estamos en silencio. Cuando escuchamos nuestro corazón, cuando escuchamos nuestra alma, cuando podemos mirar las nubes, las estrellas, el río que corre en Rosario, los pensamientos son otros que cuando estamos mirando el Instagram. A veces no le damos lugar porque la angustia existencial que nos habita nos hace temer mucho ese silencio, nos hace temer mucho ese contacto con nuestra propia alma. Por eso en este experimento, también la pantalla deja lugar a las imágenes de nuestro inconsciente. Hay mucho espacio en blanco en esa pantalla para que la gente pueda proyectar las imágenes de su alma, en lugar de ser invadida por imágenes manipuladas por mí. Entonces, ahora el teatro ha triplicado su valor sagrado. Primero porque siempre lo tuvo. Segundo porque las pantallas nos están agotando y nos están haciendo mucho daño, más allá de lo fabuloso de las herramientas tecnológicas que son preciosas si las podemos usar bien y en su medida. Y tercero, porque la Argentina también está pasando un momento en donde la cultura y la expresión audiovisual industrial está siendo muy herida, está siendo muy mal herida. Pero nunca vamos a renunciar al fuego prendido en una noche estrellada, y entonces la poesía seguirá siendo escrita en las servilletas de bar. Hay algo de la expresión que no se puede detener.
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- Llevás toda la vida en esta profesión, ¿qué te sorprende todavía?
La profesión es una extensión de mi de mi persona, no está escindida de esa identidad que busco y esa que termina en este espectáculo por definirme no como un actor, sino como un ser humano. Yo en este espectáculo sostengo que si yo me defino como actor estoy limitado a ser solamente un actor. Y si bien soy un actor hace 50 años, también soy peatón, caminante, cocinero, bailarín, acampante, marido, hijo, padre. Todas esas cosas hacen que lo que me sorprenda sea lo que me sorprende de la vida. Y me sorprendo todo el tiempo porque trato de mantener mentar esa curiosidad que nos habita plenamente cuando somos niños y que nos habita plenamente cuando viajamos. Trato de trasladar eso a donde estoy. Me pasó una vez en Rosario justamente, yo estaba haciendo una gira de teatro con Muscari hace varios años. En esa curiosidad salí a caminar por el borde del río Rosario y por el boulevard Oroño. En esa caminata de golpe me pregunté por qué subestimamos nuestros viajes a lugares que nos parecen más conocidos. En esa caminata tenía exactamente el espíritu que uno tiene cuando se sabe turista y está en una ciudad europea o asiática, descubriendo cada piedra, cada rincón, cada persona sentada en un umbral con una sillita. Tuve una epifanía que es la que intento trasladar a mi vida siempre. Aún en las mañanas en Buenos Aires, me levanto y salgo a andar en bicicleta. Eso me mantiene no solo muy vivo, sino muy despierto. Es decir, en un estado de alerta y de apertura que permite asombrarme con cualquier cosa.