Martes 09 de Agosto de 2022
Maritza pudo defender a sus cinco hijos de todo menos del implacable destino que se presentó el lunes de la semana pasada en la esquina de González del Solar y Génova. Desde un auto blanco que apareció de la nada dispararon contra un grupo de chicos entre los que estaban Lucas, su hijo de 13 años y Javier, su otro hijo de 15. Javier se protegió detrás de una columna y resultó con heridas menores. Lucas, acostumbrado a correr detrás de una pelota y a esquivar ataques, corrió unos metros pero las balas lo alcanzaron y “así lo mataron”, dijo su mamá.
El chico había jugado de 9 en las inferiores del club Rosario Central y a veces lo hacía de “enganche”, como contó el presidente del club 7 de Septiembre donde Lucas Vega Caballero había empezado a jugar a los 4 años.
La familia es de origen peruano. Maritza llegó a la Argentina en 1994 oriunda de Trujillo, una ciudad sobre la costa del océano pacífico similar a Rosario en población y a 550 kilómetros de Lima. La mujer vino a estudiar — “acá es gratis”, explica—, pero ya con un terciario en administración de empresas bajo el brazo. En 1997 trajo a Rosario a su marido, Carlos, licenciado en contabilidad, y a su madre.
“Primero fuimos a un campo como caseros, porque en Perú todo era más difícil y acá nos resultaba más sencillo estudiar, para eso vinimos. Pero después fueron llegando los hijos, cinco, y ya no se pudo estudiar. Hubo que trabajar”, cuenta esta mujer alta que habla de su hijo Lucas en presente y en pasado y que confunde los años. Está parada en la puerta de su casa, a menos de un metro del lugar en que hirieron mortalmente a Lucas y la acompaña Carlos, el padre de los chicos, con quien son “muy unidos”.
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Carlos está devastado: “Yo jugaba mucho al fútbol y a Lucas le gustaba mucho. Ya de chiquito, al año, pateaba la pelota. Cuando vinimos de Trujillo y antes que nacieran los chicos teníamos un sueño diferente. Cambiar la vida, estudiar y criar a los hijos para después tal vez volver. Nunca pensamos en esto, en esta muerte”.
Sueños truncos
Habla a media palabra, lo hace muy bajo y aún conserva su acento trujillano. En ese tono recuerda cuando llevaba a Lucas a entrenar: “Ibamos al club de acá del barrio, al gimnasio, a entrenar y a jugar los partidos en las inferiores y en la asociación (por la Asociación Rosarina de Fútbol, donde Lucas fue fichado a los 7 años). Cuando él tenía 7 años vino al club 7 de Septiembre un busca talentos y nos dijo de llevarlo a Central, así que desde el club le facilitaron el pase y así entró a Central”.
“Yo vine a Argentina para estudiar, poco a poco hicimos una casa desde el terreno. No vine para esto”, dice Carlos mirando el suelo y antes de entrar a su casa humilde del barrio Emaús se disculpa: “No quiero hablar más de mí, solo de mi niño, que la madre cuente”.
Allí, en la casa, los cuatro hermanos de Lucas lo esperan como si fuera a volver. Son Carlos, de 28 años y policía; Cristian, un peluquero de 23; Laura, de 18 y Javier, de 15, los dos estudiantes. Intentan asimilar que Lucas ya no se enterará de la vida de Carlos, ni de la barbería que piensa instalar Cristian ni de los avances en los estudios de Laura y Javier. Esperaban esta semana el cumpleaños de 14 de Lucas, que planeaba comenzar los festejos a la tarde y terminarlos por la noche con una fiesta en la propia casa. Por eso no hablan y lloran y se abrazan a su madre y tienen bronca del destino, de lo injusto del barrio al que aman pese a todo.
Un chico inquieto
Maritza sabe que tiene que ser fuerte, que sus hijos están allí y ella tiene que defenderlos del mal, como pueda. “Lucas es un chico inquieto. Cuando era niño la maestras de la escuela Silva me decían que era muy inteligente y que una vez que terminaba las tareas, que hacía rapidísimo, se ponía a molestar a los demás. Ahora ya estaba en la secundaria y pasaba lo mismo, es muy rápido para todo mi niño”.
Lucas jugaba al ajedrez y hacía natación. El país conoció a través de las crónicas policiales su foto de pequeño. “No tenemos ya muchas fotos de grande. El era un chico de 1 metro 70 y macizo. Durante la pandemia, meses en que no entrenó y estuvo sin muchas actividades, engordó un poco. Por eso en Central lo relegaban y le dieron el pase libre hasta noviembre de este año. Me decía que estaba gordo y que yo tenía la culpa porque le di mucho de comer. Así se fue solo al nutricionista del barrio para que le hiciera una dieta, es que quería ser un buen jugador”.
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La madre no sabe por qué fue tan apegado a la pelota, pero los primeros recuerdos la encuentran diciéndole al niño “no patees más”: “Yo le decía eso y él con un añito ya estaba ahí, pateando. No le importaban los autitos, ni los otros juguetes, sólo la pelota. Cuando le compramos la Play estaba horas frente a la pantalla. Me decía que iba a ir a jugar a Italia y yo lo amenazaba con que no le iba a firmar la autorización, que primero se tenía que recibir. Y me decía que apenas se recibiera y jugara en un club grande nos iba a comprar una casa a todos, a sus padres, sus hermanos y a la abuelita”.
Un poco en presente y otro en pasado, la madre cuenta: “Lucas nada, juega al ajedrez y tiene muchos amigos en el barrio. Sus hermanos quieren quedarse acá, pero él se quería ir. Es muy parlanchín y contaba todo lo que pasaba en el barrio. Cuando yo le decía que tenía que estudiar Comunicación Social él me decía: «Ves, mami, ya me estás diciendo chismoso»”.
Recuerda que “en la escuela era comprador, cuando terminaba el recreo la maestra lo tenía que ir a buscar al patio y él le decía: «Esperá, seño, meto un golcito y te lo dedico». El habla con algunos términos peruanos, cosa que sus hermanos para nada”.
Carlos, el padre de Lucas, insistió mucho en este tiempo en vender la casa, en mudarse. Maritza dice que “este barrio era muy bueno, los chicos jugaban a la pelota en la vereda y la gente tomaba mates en la puerta, pero hace unos cinco años cambió mucho, muchos tiros y muchas peleas entre narcos hay”.
Correr de las balas
La noche del lunes 1º de agosto, cerca de las 22.30, Lucas estaba con su hermano Javier y otros amigos de la misma edad. Pasaban el rato como solían hacerlo en ese punto específico del barrio Emaús cuando fueron sorprendidos a balazos. Según la versión oficial, los agresores pasaron en un auto —se habla de un Toyota o un Renault Fluence blanco— y gatillaron más de veinte veces. Además de Lucas también recibieron balazos su hermano Javier, de 15 años, y Fabricio y Dylan, dos amigos de la misma edad.
“Javier se protegió detrás de una gruesa columna de hormigón y se salvó, Lucas atinó a correr para el lado de casa, se puso muy nervioso, y así lo mataron”, cuenta Maritza. La familia no sabe qué pasó ni ya pretende averiguarlo: “Queremos que se haga justicia, pero la Justicia es lenta y Lucas ya no vuelve. No nos llamaron ni de la Municipalidad ni de Gobernación. Para el sepelio de Lucas colaboró mucho el club Rosario Central. Está en El Salvador, pero yo quiero un lugar con más sol, más lindo. A mis hijos los llamaron desde la provincia para darles asistencia psicológica, eso nomás”.
Al terminar la charla se acerca a saludar a la familia Dante, el presidente del club 7 de Septiembre. “Era un chico divino, habilidoso y muy querido en el club. Carlos, el padre, también colaboró mucho con nosotros”, contó, y al salir de la casa Carlos los dos hombres se abrazaron y lloraron.
La familia ignora detalles de la investigación policial, pero al caminar por el barrio los vecinos cuentan que al parecer un amigo de los chicos, de no más de 15 años, estaba vendiendo drogas en la esquina de Génova y González del Solar. Los hermanos Vega fueron a saludarlo, tal vez a invitarlo a cenar, y en ese mismo instante pasó el auto blanco desde el cual dispararon más de veinte balas. Ahora está en manos de Fiscalía aclarar la trama que tornó implacable el destino de Lucas para llegar a quien mató al adolescente en un contexto de guerra narco.