Sábado 08 de Enero de 2022
Hay momentos de la vida en los que, para sostener la cordura, uno necesita imaginar que es un personaje de ficción. Es imperativo mirar hacia los costados buscando la cámara oculta, detenerse en algún punto indeterminado de la pared y mentalmente compartir con el espectador algún comentario sarcástico sobre lo que está ocurriendo. El alivio que se siente al encontrar complicidad -y sentido común- del otro lado es el que nos salva de caer en el delirio.
Quienes comenzamos el 2022 en Rosario vivimos una particular situación en nuestros ámbitos de trabajo. Entre licencias de vacaciones, casos positivos y contactos estrechos, resulta imposible sostener una dinámica laboral lógica por estos días.
El primer mes del año es una trampa: promete sol pero en realidad es un tsunami. “Enero es un mes tranquilo”, dijo nadie nunca en la redacción de un diario. Allá lejos, en enero de 1919, fue la Semana Trágica. El asalto al cuartel de La Tablada fue en enero de 1989. En el mismo mes, en 1997, lo mataron a Cabezas. Imposible olvidar enero de 2002, uno de los más complejos, precedido por el fatídico diciembre de 2001. Pero hubo más eneros. Eneros en los que gobiernos anunciaron devaluaciones o medidas de alto impacto, que se escondieron entre noticias de farándula y pronósticos del clima en la costa. Eneros donde se inundó media ciudad o donde se atrapó a prófugos mientras las cámaras transmitían en vivo. Enero de 2012, triple crimen de Villa Moreno. Enero de 2015, Nisman. Y ahora, enero de 2022, golpea la tercera ola de la mano de la variante Omicron. Los casos activos en la ciudad se cuadriplicaron en apenas una semana.
“Di positivo”, confirma por mensaje un compañero de la redacción de La Capital. Poco después leo una reflexión suya en Twitter sobre el hecho de haber finalmente sucumbido -pese a extremar cuidados- a dos años de iniciada la pandemia. Las respuestas se dividen entre los que celebran que haya durado tanto y los habituales “yo te avisé”. Poco después me llega otro mensaje: diferente emisor, mismo contenido. Y al rato otro calcado. Pronto, esos mensajes originales se replican en muchos otros de compañeros-contactos-estrechos que dudan sobre protocolos que se actualizan todos los días, que buscan dónde hisoparse o consultan sobre algún turno médico. Alguien movió la primera pieza de la ordenada línea de fichas de dominó y las otras comienzan a caer con inusitada velocidad.
Es como en el policial de Agatha Christie “Los diez indiecitos”, donde iban desapareciendo de a uno los integrantes de un grupo. Cada día le tocaba a uno diferente, no se sabía cuál era el último que iba a sostenerse en pie. La tercera ola golpeó con fuerza tal que noqueó a muchos que se pensaban indemnes. Rutinas laborales de diez personas recaen por estos días en las espaldas de menos de la mitad. Voces afiebradas dan indicaciones por teléfono a personas agotadas que usan doble barbijo y dudan si encender el aire acondicionado o morir de calor. Personas que no quieren recibir más mensajes de WhatsApp este enero, que cada vez que vibra el celular se angustian. Las cosas se hacen por estos días de manera extraña, con lo que se tiene a mano. Se multiplican problemas y se resuelven muchas veces con imaginación a falta de recursos. Esto no solo pasa en la redacción de un diario, ocurre en un negocio de ropa, la sede de una multinacional, un coqueto bar del centro, una oficina pública, incluso en centros médicos.
“Hago lo que puedo”, reza un cartel pegado a mi computadora que estoy pensando convertir en remera, para vender el producto a buen precio y con lo que recaude comprar pasajes a algún lugar lejano con mar para escapar allí lo que queda de este enero y todos los eneros de mi vida. Es complejo. Por estos días, los indiecitos en pie -toco madera- somos pocos. Aunque pensándolo bien, no sé cuán sanos estamos: nos la pasamos escudriñando paredes en busca de cámaras ocultas.