El stud de Aurelio, un tesoro oculto de la historia de la ciudad
La casa-stud del extinto jockey riocuartense Aurelio Palacios, en Gálvez 2065, es la última caballeriza que muestra la época dorada del turf

Lunes 19 de Junio de 2023

Tan increíble como real, a principios del siglo XX el turf convocaba en cada reunión más gente que el fútbol. “En noviembre de 1918, Carlos Gardel y José Razzano, entonces de gira en la provincia de La Pampa, se escaparon hasta Buenos Aires para presenciar «la carrera del siglo» entre dos purasangres de enorme prestigio, Botafogo y Grey Fox. Ese día, todo el país se detuvo, cautivado por el gran espectáculo que tuvo lugar en el hipódromo de Palermo. Hasta los años cincuenta, la Argentina fue una verdadera «nación burrera”, que vibraba al ritmo de las carreras de caballos. En las décadas de apogeo del turf, nadie desconocía el nombre de los principales caballos y los mejores jinetes, o el resultado de los grandes eventos del calendario hípico. Y el hipódromo atraía a decenas de miles de espectadores y un enorme volumen de apuestas, muy superior al de Francia o Inglaterra” narra Roy Hora, en su imperdible “Historia del Turf Argentino”.

A tono con la época, a partir de la fundación del Hipódromo Independencia en 1901 -el más importante del interior del país detrás de los míticos Palermo y San Isidro- la franja que se extendía entre el bulevar 27 de Febrero, Gálvez y Virasoro desde Moreno hasta Callao se pobló de casas-stud, es decir caballerizas con capacidad para albergar en total a unos 560 caballos de carrera, en boxes individuales.

Por entonces, el paisaje del barrio se poblaba cada mañana con cientos de caballos de carrera que eran llevados por sus vareadores por las veredas y calles rumbo al hipódromo, con el inconfundible repiquetear de los cascos sobre las baldosas y el empedrado, aunque “muchos de ellos llevaban los caballos por Balcarce, que era de tierra desde la vía, hasta Ayolas”, recuerda Alejandro Palacios, uno de los hijos de Aurelio, el extinto jockey, cuidador y dueño del stud de Gálvez 2065.

El Parque Independencia había sido fundado en 1901 por el intendente Luis Lamas y a principios del siglo pasado aparecerían en el barrio dos instituciones que lo marcarían durante décadas: la vieja cancha de Tiro Federal -de tribunas de tablones y cerco de bolsas de arpillera en los días de partido- en la manzana delimitada por bulevar 27 de Febrero, Moreno, Ocampo y Dorrego, y el legendario Café Palermo, que congregaba a la grey burrera, en la amplia ochava suroeste de 27 de Febrero y Moreno.

Enfrente, en la ochava sureste de 27 de Febrero y Moreno se levantaba a fines del siglo XIX el conventillo más grande de la ciudad, propiedad del empresario catalán Juan Canals, “conocido como «Los cuartos de Canals», que tenía un poco más de comodidad, al extremo que cada casa contaba con dos habitaciones, zaguán, cocina y baño independientes, y hasta salidas individuales a la calle”, contaba el historiador rosarino Eduardo Guida Bria al diario El Ciudadano.

Tan extraño como cierto es que en 1916 un grupo de maestras del Normal 2 fundó en el Hipódromo Independencia una escuela “en el barrio de los studs” para los niños, niñas y adolescentes que vivían en las casillas de los trabajadores del turf, que funcionaba bajo los paraísos, en un espacio cedido especialmente, hasta 1931, cuando el Estado nacional creó la Escuela Fiscal número 94, la actual República del Líbano, de Jorge Cura al 2300, donde muchos años después daba clase la señorita Mabel, la mamá del Tata Martino. “Esa escuela fue construida en la avenida Jorge Cura, justo enfrente de la calle Santiago, para que a nadie se le ocurra abrir la calle y avanzar sobre el Country de Provincial”, reveló antaño “Coco”, un viejo vecino del barrio Parque.

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Campana de largada

El extinto jockey riocuartense Aurelio Palacios tuvo una trayectoria muy destacada en el turf rosarino y cada domingo de carreras su casa-stud de Gálvez 2065 era el lugar de encuentro de mucha gente aficionada, proveniente de diversos pueblos y ciudades, así como de personalidades destacadas de nuestra ciudad y de la sociedad porteña de los años '60, '70 y '80.

“Me acuerdo que los domingos de carrera la gente de Buenos Aires y de los pueblos llegaban temprano, prendían el fuego y hacían un asado. Algunos traían un lechón y quesos y salames, era una gran comilona. Y después se iban todos a las carreras”, recuerda Marcela Palacios, otra hija de Aurelio. “A mi casa caían lo más granado de los propietarios de caballos de Buenos Aires: Enrique González Álzaga, “Rolo” Álzaga, Ricardo Sauze, Raúl Peralta Ramos, Diego Cavanagh (dueño del edificio homónimo), los dueños del Hotel Alvear, con decirte que mi viejo le corría un caballo del padre de (el ministro de Economía de la dictadura cívico militar José Alfredo) Martínez de Hoz”, recuerda Marcela Palacios, la hija de Aurelio, a La Capital.

En realidad, la impronta histórica y cultural del turf está tan arraigada en nuestro lenguaje cotidiano que utilizamos a menudo expresiones burreras de las que muchos desconocen su origen, como “voy a ser de la partida”, “estoy en las gateras”, “ganó de orejita parada”, “venció sin despeinarse”, “fue un batacazo” y “un final de bandera verde”, junto a las más conocidas “por una cabeza” y “caballo que alcanza, ganar quiere”. Otras expresiones de origen turfístico son “estoy en Pampa y la vía”, por la esquina más cercana al hipódromo en la que los dejaba el tranvía a los burreros que volvían sin una moneda y que, como en el tango, decían “Palermo: me tenés seco y enfermo”.

En ese rincón del barrio Hospitales, que limita con el barrio Parque, aún perdura el stud de Aurelio, una de las pocas casas que conservan esa impronta de antaño. Diseñado por Useglio Verna en 1928, la vivienda del frente de Gálvez 2065, abierta para la sexta edición del Open House, el encuentro anual de arquitectura que reúne obras en 50 ciudades del mundo, es un tesoro oculto de la apasionante historia del turf de nuestra ciudad.

Stud de Palacios | In House Rosario

“Mi viejo era de Río Cuarto, de una familia vinculada al turf, igual que la de mi mamá, que eran de la ciudad de Córdoba. Mi papá primero compró la casa de Gálvez 2037 y después la de Gálvez 2065, donde hizo el stud”, revela Alejandro Palacios a este diario.

La casa-stud conserva aún la estructura original de las caballerizas, con el piso de ladrillos marca Cerámica Alberdi, viejas puertas de madera de dos hojas horizontales pintadas del verde que se usaba en la década del 50 y hasta los típicos comederos de estilo inglés en sus rincones, abiertas por su dueña, Marcela Palacios, que guía amablemente a los visitantes.

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Entre las reliquias que exhibe Marcela aparecen sobre una antigua mesa de madera manuales de la época dorada del turf rosarino y porteño como un traje antiguo de jockey de su padre, que contrasta con uno moderno de su hermano, que corre en España; una vieja máquina de escribir, un teléfono de antaño, cuadros con fotos de Aurelio Palacios, el mítico jockey uruguayo Irineo Leguisamo, del rosarino Ángel Oscar Baratucci -el único jockey que ostenta el récord mundial de haber ganado todas las carreras de una reunión, logrado en nuestra ciudad- y del exdueño del Diario La Capital, Carlos María Lagos, un apasionado del turf que tenía un stud a cuatro cuadras, en Gálvez entre Santiago y Pueyrredón, que había sido construido por uno de los dueños de la Yerbatera Martin.

En una postal de época aparecen los recuerdos de una agitada asamblea de los trabajadores de prensa del Decano de la Prensa Argentina a principios de los 90, que reclamaban el pago a término de sus haberes y lo contraponían con la exótica idea del Bocha Lagos de ponerles aire acondicionado a sus pura sangre.

“Eso fue así. Y te digo más: el Bocha Lagos mandaba a comprar agua mineral Evian, de los Alpes franceses, que los empleados del diario iban a buscar a Buenos Aires, para darles a sus caballos”, recuerda Palacios el otro mundo en el que vivía el turf rosarino.

En sintonía con la época dorada del turf, justamente los jockeys fueron unos de los primeros deportistas argentinos que lucharon por su profesionalización, mucho antes aún que la histórica huelga de los jugadores de fútbol del año 71, liderada por el Pato Pastoriza, el rosarino exvolante de Central e Independiente, que alumbró la creación del sindicato Futbolistas Argentinos Agremiados. En uno de los primeros movimientos de los jockeys que luchaban por lograr un salario como trabajadores y ante el retaceo de los elegantes dueños de los caballos a otorgarlo, uno de los representantes de los corredores advirtió a los propietarios: “Si ustedes no quieren pagarnos no hay problema: prueben cómo les va si corren los caballos solos”.

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