Viernes 09 de Diciembre de 2022
En algunos rincones de Rosario sentarse a tomar mates en la vereda significa poner la vida en riesgo. A ese punto se ha llegado en la ciudad que después de una década superó la cifra máxima de homicidios dolosos registrados en un año. El crimen 269 del 2022 fue el de Ricardo Américo Carrizo, un vecino de 60 años de Villa Manuelita que murió este jueves por la noche producto de una balacera en la que también fueron heridos sus familiares, entre ellos un nieto de 9 años. Una versión preliminar es que los agresores fueron a tirotear un punto de venta de drogas ubicado en la cuadra y que el hombre fue baleado cuando intentó parar el ataque.
Con el correr de las horas se supo con más claridad lo que había ocurrido. Cerca las 19 del jueves Ricardo tomaba mates con su hija Magalí, de 33 años; su nieto Santino, de 9 y su yerno Ezequiel, de 34, en la vereda de Cepeda al 3700. Estaban sentados frente a la casa familiar, bajo la sombra de un árbol que ayudaba a soportar el calor, cuando vieron a dos pibes armados que se acercaron.
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Según testigos Ricardo pidió que no dispararan, pero no alcanzó para frenar a los tiratiros, que gatillaron unas 20 veces. Al hombre le entró un balazo en el cuello, mientras que su hija, su nieto y su yerno recibieron disparos en las piernas. Todos fueron trasladados en el auto de un vecino al Hospital Roque Sáenz Peña, donde se constató el fallecimiento de Ricardo. En cuanto a Ezequiel, le diagnosticaron una herida de bala con entrada y salida en la pierna derecha. A Magalí un balazo le provocó una fractura expuesta en la pierna izquierda y Santino C. recibió dos disparos en la pierna derecha. Los adultos que fueron derivados al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, mientras que el menor fue trasladado al Hospital de Niños Víctor J. Vilela.
Drama familiar
Luciano, uno de los hijos de Ricardo Américo Carrizo, tiene 28 años y trabaja en montaje y mecánica en plantas industriales de la provincia. Viaja a distintas localidades y vuelve a Rosario una vez al mes. Este jueves por la noche estaba en Esperanza, en el norte de la provincia y a unos 200 kilómetros de Rosario, cuando sonó el teléfono. Era su pareja, le avisaba que su padre había sido baleado, que hiciera todo lo posible para regresar a Rosario. Sin demasiada información y casi con lo puesto el muchacho avisó en el trabajo y pegó la vuelta.
Ya en Rosario, cerca de la 1 del viernes, se encontró con sus familiares. "Sabía que le habían pegado a mi papá pero no que había fallecido. Fui con mi mamá, le dije que iba a estar todo bien, que no se preocupara. Oramos, la abracé, pero vino mi prima y me dijo que papá ya no estaba más", contó Luciano a La Capital. "Es una desgracia para todos, es muy doloroso, pero pudo ser peor y gracias a Dios no pasó a mayores", agregó.
"Yo me crie toda la vida acá, nunca tuvimos problemas con nadie. Pero es una zona peligrosa donde pasan y tiran, se confunden como suele pasar en todos lados. Ahora nos tocó a nosotros, lamentablemente", expresó el muchacho. En el barrio aseguran que el ataque estaba destinado a un punto de venta de drogas ubicado a metros de la casa de la familia.
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"Está feo este lugar, antes no era así, se podía vivir. Yo creo que sería distinto si la Gendarmería se metiera en la villa como dice que hace. A veces vienen, pero están cinco minutos y se van", indicó Luciano. "A los pibes que están en la droga no les importa nada. Yo tengo nenes chiquitos y tengo miedo de que les pase algo. Nuestro sistema familiar es el trabajo, ir a la cancha cuando ellos juegan al fútbol y volver a casa. Pero igual es peligroso", agregó.
Un vecino querido
Hay un aspecto que suele repetirse en los familiares de víctimas fatales de la violencia, tendrá que ver con lo difícil de procesar una pérdida trágica e inesperada. Hablan en tiempo presente de su familiar que acaba de ser asesinado. "Mi viejo junta cartones, se levanta a las 6. Cuando yo trabajo en Rosario me levanto a las 5, tomo mates con él y me voy a trabajar, él agarra el carro con la moto y se va también. Es el sustento de mi vieja y mis sobrinos", contó Luciano.
Hacía unos diez años que Ricardo trabajaba como cartonero, antes había sido panadero. "Se me cayó el mundo abajo, mi sustento siempre fueron mi viejo y mi vieja que me enseñaron a laburar", lamentó el muchacho. "Doy gracias a Dios por la vida de mi viejo, lo que no me pudo dar de material me lo dio con amor y yo sé valorar. Me la pasé cirujeando hasta que conseguí trabajo para darle a mi hijo lo que yo no pude tener", agregó.
Desde la agrupación social y política Movimiento Evita indicaron que Ricardo participaba del comedor comunitario que la organización sostiene en Cepeda al 3600. Lucila De Ponti, referente de la agrupación, publicó en su cuenta de Twitter fotos del hombre trabajando en la cocina y en una movilización junto a otros militantes.
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Además la ex diputada hizo un descargo en relación a las condiciones de infraestructura en la que viven los vecinos de ese sector de Villa Manuelita. "No hay nada. No hay servicios, los vecinos se conectan como pueden a la luz y al agua. Paralelo a Cepeda pero más abajo hay un pasillo larguísimo, donde vive un montón de gente, en condiciones mucho peores", expresó. "Es así desde siempre y ni siquiera les pudieron entubar el desagüe que está a cielo abierto para que no se rebalse y se llenen las casas de aguas servidas cuando llueve. Ahí el Estado no está, la violencia sí", agregó.
Alejandra Fedele, también referente del Movimiento Evita, recordó a Ricardo como "un compañero que nunca tuvo conflicto con nadie, participaba de las movilizaciones y las actividades". "Es terrible lo que está pasando, no es como dijo Aníbal Fernández. Acá hay disputas entre bandas pero muere gente inocente", agregó en relación a los dichos del ministro de Seguridad de la Nación que en su última visita a Rosario aseguró que "los homicidios que se dan son entre bandas delictivas". "Por más que hayan 3500 efectivos de fuerzas federales no pueden resolver el problema porque pasa por otro lado. El gobierno provincial ha roto el diálogo con las organizaciones sociales que estamos en el territorio", criticó Fedele.
Tierra de disputas
La calle Cepeda a la altura 3600 y 3700 también es conocida como calle 409 o Piceda. Desde Seguí hacia el sur corre unos 300 metros hasta que termina en una hilera de viviendas. En ese tramo hay pasillos que conducen a asentamientos precarios. Uno de ellos fue, en febrero de 2021, escenario del asesinato de Gabriela Alejandra Frasoli, una joven de 24 años que fue baleada frente a su casa, hecho en el cual también fue herida su hija, de 3 años.
Las viviendas que cortan Cepeda hacia el sur dan la espalda a la calle Spiro. Hasta hace un tiempo había pasillos que conectaban ambas calles pero fueron cerrados por los propios vecinos como una medida de seguridad autogestionada. Es que dichos pasillos se habían convertido en pasadizos de emboscadas y huidas para las broncas que sostienen dos grupos vinculados a la venta de droga en ese sector de barrio Tablada conocido como Villa Manuelita.
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La bronca más conocida en ese punto ubica a dos enclaves del narcomenudeo. Uno en la zona del bajo Ayolas y la colectora de la Circunvalación, y otro sobre los pasillos que nacen en Spiro entre Grandoli y Schmild. En octubre pasado en el marco de ese choque hubo una seguidilla de hechos violentos que dejó un saldo de tres víctimas fatales.
El domingo 23 de octubre fueron asesinados César Luis Pucheta, de 40 años, y Ramón Gregorio Benítez, de 37. Estaban en una casa en la zona del bajo Ayolas cuando dos hombres ingresaron por la fuerza y les dispararon sin mediar palabras. Pucheta pertenece a una familia ligada al narcomenudeo, incluso uno de sus integrantes está preso e imputado en la asociación ilícita que está acusado de liderar el fundador de Los Monos, Máximo Ariel "Viejo" Cantero.
Dos días después, y en un hecho que en el barrio se leyó como la venganza inmediata por esa emboscada, fue asesinada por error una vecina de calle Spiro al 500. Josefa Estela Retamozo, de 63 años, estaba tomando mates en la puerta de su casa cuando quedó en medio de una balacera justo cuando intentaba ingresar a la vivienda. Los disparos, dijeron los vecinos, iban dirigidos a un vendedor de drogas que estaba en un pasillo lindero a la casa de Josefa. Un balazo pegó en la pared y al rebotar alcanzó a la mujer por la espalda.