Opinión

Vecino

Miguel Lifschitz era una figura pública, fue intendente, gobernador y legislador, pero también un vecino de barrio discreto y amable, que no paraba nunca, deambulaba perdido entre las góndolas del súper y se fastidiaba cuando se demoraba el delivery

Lunes 10 de Mayo de 2021

Me acababa de mudar, era el primer habitante de un edificio recién terminado, lo había elegido porque quedaba cerca del colegio a donde iban mis hijos, el Politécnico. Es raro vivir en un edificio vacío, no te cruzás con nadie, el ascensor no se mueve, el silencio asusta. El primer domingo bajé a buscar un café donde desayunar, todavía me estaba tratando de acostumbrar al barrio, era temprano, hacía frío y no sabía bien para qué lado arrancar. Me quedé un minuto parado en la puerta de entrada, pensando cómo había ido a parar ahí, algo que todavía hago y para lo que no encuentro respuesta. Fue en ese momento cuando lo vi venir, sin traje pero prolijo, zapatos, pantalón de vestir, camisa clara, una pila de diarios abrazados contra el pecho. Venía distraído, cuando me vio ya me tenía encima y dio un respingo: “¿Qué hacés acá Indio?”, preguntó sorprendido. “Te estaba esperando para darte la bienvenida”, le respondí claramente en broma y él, mientras buscaba la llave, me miró sin poder creerlo. De todos los edificios del mundo justo me vengo a mudar a donde vive el Cazador Oculto. No lo dijo, pero lo pensó y si no lo hizo, es imposible saberlo, pareció que sí, porque al verme le cambió la expresión de la cara y, tras la primera reacción impensada, se quedó mudo.

De ahí en más, en todos estos años, me lo crucé incontables veces, y salvo algún comentario al pasar, nunca hablamos de política. Sí de la luz rota del palier de entrada, de los difícil que es estacionar los autos en la cochera, del frío, del calor, de la lluvia, del humo en las islas, conversaciones de ascensor, fugaces, breves, insustanciales, como las que mantiene todos los vecinos del mundo. Alguna vez me tocó el portero eléctrico para pedirme que le prestara la llave de la cochera, porque la había perdido. Alguna vez le toqué el timbre para preguntarle si sabía abrir la puerta de blindex porque la llave de contacto no me funcionaba. Lo veía cuando se iba a trabajar, traje, corbata, peinado con esmero, y también cuando volvía, al caer la tarde, cara de cansado, el pantalón arrugado, los hombros caídos. Lo asombroso es que cuando estaba en plena actividad, y eso era siempre, estuviera en el timón del barco, en campaña o en la cámara, su día no terminaba ahí: se daba una ducha, se cambiaba de ropa, a veces informal, otras no, y volvía salir. Sus días no terminaban nunca, tenía una reunión del partido, una cena de trabajo o un festejo por vaya uno a saber qué efeméride en un club de barrio, una vecinal o en un pueblo perdido del interior profundo de la provincia.

Últimamente lo veía menos, un poco porque su agenda en la capital de la provincia lo obligaban a dormir allá varios días a la semana, otro poco porque la pandemia nos tuvo a todos encerrados. A él también, porque sabía y me lo dijo que se tenía que cuidar y mucho porque sentía al virus como una amenaza. Después de la cuarentena dura, cuando se abrieron las primeras actividades, me topé con él y con Clara cuando volvían de su primera cena después del encierro, con cara de feliz cumpleaños. Me contaron que habían ido a cenar a Sunderland y, como si hiciera falta hacerlo, me aclararon que lo habían hecho “con todos los cuidados”. Me hablaron con el rostro cubierto por el barbijo, en la vereda, antes de entrar al edificio, y manteniendo una prudente distancia, todo tal y como se debe hacer para evitar los contagios de coronavirus.

La última vez que hablamos fue un par de días después de que explotó el escándalo del vacunatorio VIP. “¿Te vacunaste, Miguel? Porque vos sos VIP”, le dije con mi incorregible espíritu bromista. Y él, aun sabiendo que no hablaba en serio, me respondió con expresión circunspecta: “Nooooo”. Lo dijo así, arrastrando la “o” para que no quedaran dudas de lo que quería decir. Y me confesó: “No veo la hora de vacunarme”. Lo dijo de un modo que dejaba bien en claro la preocupación le causaba la pandemia. Se había puesto serio. Para romper el hielo, le dije: “Si te enterás de algún vacunatorio VIP, avisame”. No se río, todo lo contrario. “No podemos hacer eso Indio, tenemos que esperar el turno”, me explicó, como si hiciera falta decir que las reglas se hicieron para cumplirlas, no para violarlas.

Después me enteré que había dado positivo de covid, que lo habían tenido que internar y todo lo demás. Este domingo a la tardecita me avisaron que había muerto. Miguel Lifschitz, el intendente, el gobernador, el legislador, mi vecino.

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