En medio de la pandemia que azota este año a todo el planeta han quedado en segundo plano algunos acontecimientos importantes. En junio pasado, por ejemplo, se cumplieron 80 años de la habilitación del campo de concentración de Auschwitz, construido en la Polonia invadida por Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Se inauguró el 14 de junio de 1940 con el ingreso de un primer grupo de 728 prisioneros polacos que fueron registrados con la numeración entre 31 y 758.
Más de dos años después, el 13 de diciembre de 1942, y ya el campo con miles de personas en condiciones infrahumanas, llegó deportada una niña polaca católica llamada Czeslawa Kwoka. Tenía sólo 14 años y había sido desalojada de una zona de Polonia, Zamosc, donde el Tercer Reich pensaba crear un “Lebensraum” (espacio vital) para colonias agrarias de civiles arios.
Czeslawa vivía en Wolka Zlojecka, una de las 300 aldeas de donde fueron expulsadas miles de personas y trasladadas a distintos campos de concentración. La niña llegó con su madre y fue registrada con el número 26947 del Kl (“Konzentrationslager”, campo de concentración) Auschwitz y fotografiada por Wilhelm Brasse, también prisionero polaco que sobrevivió a la guerra y preservó gran cantidad de las miles de fotografías que había tomado. El rostro de la niña transmite el terror y la angustia que estaba sintiendo en el momento de la toma y si se observan con detenimiento sus labios se notará que están lastimados.
Años después, el fotógrafo que registró esa imagen recordó esa escena imborrable de su memoria: “Era muy joven y estaba tan aterrorizada. La niña no entendía por qué estaba allí y no podía entender qué le decían. Entonces una mujer guardia tomó un palo y la golpeó en la cara. Antes de tomar la fotografía se secó las lágrimas y se quitó la sangre del corte en el labio. Sentí como si me estuvieran golpeando a mí, no pude hacer nada, hubiera sido fatal para mí”.
La historia de Czeslawa terminó de la peor manera. El 12 de marzo de 1943, a casi tres meses de su arribo a Auschwitz, la mataron con una inyección de fenol (químico venenoso). Fue una de las 232 mil niñas y niños de distinto origen asesinados por el nazismo en ese campo entre 1940 y 1945. Por Auschwitz pasó 1,3 millón de personas pero sólo unas 400 mil fueron internadas como prisioneras. El resto, unos 900 mil deportados judíos, gitanos, polacos, rusos, homosexuales, testigos de Jehóva, etcétera, fueron gaseados a las pocas horas de arribar. Cuando en enero de 1945 el Ejército Rojo de la Unión Soviética liberó el campo encontró pocos sobrevivientes en condiciones terribles, inenarrables. Más de la mitad de los prisioneros murieron por hambre, ejecuciones, torturas, castigos y distintas epidemias. Las condiciones en el campo tornaban difícil permanecer con vida más de un par de meses.
El destino de los chicos polacos católicos que llegaron a Auschwitz en el grupo de Czeslawa, se calcula en unos 150, fue trágico. Los asesinaron con químicos, en las cámaras de gas o murieron por tifus o inanición. El mayor contingente de chicos polacos que llegó a Auschwitz fue después del levantamiento de la resistencia polaca en agosto de 1944. Eran unos mil quinientos bebés, niños, niñas y adolescentes que arribaron desde Varsovia junto a varios miles de adultos que habían sido capturados por las tropas alemanas. A la mayoría de los menores les siguió la misma suerte que a todos: la muerte.
Además, los niños de Auschwitz sufrieron todo tipo de crueles experimentos a manos del tristemente famoso Joseph Mengele, jefe de médicos de las SS en la zona de los prisioneros gitanos, aunque para sus crímenes empleó no sólo chicos de ese sector del campo.
El rostro dramático de Czeslawa, sus ojos de miedo y angustia (también fue coloreado por una experta digital para la muestra “Las caras de Auschwitz”) es imposible que no conmueva. Quedará como testigo de la historia y en el registro tenebroso de lo que también es capaz de producir el ser humano.