Uno de los más altos pensadores de una generación que es, a su vez, una de las
más reflexivas de la historia argentina, Juan Bautista Alberdi, dijo: "Gobernar es poblar". Fue la
máxima premisa de quien nos legara uno de los más notables alegatos a favor de la paz, con miras a
la racionalización del proceso que conduce desde el país hacia la Nación.
Amparados por la Carta Fundamental, los hombres de buena voluntad de los más
diversos sitios del orbe, sin distingos en el color de su piel o de su alma, acudieron al
"Argentino Reino", para usar la expresión de Martín del Barco Centenera, nuestro primer
nombrador.
Argentina no es hasta esa fecha (1602) más que el nombre de un poema. Frente al
mundo de las culturas europeas somos ¿quién puede dudarlo?, muy jóvenes, y frente a las milenarias
culturas del Oriente, casi niños. Esa no es nuestra desgracia. Es nuestra suerte y nuestro
privilegio. La historia más que una agobiante herencia es, para nosotros, una venturosa
posibilidad. Y esa posibilidad será tanto más rica e inminente, en la medida en que se acepte que
los hombres de buena voluntad que acudieron a estas orillas, dieron como resultado el árbol
argentino.
Deudor de sus ancestros, pero que ya es otra cosa que la mera yuxtaposición de
sus integrantes. Y así, al lado de los tradicionales Sánchez, Pérez y Bustamante, encontramos que
tan argentinos como ellos pueden serlo los Giovanni y Frascatti, los Salmún y los Baruk, los
Rabinovich y los Stevanovich, los Karadajián o los Kurasawa. Esa es la Argentina real.
Ser argentinos no deriva de una simple designación patronímica. Cualquiera sea
ésta, todos tienen las mismas obligaciones cívicas o militares. Todos integran el país en las
diversas zonas de su múltiple quehacer.
En el país no existen –como en otras latitudes– minorías ni sectores
sujetos a leyes especiales ni distinguidos por privilegios diferenciales. Sí, existen distintas
colectividades, cuyas culturas, creencias religiosas o tradiciones originales se transmiten de
padres a hijos, y que se incorporan a la totalidad de la cultura argentina enriqueciéndola. La
formación pluralista es una peculiaridad americana frente a las sociedades vigentes en otras
latitudes. De ahí resulta también una formación nacional distinta y quizás con más posibilidades y
ventajas de lo que un enfoque primitivo y esquemático puede suponer. Coartar ese pluralismo en
beneficio de ciertos sectores, resultará, para mal de todos y para bien de ninguno.
Solo la proyección libre y total de esta vivencia plena puede fortalecer el
cuerpo social de la democracia. Solo la regresión totalitaria exige la cultura uniforme, el gesto
uniforme, la humillación uniforme.
La auténtica democracia no obliga a los grupos humanos a enterrar sus valores
singulares como precio mortal por su integración a la geografía nacional. Si así fuera tendríamos
sombras humanas en vez de vibrante energía humana.
La cultura de los pueblos, como la florescencia de los bosques, se compone y
enriquece con la suma de sus integrantes, que deben mantener sus lozanías singulares en vez de
transformarse en hierba uniforme y chata, tan propicia al pisoteo del corcel de los tiranos. Y así
como nadie puede decir que es más hijo de su padre que sus otros hermanos, ningún argentino puede,
en base a sus prejuicios de diversa índole, discriminar contra argentinos de otros orígenes, cuyo
amor al país y cuya adhesión al mismo no está en condiciones de mensurar, porque, precisamente, el
prejuicio impide, distorsiona, confunde e invalida toda posibilidad de juicio. La Nación Argentina,
la del presente y la del futuro necesita de todos sus hijos. Que ningún sector se sienta el
elegido. Todo lo tenemos entre todos; comenzando por la patria.El arado que abre los surcos en la
tierra argentina, jamás preguntó el color de la piel de las manos que lo conducen. Que jamás lo
pregunte el hombre. Las manos que se hermanan en el escudo argentino no admiten la irracionalidad
del odio. Y el pueblo argentino ha de continuar sin pausa respirando el aire de alturas de la
democracia, donde la cultura se enriquece, admitiendo la singularidad de sus componentes, donde
cada uno puede ser y es lo que debe ser conforme a la tradición sanmartiniana.
El general Bartolomé Mitre pronunció estas palabras, que parecen surgir desde el
fondo luminoso de la Biblia: "Yo quiero que el extranjero que venga a esta tierra, en vez de
levantar la tienda provisional del peregrino, se siente en nuestro hogar al calor del fogón nativo,
que nuestra patria sea su patria, y que encuentre aquí todos los derechos y garantías a que puede
aspirar".
La exaltación festiva del Bicentenario fue un símbolo fehaciente de una
celebración común, de un anhelo común y de un destino común. Es que todos somos uno. Y entre todos,
todo.
Hacemos votos por el verdadero porvenir del país; y porque las corrientes
democráticas, inspiradas en esas tradiciones liberales y patricias, talladas en piedra eterna en
los postulados de la Constitución nacional, logren levantar y para siempre ante el horizonte de los
pueblos, la silueta de una Argentina sin máculas totalitarias, digna de los grandes que la
cimentaron para ser generosa y fraterna, donde la libertad sea un hito fecundo y sublime en pos de
los valores que hacen del hombre una criatura hecha a la imagen de Dios.
Que así sea, por los siglos de los siglos.