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La sexualidad adolescente, un tema sensible

Chicos y chicas comienzan a convivir con cambios en sus cuerpos, con formas de deseo que no conocían antes. Muchos sienten que su identidad de género no es la de la mayoría. ¿Cómo atraviesan esas emociones?

Domingo 01 de Julio de 2018

La adolescencia comienza con la pubertad, es un fenómeno biológico que da inicio a un largo y laberíntico proceso. Esta metamorfosis corporal crea en el niño o niña un estado de desconcierto, desarreglo o turbación que lo obliga a posicionarse en un lugar diferente y desconocido. Es un momento en el que el cuerpo cambia paulatinamente, las formas se modifican y se va adquiriendo la apariencia de adulto. Bajo la influencia de las hormonas, crecemos. Y esto suele ocasionar, muchas veces, susto y asombro, ya que hay cambios que se dan rápidamente y no estan simple adaptarse a ellos. El cuerpo de niño o niña se va perdiendo, el cuerpo conocido, el de siempre, ese al que se estaba acostumbrado, que daba seguridad. La "nueva" apariencia muchas veces incomoda, es difícil de manejar. Hay variaciones que son de tal magnitud y velocidad que los y las adolescentes no tienen tiempo de apropiarse de ellas, de internalizarlas.
   El adolescente, para poder constituirse como sujeto independiente, necesita discriminarse, separarse, alejarse de las figuras parentales, tolerar sentirse huérfano por un tiempo. El logro de autorizarse a la exogamia le posibilitará la capacidad de elegir un objeto por fuera de su círculo familiar. Pero esta capacidad de elección no se da naturalmente, ni espontáneamente. A menudo implica un proceso de ir construyendo su identidad sexual.
   Freud afirma, sin una mirada moralista, que el joven o la joven puede tener, y no sólo ocasionalmente, inclinaciones tanto homo como heterosexuales. Inclusive, a partir de lo que considera la bisexualidad constitutiva, algunos sujetos pueden alternar a lo largo de su vida experiencias sexuales y amorosas con partenaires de su mismo sexo o de otro sexo. La identidad sexual inicialmente aparece como enigmática, ambigua, misteriosa y sólo posteriormente podrá ser reconocida, después de atravesar un derrotero, marcado por los tiempos subjetivos.
   Cada época imprime su sello en los adolescentes, mostrando normas, conductas, que influyen en ellos y ellas de diferentes modos. Es un momento —esa etapa de la vida— en el que los y las adolescentes están vulnerables y necesitan ser aceptados por los demás. Culturalmente hoy se rompe demasiado la barrera entre lo íntimo y lo público. La sexualidad se muestra, en ocasiones, de una manera obscena, sin límites. Pareciera que todo es posible. La cultura actual marca vivir y gozar del presente. Hay que decirlo. Y el riesgo, en ese caso, es que frente a la falta de ciertos soportes sociales, de ordenamiento, de referentes identificatorios que marquen pautas, un rumbo, una cierta orientación, se deje a los chicos y chicas a la deriva. Eso es lo peligroso, no acompañarlos, no mirarlos, no sostenerlos.
   Vemos hoy con más frecuencia que antes que esa supuesta ilusión liberadora los habilita a animarse, mucho más, a relacionarse con compañeros de uno u otro sexo. Es una manera de probar, explorar, investigar, como un juego que posibilite conocerse y reconocer al otro, en una aparente búsqueda de su propio deseo, de su identidad de género.
   Hay jóvenes que han vivido sensaciones, fantasías o sentimientos de cercanía con alguien de su mismo sexo, sospechando que esas experiencias pueden ser señal de homosexualidad. Tal vez el adolescente se asuste, las evite, las reprima, obturando el desarrollo de su vida sexual activa. Suele ser necesario, considero, diferenciar entre tener fantasías homosexuales, amores homosexuales con tener una sexualidad diversa.
   Algunos adolescentes consultan al psicólogo con mucha angustia, y tienen temor de expresar que creen que son homosexuales. Es importante que puedan comenzar a hablar, a poner en palabras lo que sienten, desplegando sus miedos y angustias, lo que implica afirmar su posicionamiento sexual. Entre otras cuestiones surge, aún en estos tiempos, la dificultad que les produce hablarlo con sus padres y "decirlo" a la sociedad. Los chicos y chicas homosexuales suelen sentir gran temor a que se los discrimine, se los agreda, se los excluya.
   Históricamente, los padres de personas LGTBI han tenido reacciones muy diferentes al enterarse de la forma de sexualidad de su hija o hijo. Han aparecido, y siguen apareciendo, desde agresiones físicas y verbales hasta la negación de esa persona como hijo o hija. Otros padres hacen cierto esfuerzo por aceptar y lo logran. Pero en general, casi nadie puede evitar sentirse atormentado, fracasado, triste. Elaborarlo no es tan fácil.
   No es extraño que sienten un gran malestar e incluso culpa. Se autoincriminan haber sido padres ausentes, sobre todo con los hijos varones. Creen que no le transmitieron la suficiente "virilidad" para poder "ser hombre". Hay padres que culpan a la madre por haber sido "posesiva y sobreprotectora" con su hija o hijo. Se cruzan las acusaciones por no haber cumplido "correctamente" con su rol.
   Otros desmienten la realidad, piensan que "ya se le va a pasar", que manifiestan esto para "llevarles la contra o como un signo de rebeldía".
   Freud habla, en estas ocasiones, de un fenómeno de estructura, como es la proyección del narcisismo de los padres en ese "hijo ideal" que deberá cumplir los sueños, aspiraciones, ilusiones, expectativas, que aquellos no pudieron realizar. Cada padre y madre fantasea una vida para su hijo, con la esperanza de que este colme sus ambiciones. El padre mucho más en relación al hijo varón y la madre en relación a su hija mujer. Generalmente se puede aceptar que el hijo no cumpla con los anhelos parentales, que siga un camino diferente, que no estudie, se vaya a vivir a otro lugar, que no pueda tener una pareja estable, entre otros ejemplos. Pero aceptar que un hijo o hija no tiene deseo de estar con personas del sexo opuesto tiene una connotación especial. Sigue siendo mal tolerado por los adultos que quedan impactados, paralizados y hasta frustrados. Todo un mundo idealizado se derrumba a sus pies.
   Cuando un joven decide revelar que es gay, le implica afrontar, junto con los padres, un proceso conflictivo como es el de visibilizar su identidad sexual a los familiares, amigos, que muchas veces reaccionan de distintas formas. La nuestra es una sociedad heteronormativa, prejuiciosa y estructurada, donde solo existe un mandato heterosexual universal. La homosexualidad no es esperable, incluso en un país como el nuestro donde existe el Matrimonio Igualitario desde hace tantos años. Sigue apareciendo como lo raro, lo extraño, lo reprobable. Y hasta toma la forma de un secreto oscuro que requiere ser explicado y confesado como algo indigno. Al menos, esto es lo que seguimos observando.
   Una nota publicada en este suplemento la semana pasada refería, en su título, justamente a eso: "Se avanzó mucho, pero aún hay demasiada homofobia".
   En este momento, la novela 100 días para enamorarse, que se emite diariamente por Telefé, muestra la relación de amor entre dos chicas compañeras de la escuela secundaria. Las reacciones de amigos, amigas, profesores, de cada familia, son diferentes pero todas intensas. Un tema del que sin dudas, es necesario hablar y seguir hablando.

¿Qué puede hacer un psicólogo?

   En relación al adolescente, nuestra tarea es posibilitar que sea su propio deseo el que lo oriente en un clima de libertad, sin condicionamientos. Ayudarlos a convivir con el modo en el que se autoperciben, con las dificultades que se le puedan presentar. Nuestra labor es acompañarlos a resolver los conflictos que atraviesan, como todo chico o chica.
   En relación a los padres, es importante poder trabajar e interpelarlos en relación de su dificultad para poder aceptar cuando no les agrada lo que ven en su hijo o hija. Poder diferenciar sus propios deseos de los de su descendencia.
Es fundamental, para construir un vínculo desde otro lugar, "renunciar" a esa vida heterosexual que proyectaron para sus hijos. La familia se puede rearmar de acuerdo a la realidad, al presente. En terapia es posible pensar juntos como compartir con cada hijo o hija aquello que acontece, pero siempre... ¡siempre! desde una mirada amorosa y comprensiva.

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