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Edmundo Rúveda, maestro de una generación de científicos rosarinos

Fue uno de los primeros becarios del Conicet. Hizo parte de su carrera en el exterior y volvió a la ciudad para volcar sus experiencias y conocimientos. Se lo recordará siempre como un destacado docente e investigador que puso a la química de Rosario en lo más alto.

Domingo 10 de Febrero de 2019

El pasado 12 de diciembre falleció en Rosario el doctor Edmundo Alfredo Rúveda, fundador y primer director del Instituto de Química Orgánica y de Síntesis (Iquios), uno de los institutos pioneros del Conicet en la ciudad (predecesor del actual Instituto de Química Rosario, Iquir). Directa o indirectamente, buena parte del centenar de investigadores y becarios del instituto son desde "hijos a tataranietos científicos" de este prolífico y notable docente y hombre de ciencia.

La admiración que profesan sus coetáneos porteños, sentimiento inequívocamente compartido por investigadores de otros lugares del país que lo conocieron, sugiere que como persona y profesional, Rúveda dejó huellas imborrables entre todos aquellos con quienes se relacionó. Del mismo modo, el cariño y el respeto transformados hasta en veneración, que manifiestan sus antiguos amigos, colegas y discípulos de Campinas y otros lugares de Brasil ("los mejores papers en química orgánica de Brasil de aquella época los firmaba un argentino: Edmundo Rúveda", comentó públicamente una vez un notable químico brasileño), indican que su presencia y jerarquía no pasaron desapercibidas.

Resulta difícil marcar con detalle y justicia todos los aspectos de su innegable influencia sobre la química orgánica del país.

El profesor Edmundo (Nenón) Rúveda nació en Corrientes en 1934. De joven se mudó a Rosario y, posiblemente contrariando la aspiración familiar, cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias Médicas, Farmacia y Ramos Menores de la Universidad Nacional del Litoral, "madre" de la actual Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la Universidad Nacional de Rosario. Así se graduó de farmacéutico en 1956 y luego de bioquímico, en 1960. Su temprano interés por la ciencia y la falta de oportunidades locales lo llevaron en 1958 a la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde trabajó en el aislamiento de alcaloides de plantas locales, en el laboratorio del doctor Alejandro Paladini.

En 1960 el joven Edmundo accedió a una beca doctoral de Conicet, que había sido creado en 1958. Inicialmente su doctorado iba a desarrollarse bajo la dirección del doctor Guillermo Iacobucci (formado con el Premio Nobel Robert B. Woodward) pero acabó siendo orientado por el doctor Venancio Deulofeu, considerado padre de la investigación en química orgánica en el país. Rúveda se doctoró en 1963 y al año siguiente se unió al grupo del profesor Alan Battersby en la Universidad de Liverpool (Inglaterra), como becario posdoctoral de la Fundación Rockefeller, para trabajar allí dos años en la biosíntesis de alcaloides. Casado y con una hija nacida en Inglaterra, regresó al país para montar su propio grupo de investigación en productos naturales y retomar la docencia, ahora como profesor de la UBA.

Hacia 1969/70 fue tentado a volver a Rosario para desarrollar aquí sus investigaciones, en el ala de un edificio que la facultad de Ciencias Bioquímicas estaba construyendo para tal fin y que luego fuera sede de Iquios. De manera sorprendente, sin embargo, no aceptó la oferta. Con su honestidad de siempre, 35 años después explicó sus motivos: "Si hubiera venido en ese entonces, Iquios seguramente habría fracasado; antes de mi estadía en Brasil no estaba preparado para esto". En su lugar, en 1973 decidió hacer un segundo posdoctorado, con el doctor Ernest Wenkert, otro discípulo de Woodward, en Estados Unidos.

"El Maestro, así lo llamaban, logró entusiasmar a cientos de jóvenes estudiantes".
La exitosa experiencia con Wenkert lo impulsó a considerar seriamente la posibilidad de incursionar en la síntesis de productos naturales, base de sustentación de buena parte del arsenal farmacológico moderno, y un área considerada por Woodward como "el desafío más difícil e intelectualmente el más demandante de la química orgánica". Sin embargo, las dificultades para materializar ese ambicioso sueño en el país de aquel entonces eran enormes. Por eso , tras un breve paso por la industria farmacéutica sus anhelos lo llevaron en 1975 a la Universidad Estadual de Campinas (Brasil), donde estuvo cinco años y llegó a ser vicedirector del afamado Instituto de Química de Campinas.

Mejor formado y con su inconcluso sueño aún latente, a inicios de la década de 1980 logró concretar la creación de Iquios en Rosario y darle el impulso inicial con dos discípulos de su paso por la UBA, los doctores Oreste Mascaretti y Manuel González Sierra. El período que siguió a la etapa fundacional del instituto se caracterizó por un intenso trabajo de todo el personal, pero el director daba el ejemplo. Entre otras múltiples actividades, Rúveda concurría puntualmente al Correo Central a retirar la correspondencia institucional, muy especialmente las revistas científicas, que llevaba a su casa para leer y analizar con avidez. No era infrecuente para los becarios recibir su visita en el Laboratorio, con la fotocopia de un paper en la mano, invariablemente marcada con sus iniciales EAR en tinta azul. Muchas veces la charla técnica que seguía era larga; en otras ocasiones con dos palabras bastaba: "Pruebe esto".

Era tal el entusiasmo y tan contagioso ese apetito insaciable de avanzar y mejorar, que Rúveda había inculcado como cultura institucional, que muchos de los entonces becarios tomaron por costumbre, trabajar largas horas, incluyendo a veces fines de semana y feriados. Bajo su varita mágica esos becarios se habían convertido en un puñado alborotado de investigadores en formación que con muchas ganas se apiñaban en una reducida biblioteca para tomar sus cursos de posgrado o para turnarse en el dictado de los ahora clásicos seminarios de investigación.

Sus complejos análisis, sesudas reflexiones, críticas certeras y por sobre todo sus analogías chispeantes siempre daban pie a un cúmulo de interesantes preguntas, lo que generaba amenos debates. Estaba cambiando la cultura local y como constante fuente de inspiración estaba mostrando con su ejemplo y dedicación el camino a las futuras generaciones.

Ya en aquel momento, tanto el enfoque como la calidad de sus investigaciones eran indiscutibles al punto que entre sus colegas y antiguos conocidos, Rúveda era distinguido como "el Maestro", apodo cariñoso que aún perdura.

Iquios resultó ser la cabeza de playa que facilitó el desarrollo de Rúveda, uno de los padres de la actual Licenciatura en Química de la UNR. También fue la plataforma que lo mostró como un hábil divulgador científico y un persistente promotor de la ciencia, sobre todo entre los jóvenes, a quienes durante dos décadas entregó en persona los Premios Fundación Josefina Prats al mejor promedio de la carrera en diferentes disciplinas.

El instituto, en particular su Unidad Química Orgánica fue el fruto del sueño original que Edmundo Rúveda tuvo unos 50 años atrás y que persiguió por más de una década formándose en diferentes espacios de excelencia. Con el Iquir como instrumento, Rúveda permitió que la Química de Rosario en general, y la Química Orgánica Sintética en particular, hayan alcanzado un sitial destacado en el mapa moderno de la ciencia nacional, conquista sintetizada por una afamada colega al afirmar, refiriéndose al Iquios: "Ustedes lograron en menos de 25 años lo que a nosotros nos llevó más de 50". Este mérito es indudablemente mayor si se considera que el nacimiento de este espacio de investigación y trabajo tuvo lugar en un ambiente carente de infraestructura y tradición, y en tiempos social y económicamente poco auspiciosos para que el germen de la investigación científica movida por la curiosidad pudiese brotar sin sufrir contratiempos.

Los múltiples premios y honores con que el profesor recibió hacia finales de su actividad como científico y docente, que incluyen un Konex de platino, la membresía de diversas academias nacionales y del exterior, la designación de Investigador Emérito de Conicet y el hecho de haber sido el primer Profesor Honorario de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas entre otros reconocimientos, atestiguan que era un faro de luz y un referente en su tema.

Si bien es cierto que la Química Orgánica Sintética se desarrolla actualmente en numerosos puntos del país y es cultivada por una diversidad de colegas muy virtuosos, no es menos cierto que 40 años atrás los trabajos en la materia presentados en congresos de la disciplina ocupaban un mínimo porcentaje.

Como contraste, éstos representan actualmente más de la mitad de las comunicaciones que engalanan las ediciones bienales del Simposio Nacional de Química Orgánica. El doctor Rúveda no fue ajeno a ese cambio; mostró y demostró que se podía hacer.


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