Antes de cruzar la calle, un turista se detiene asombrado: por la esquina de
Pasco y Corrientes pasa un colectivo de la línea 107 con un cartel en el parabrisas. "Al padre
Ignacio", dice. No "al barrio Rucci" ni "a la parroquia Natividad del Señor". El cartel es preciso,
pero los que llegan por primera vez a la ciudad no lo saben: el sacerdote Ignacio Peries ya es
también un lugar geográfico y un destino marcado en el mapa espiritual de Argentina, una coordenada
en Rosario a la que se dirige mucha gente. Mucha. Especialmente en Semana Santa.
"Vos viste como es: donde va mucha gente, algo raro hay", dice Yayo, en
broma y en serio, en la vereda de su casa. Son casi las 19 del jueves 20 de marzo. Un día después,
a la misma hora, la calle Concoloncorvo estará saturada de personas, pero ahora la tarde se diluye
en silencio, y los vecinos más antiguos sacan sus reposeras a la vereda. Hace 30 años, cuando se
entregaron los primeros departamentos, nadie en el barrio sabía de la existencia de Peries, aunque
ya se hablaba de un Ignacio: el conjunto de monoblocks había comenzado a construirse en 1973, con
José Ignacio Rucci al mando de la Confederación General de los Trabajadores (CGT), y el proyecto
habitacional llevaba su nombre. En 1978 la dictadura inauguró el barrio y le cambió su nombre por
1º de Mayo, como para dar un símbolo más lavado, menos combativo, a los trabajadores que lo
habitaban. En Londres, con 28 años, Ignacio Peries estaba terminando sus estudios religiosos, y
todavía no había viajado a Swansea –una ciudad portuaria del País de Gales– para
ordenarse como sacerdote. Todavía no era un mito que crecía de boca en boca en los lugares de
oración, ni un nombre ligado a las historias de sanación, ni un lugar con nombre propio en el mapa
de la ciudad. Y nadie pintaba cada tanto el graffiti que dice, en las paredes del barrio: "Ignacio
es de Rucci y de Central".
Manifestaciones. "El padre, pobrecito, ya no sabe qué hacer. Cada vez viene más
gente", dice Julio, sentado al lado de una pila de bidones vacíos, que vende a pocos metros de la
puerta de la parroquia Natividad del Señor. El agua bendecida ya está almacenada en tanques de
acero inoxidable, en una dependencia lateral de la iglesia. "La gente no tiene más que retirarla",
explica Julio: "Ahí les dan el agua. Un bidón por persona, nada más". Un día después, a esta misma
hora, la gente se aglutinará detrás de los tanques para llenar bidones y botellas, ansiosa por
llevarse a casa el agua con la bendición de Peries. A casi 30 años de su llegada al país –a
Córdoba primero, y después al barrio Rucci–, el fenómeno religioso que ha generado el padre
Ignacio exige organización y disciplina para sostenerse. La fe puede ser intangible, pero sus
efectos no lo son: una multitud de cientos de miles no es obra del milagro. Es, en todo caso, el
resultado de una trayectoria; la obra de un hombre que posee algo, un talento –un don
especial si se quiere–, para acercar a la gente a la Iglesia. "Y lo que labura este padre no
labura nadie, yo creo que ni nosotros", dice Yayo.
Aproximaciones. Susana Figueroa sale de la iglesia apurada por volver a su
lugar: son las 16 del viernes 21 de marzo, y ella sabe que pronto se hará imposible conseguir una
ubicación privilegiada en la parroquia. Es de Capital Federal, y este es su sexto año en el Vía
Crucis del Padre Ignacio. "Estuve dos años sin querer venir. Yo no necesito, decía. Yo con la
virgen del Rosario de San Nicolás lo tengo todo. Pero desde que empecé a hacer el recorrido
Rosario-San Nicolás, no pude juntar más gente para ir solamente hasta San Nicolás", explica.
Después narra, como muchos, historias de sanaciones de casos de cáncer y de gente que salvó su casa
de un remate.
Efermedades terminales, problemas económicos y dificultades para concebir son los elementos más
comunes en los relatos que vinculan la figura del sacerdote, la fe, y los finales felices. En
Rosario todo el mundo conoce una historia, propia o ajena, más o menos asombrosa, vinculada con el
padre Ignacio. "Es un enviado de Dios", dice Julio, en la puerta de la parroquia. "Donde pone el
ojo, pone la bala", sostiene Tomás, cuidador de coches desde hace casi 20 años. Roque Castillo, uno
de los pioneros del barrio, prefiere apropiarse de la corrección política del sacerdote cuando le
atribuyen poderes: "No es que él cure", dice. "Lo que hace, creo, es limpiarnos el alma,
tranquilizarnos y hacernos entrar en la fe cristiana. Y en base a eso, nos deriva a nuestros
respectivos médicos. No es que vayamos por el padre Ignacio: él nos acerca".
Las manos y las palabras. Cerca de las 18 del viernes, la multitud que rebalsa
la nave de la iglesia se extiende hasta llenar el patio del predio. Es difícil ver al padre
Ignacio, pero es fácil descubrir lo que está haciendo: cientos de personas levantan las manos en
alto para el momento de la bendición, y cada mano sostiene estampas y fotos familiares, rosarios,
documentos, cartas, libretas universitarias, sobres con objetos personales, teléfonos celulares. La
palabra justa en el momento justo, esa es, dicen sus seguidores, una clave del trabajo de Ignacio
Peries.
Una hora después, a las 19, toda la zona es una locura de
gente. Las personas fluyen desde todos los rincones, en grupos, sin detenerse. Sobre los límites de
Circunvalación, los autos importados se cruzan con los carros. La gente desciende desde el puente
al que volverá a subir en minutos, cuando comience la procesión. Los vendedores ambulantes se
multiplican con el paso de los minutos. La policía se pone nerviosa, la música inunda los rincones
desde los altoparlantes. Los colectivos frenan y bajan contingentes, con sus carteles
identificatorios: Gualeguay, Venado Tuerto, Casilda, Capital Federal, Jujuy y "hasta de Ushuaia",
asegura Tomás. Los vecinos se enorgullecen: Semana Santa es la muestra más numerosa, pero el barrio
se ha convertido hace tiempo en un destino para extranjeros que van en busca de algo. "España,
Italia, Francia", enumera Roque Castillo. "Ya ni digamos Argentina, Brasil, Paraguay". Los que
llegan por primera vez a la ciudad no lo saben y a veces se asombran. Ignacio Peries es también un
lugar geográfico, y un punto en el mapa al que acude gente que busca.
Qué es lo que cada uno busca, y qué es lo que cada uno
encuentra, ya es otra cosa: pertenece, en cualquier caso, al reino de lo intangible.