Ley Ema: "Nos preocupa lo que los chicos consumen en internet, pero no lo que construyen"

Laura Sánchez transformó el dolor por la muerte de su hija en militancia y en una reflexión sobre cómo educar en la era digital. En una entrevista con La Capital, cuestiona la lógica de la prohibición y propone pensar internet como un territorio que también necesita ciudadanía

15:21 hs - Sábado 27 de Junio de 2026

Cuando Laura Sánchez habla de internet no utiliza la palabra "mundo", habla de "territorios". Un territorio se habita, se construye, tiene reglas, vínculos, conflictos, disputas de poder y formas de convivencia. Para ella, ese cambio de palabra también obliga a cambiar la manera en que pensamos la infancia y la adolescencia. "Nosotros somos los adultos de primera línea y ellos son quienes habitan y construyen esos territorios digitales", dice en diálogo con La Capital.

La frase es la conclusión de casi dos años recorriendo escuelas, profesorados, universidades, clubes, defensorías y legislaturas de todo el país después de la muerte de su hija Ema, de 15 años, tras la difusión sin consentimiento de un video íntimo entre estudiantes de su escuela.

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En ese recorrido descubrió algo que se repite una y otra vez: la mayoría de los adultos sigue pensando internet como si fuera un espacio separado de la vida cotidiana. Un lugar donde los chicos "están" unas horas por día. Ellos, en cambio, ya no distinguen entre una vida online y otra offline. Viven ambas al mismo tiempo.

"Nos preocupamos mucho por lo que consumen en internet, pero muy poco por lo que construyen" "Nos preocupamos mucho por lo que consumen en internet, pero muy poco por lo que construyen"

Laura evita detenerse demasiado en la historia de Ema. No porque no le duela, sino porque siente que el problema excede por completo su caso. Su preocupación ya no es solamente la violencia digital, sino la distancia que existe entre una generación que nació en esos territorios digitales y otra que todavía intenta entender cómo funcionan.

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"La pandemia aceleró un proceso histórico. Íbamos camino a vivir en la digitalidad, pero de golpe todo ocurrió mucho más rápido. Nos encontró sin leyes, sin regulaciones, sin herramientas y sin marcos para acompañar a las adolescencias. Desde entonces estamos corriendo detrás del problema", analizó.

No habla solamente de escuelas. Habla de familias, de la Justicia, del Estado y también de las plataformas tecnológicas: "La revolución digital nos pasó por encima".

Internet dejó de ser un lugar aparte

Hay una idea que atraviesa toda la conversación y que aparece una y otra vez. Para la activista, el principal error consiste en seguir creyendo que internet es un espacio paralelo.

Durante años el debate sobre la relación entre adolescentes y tecnología estuvo atravesado por una misma preocupación: cuánto tiempo pasaban frente a una pantalla y qué contenidos consumían. Para Sánchez, esa discusión quedó vieja. Hoy el desafío pasa por otra pregunta: qué hacen cuando están conectados. "Nos preocupamos mucho por lo que consumen en internet, pero muy poco por lo que construyen", resume.

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Los adolescentes ya no son solamente espectadores de internet, también producen contenidos, participan de grupos, viralizan imágenes, difunden rumores, organizan campañas de hostigamiento, construyen reputaciones, sostienen amistades, se enamoran, se separan y resuelven conflictos. Muchas veces, incluso, pueden ejercer violencia digital sin ser plenamente conscientes de las consecuencias de una captura de pantalla, un reenvío o un comentario.

En ese cambio de rol, sostiene, aparece también una nueva responsabilidad. Ya no alcanza con enseñarles a identificar los riesgos, también hay que enseñarles el impacto que puede tener cada acción sobre los demás. "Antes de hacer ese clic hay que pensar un segundo en la otra persona", dice. Para ella, educar en ciudadanía digital implica enseñar que detrás de cada perfil hay una persona real.

"Antes de hacer ese clic hay que pensar un segundo en la otra persona" "Antes de hacer ese clic hay que pensar un segundo en la otra persona"

Por eso, Laura insiste en que la ciudadanía digital no puede reducirse a enseñar cómo usar una aplicación. "La responsabilidad no es solamente enseñarles a cuidarse. También tenemos que enseñarles a convivir", precisa.

Durante las capacitaciones que encabeza suele proponer un ejercicio. En lugar de hablar únicamente de riesgos, invita a los propios estudiantes a redactar un código de convivencia digital para su escuela.

"La respuesta de los chicos siempre nos sorprende. Tienen muchísimo para decir. A veces el problema es que los adultos seguimos creyendo que somos los únicos que podemos enseñar", desliza. "Tenemos que corrernos un poco como adultos y escucharlos más. Ellos habitan esos espacios todos los días. Nosotros estamos aprendiendo a entenderlos", sumó.

El error de prohibir

Cada vez que ocurre un caso de violencia digital, el debate público parece recorrer un camino conocido. Se habla de restringir el uso de celulares en las escuelas, prohibir determinadas redes sociales o aumentar la edad mínima para acceder a las plataformas.

La mamá de Ema escucha esas propuestas en casi todas las provincias que visita. Sin embargo, cree que parten de un diagnóstico equivocado. "No creo que prohibir sea la solución. Los adolescentes son disruptivos por naturaleza. Siempre encuentran la forma", argumenta.

"No se trata de sacarles el celular. Se trata de enseñarles a habitar esos territorios" "No se trata de sacarles el celular. Se trata de enseñarles a habitar esos territorios"

La experiencia de cientos de talleres con estudiantes terminó reforzando esa convicción. Cuando una plataforma deja de estar disponible o una familia bloquea una aplicación, muchas veces el problema no desaparece. Simplemente se traslada. "Migran a otros espacios que incluso pueden ser más peligrosos. Telegram, Discord, lugares donde hay todavía menos controles", enumera.

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Por eso insiste en que la discusión no puede reducirse a la prohibición. "No se trata de sacarles el celular. Se trata de enseñarles a habitar esos territorios."

Laura suele poner un ejemplo para explicar hasta qué punto cambió la crianza. "¿Vos le hablarías de pornografía a un chico de ocho años? Probablemente no. Sin embargo, a esa edad muchos ya tienen su primer dispositivo. Aunque pongamos controles parentales, esos contenidos terminan apareciendo igual", define con crudeza.

En esa línea, sostiene que el desafío educativo ya no consiste solamente en limitar el acceso, sino en acompañar antes de que aparezca el problema. "No podemos seguir llegando después", sentencia.

La mamá de Ema insiste en que muchas veces los adultos quedan paralizados por la velocidad con la que cambia la tecnología. Para ella, ese miedo termina desviando la discusión. "No importa si no sabemos editar un video o usar una aplicación. Las buenas prácticas siguen siendo responsabilidad nuestra", aclara.

Por eso propone dejar de pensar la educación digital como un problema tecnológico y empezar a verla como un problema de convivencia: "Hay que humanizar la digitalidad".

El algoritmo también educa

Si prohibir no alcanza, la pregunta inevitable es quiénes son los responsables de esos territorios digitales donde hoy transcurre buena parte de la vida de niños y adolescentes. Para Sánchez, la respuesta no puede recaer únicamente sobre las familias o las escuelas. "Internet tiene dueños. El algoritmo no es neutral", afirma.

Las plataformas digitales no son espacios vacíos donde simplemente ocurren cosas. Están diseñadas por empresas que deciden qué contenidos circulan con mayor intensidad, cuáles permanecen visibles y bajo qué reglas interactúan millones de personas todos los días.

"Internet tiene dueños. El algoritmo no es neutral" "Internet tiene dueños. El algoritmo no es neutral"

"Cuando una adolescente aparece en una plataforma para adultos, el debate suele concentrarse en la chica o en su familia. Muy pocos se preguntan por qué esa plataforma permitió que estuviera ahí", plantea. En ese punto, la conversación deja de girar alrededor de la educación y se desplaza hacia el funcionamiento mismo de internet.

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Para la impulsora de la ley Ema, esa conversación todavía está pendiente. Mientras gran parte del debate público gira alrededor de los controles parentales o de la responsabilidad de las escuelas, las plataformas tecnológicas permanecen casi siempre al margen de la discusión. "Las plataformas tienen dueños. Y en algún momento también vamos a tener que discutir cuál es su responsabilidad", advierte.

La responsabilidad es colectiva

Si algo cambió en estos casi dos años de recorridas por el país es la forma en que ella entiende las responsabilidades. Ya no cree que exista un único actor capaz de resolver el problema. "Las escuelas hacen lo que pueden. Las familias también. Muchas veces falta información, faltan herramientas o simplemente falta tiempo. Por eso no sirve buscar culpables", explica.

Para ella, el desafío es necesariamente colectivo. Involucra al Estado, a las instituciones educativas, a las familias, a las organizaciones sociales y también a las empresas tecnológicas. "No alcanza con enseñar a los chicos a cuidarse. Tenemos que construir entre todos espacios donde también aprendan a cuidar a los demás", concluye.