Coco Gabriel, un pintor rosarino que reside en España desde hace medio siglo, fue arquero de Central y River, modelo, mozo y empresario de ropa
06:00 hs - Miércoles 04 de Noviembre de 2026
“Cuando empecé a pintar con otros materiales y llegué al engrudo empecé a volar en el barrilete que hacíamos con mi viejo” confía el pintor rosarino Coco Gabriel, de 73 años, que vive hace medio siglo en Barcelona, de vacaciones por Rosario, durante más de una hora de charla con La Capital en el encantador patio del café céntrico de su amigo Néstor Mascó, en el corazón del Paseo del Siglo.
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Flaco y alto casi como cuando atajaba en las inferiores de Central, cabello entrecano, camisa blanca, bermudas y zapatos cremita, y algún giro catalán que se le pianta como diría el tango que ama, Coco disfruta del viaje en su Rosario querida, sentado en un enorme sillón de ratán a una mesa ratona con su computadora portátil donde atesora sus pinturas abstractas y su libro de aforismos “Coco sin permiso”, una cuidada edición ilustrada con sus obras.
"¡Cómo costó sacar ese coquito!"
Nacido en 1952 en una vieja casa de Cerrito entre Necochea y Colón, en la Sexta, José Miguel Gabriel es hijo del inspector de Obras Sanitarias homónimo y del ama de casa Mary, pero todo el mundo lo conoce por Coco desde que nació y así explica a este diario el origen del sobrenombre: “Lo pregunté de grande, ya vivía afuera. En un viaje que vine a Rosario le pregunté a mi mamá: “¿Por qué Coco?” Y entonces me dijo. «Preguntáselo a tu abuela». Mi abuela materna Marquesa estaba en silla de ruedas y la historia fue así: mi mamá me tuvo jovencita, con 23 años, y hubo un problema para salir, usaron forceps, con hierro, salió un poco de sangre, parecía que se perdía ella, que me perdía yo. Y cuando el médico logró sacarme dijo: «¿Cómo costó sacar ese coquito!».
De pibe Coco jugaba al fútbol en las calles empedradas del barrio y al basquet en el Club Temperley. En la adolescencia atajó en las divisiones inferiores de Central hasta el día que el coordinador Carlos Timoteo Griguol le dijo que había un arquero titular en la cuarta especial y le propuso ir a préstamo a River. “Griguol me habló muy bien, en esa época el titular era Munutti, que atajó en Central y en Argentinos Juniors, y finalmente fui a préstamo a River, en la época en que Didí llevó a Alonso de la quinta a la primera. En esa reserva jugué con (Víctor) Bottaniz, quien junto a Maradona y a (Humberto) Bravo fue uno de los tres que el Flaco Menotti no llevó al Mundial 78”.
De la reserva de River pasó a principios del 73 a una prueba en el Huracán de Menotti. “Me puso a atajar para los suplentes y me comí cinco goles contra aquel equipazo de Housemann, Brindisi, Babington y Basile. A lo mejor podría haber jugado en ese equipo, pero nunca voy a saberlo porque me vine a Rosario y no volví más. Después me mandaron a probarme para ir a préstamo a Central Córdoba, pero el técnico me dijo que entrara los últimos 10 minutos y le dije que no. Y dejé el fútbol”.
Cuando dejó el fútbol estudió medicina un año. “Nunca supe por qué porque yo debería haber estudiado abogacía o psicología, si ahora veo sangre y me asusto, pero a los 17 años uno no sabe qué va a hacer en la vida. Con las inquietudes de alguien joven, mis primeros sueños empezaron en Rosario, siempre me gustó viajar y de pronto ir a Europa. Fueron unos años en los que no estaba todo bien y pensé en hacer un viaje. Antes del Mundial. 78. Yo estaba aquí vinculado al mundo de la moda, me gustaba siempre el tema de la ropa. Tuve una pequeña boutique en la Galería del Patio, pero el tema de la ropa en la Argentina es un pinpón: por ahí va bien, por ahí no va bien. Y decidí marcharme”.
De mozo a modelo y de la moda a la pintura
El viaje en avión hasta Barcelona lo llevó a pasar algunos días en Río de Janeiro, Senegal y Casablanca, en Marruecos. “Empecé la lucha de la vida. Conocí a una amiga, que me dice: «¿Por qué no te metes para hacer algunas cosas?» Me hicieron unas fotos, rápido me salió un spot de televisión del dentífrico Licor del Polo, que está actualmente en Google, y los fines de semana trabajaba de camarero en la Pizzería D' Angelo en Sitges, un pueblo aledaño a Barcelona. Es un pueblo mediterráneo, muy turístico. Antiguamente había sido un pueblo de pescadores, es un pueblo muy bonito y hoy en día es uno de los más caros en Barcelona”.
El inestable trabajo de modelo lo llevó a vivir un tiempo en las islas Canarias con la Miss Finlandia de entonces y a hacer con ella un cinematográfico viaje en auto por media Europa hasta Escandinavia. “Me cansé un poco del trabajo de modelo, que era muy intermitente, y como siempre he tenido mucha empatía, soy un hombre sociable, empecé a conocer gente que fabricaba ropa y empecé a vender ropa para otro. Compré un coche, salía a vender ropa por la Costa Brava, desde Barcelona hasta la frontera con Francia, unos 120 kilómetros. Conocí a la que es la madre de mis hijos y monté un negocio mayorista en Barcelona. Empezamos con Cotton Club, pero tuvimos un problema de registro y finalmente se llamaba Ananá Fizz. Le pusimos ese nombre porque a la mamá de mis hijos cuando probó aquí el ananá fizz le gustó y decidimos ponerle ese nombre”.
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En realidad, el largo camino desde la moda hasta la pintura tuvo un origen en su pasión por las letras, que lo acompañó desde la adolescencia: "Empecé a escribir poesía y algunos textos a los 17 años, siempre me gustó escribir. Esto de los aforismos nace un poco porque empecé a escribir en mis estados de WhatsApp. Entonces un grandísimo amigo, Custo Dalmau, el dueño de la empresa multinacional de ropa en la cual fui director en Barcelona, me preguntó por qué no lo publicaba. Me presentó en una editorial, pero cuando lo íbamos a publicar mi hijo, que tiene una agencia de publicidad, me dijo: “¿Por qué vas a publicar aforismos y nada más, por qué no le das un mix con la pintura si realmente estás enfocado más en la pintura?».
“Traslado mis sentimientos”
Su prolífica trayectoria en la pintura abstracta lo llevó a exhibir y vender sus obras en media Europa: “Estoy en casas importantes de decoración donde mis cuadros se venden, también hice exposiciones en Bruselas, Madrid, Barcelona y Buenos Aires”.
A la hora de explicar su pasión por la pintura abstracta, Gabriel reconoce: “Yo no soy un hombre de escuela. Simplemente traslado mi sentimiento, traslado mis sensaciones. El arte abstracto no tiene un solo sentido. El alma puede hablar con un simple trazo sin dirección. Entonces, de pronto es algo que sale más del interior que de una estructuración técnica. Uno va aprendiendo a medida que pasan los años, pero siempre mi vida se caracteriza por la experimentación”.
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Coco apela a la abstracción matérica, en la que utiliza materiales alternativos en sus cuadros, que explica de esta manera: “Esto tiene que ver con no sólo utilizar pintura. Estoy presentando en París y en Barcelona una nueva colección que se llama “Silencios Guardados”. Hay un texto hecho por mí, pero lo hice en tercera persona. Y cuando me expreso en matérico trabajo con tierra, con harina, con borra de café. Y entonces no soy el pintor de brocha sino trabajo a veces con espátulas, con fratachos. Entonces traslado al expresionismo abstracto, mucha pasión, mucha fuerza y un poco de agresividad. Voy comprendiendo a través del tiempo y de mi propia vida que uno va buscando serenidad. Hay mucha materia en estos cuadros. Llega a mi mente el recuerdo de mi padre, que murió hace 30 años, de cuando hacíamos barriletes con el engrudo. Y entonces empiezo a trabajar esto no es más que engrudo, lo trabajo y luego lo humedezco y se agrieta”.
De esta manera el pintor llegó a través del engrudo a la técnica del craquelado: “Hay una técnica en el mundo de la pintura que se llama craquelado. Craquelado es que quede como roto. Lo intentan hacer con la pintura o hay unas pinturas especiales. Entonces, como soy muy inquieto, primero empiezo a pegar cosas, cuando pego y estoy pasando cola me acuerdo de mi padre, me acuerdo del barrilete. Cuando empiezo a hacer engrudo pego, se me cae un poco. Cuando se seca, lo craquelo, entonces toda esa adaptación de cosas van influidas de mi propia infancia”.
Interrogado sobre su viejo berretín por el color negro, Gabriel confía: “Tuve un berretín con el color negro, no un berretín, un berretín sería como forzarlo, tuve una atracción muy fuerte hacia el negro. Hice una exposición que se llamó “Etiqueta Negra”. Todos los cuadros tenían una faceta en negro. ¿Y qué comentaba? Que podemos creer que el negro es oscuridad, pero yo lo tomaba como que el negro me daba brillo, me daba ese contraste, me daba esa luz. Yo salí ya de esto porque tiene que haber una canalización. Viene gente a encargarme cosas porque le gustan. Hace un mes un amigo que compró una finca en Andalucía me dice: «Quiero que me hagas un cuadro con una connotación andaluza». Cuando habla del andaluz habla del tema de los torosl. Yo le dije: “No te voy a dibujar un toro”. Ahí ves un toro, ves la sangre, la capa, este es el cuerno y este es el burladero, donde entra el torero para que el toro no lo cornee. Pero claro, me saca de mi momento actual y me mete en aquel otro momento”.
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A la hora de definirse como un pintor o un artista, Coco advierte que “soy de los que escapan a la palabra «artista». Normalmente digo que soy un creativo. Crear es lo más maravilloso que que puedo llegar a sentir”.
En 1984, cuando Diego Maradona jugó en Barcelona dirigido por Menotti, los argentinos habían armado un picado semanal de fútbol cinco en la cancha de básquet del Colegio La Salle, en el que Coco atajaba para el equipo del 10. “Siempre jugaban Diego de un lado y el Flaco del otro. Yo siempre jugaba con Diego. Había un grupo de argentinos y se hacía un fulbito. Estaban Diego, el Flaco Menotti, (Rogelio) Poncini, el Negro Jiménez -un muchacho uruguayo que jugaba en el Español-, otro muchacho (Jorge) Gabrich y otro chico que había salido de Atlanta y jugado en Grecia, que tenía el Restaurante Corrientes 348. Jugamos varias veces, unos dos meses, pero los hinchas se enteraban y se juntaban como 200 personas hasta que los dirigentes de Barcelona prohibieron el picado de los argentinos”.
La pregunta el millón quedó para el final de la apasionante hora larga de charla de café. Consultado qué le constestó el Flaco Menotti cuando le preguntó por qué no lo había llevado a Maradona al Mundial Argentina 1978, Coco Gabriel remató de una pincelada: “Porque no estaba preparado".