"La niñez y la adolescencia son los sectores más expuestos a todo lo que ofrece la calle"
El cura Fabián Belay pide asistir a las escuelas en el acompañamiento a las infancias y reclama mayor presencia del Estado.

Sábado 24 de Junio de 2023

Chicas y chicos siendo víctimas de balaceras. Escuelas y parroquias bajo amenaza y una violencia vinculada al narcotráfico que lastima a las barriadas populares de Rosario. Y sobre todo, a la niñez y la adolescencia, que al decir del sacerdote Fabián Belay, son “los más expuestos a todo lo que ofrece la calle”.

“¡Esto no va más!”, decía con letras rojas una bandera argentina que encabezó el jueves pasado una multitudinaria marcha multisectorial en reclamo de un freno a la violencia y por una Rosario en paz. “Las escuelas son territorios de paz”, decía el cartel que llevaba una maestra, mientras muy cerca otra docente pedía: “Infancias seguras. El Estado es responsable”.

“La niñez y la adolescencia se nos está escapando”, advierte el cura Fabián Belay, quien es referente de la Pastoral de Drogadependencia del Arzobispado de Rosario, párroco de María Madre de Dios y recientemente nombrado por el Papa como obispo auxiliar de Rosario. El religioso, con una larga trayectoria de trabajo con comunidades eclesiales barriales, reflexiona sobre los niveles de violencia urbana, de la necesidad de ayudar a las escuelas en su tarea de acompañamiento a la infancias y advierte que tras la pandemia se incrementó el consumo de sustancias en niños y adolescentes. Además, reclama un mayor compromiso por parte del Estado, porque entiende que de lo contrario “solamente vamos a ser parte de un eslogan de campaña”. El próximo lunes 26 de junio estará presente en una movilización que a las 15 partirá desde plaza Montenegro hasta el Monumento, bajo el lema “Ni un pibe menos por la droga”, convocada por organizaciones sociales, políticas y eclesiales.

—El jueves hubo una multitudinaria marcha por la seguridad y el lunes habrá otra con la consigna “Ni un pibe menos por la droga”. ¿Qué leés en estos reclamos?

—Creo que como sociedad estamos logrando un lenguaje común desde todos los sectores al decir “esto no va más”. Me parece que eso es bueno, porque hasta ahora, desde el individualismo en el que vivimos, ha primado el “a mí esto no me toca, no me afecta”. Y me parece que si este proceso de un “basta” se sigue desarrollando, quiere decir que la comunidad empieza a tener un gesto de reacción y yo creo que eso es saludable. Como sociedad nos hace bien dejar de naturalizar lo que está pasando. Romper con la naturalización de la muerte de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes, de gente laburante. Hoy lo más importante es romper la insensibilidad que tenemos, que cuando alguien muere enseguida buscamos un argumento para naturalizar esa muerte. Esto de “se están matando entre ellos” nos hacía muy mal como sociedad, porque la violencia siempre es un acto de injusticia, más allá de a quién le toque padecerla.

—En ese “se matan entre ellos” pareciera que hay vidas que importan más que otras.

—Por eso digo que eso nos ha hecho muy mal como sociedad, nos fuimos acostumbrando y naturalizando las muertes, sin darnos cuenta que lo único que eso generaba era que siga creciendo. Y cuando no tiene límites afecta a todos.

"O reaccionamos como sociedad, apuntando a generar redes de contención, o este problema que nos lleva puesto a todos"

—Con respecto a esta mirada general, hace dos años el cura Claudio Castricone nos decía que “entre todos construimos una sociedad que no contiene”. ¿Coincidís con esta mirada?

—Creo que en este momento tenemos que reaccionar con lo mejor de la sociedad, con lo mejor de la política, de las organizaciones sociales, de las instituciones religiosas y del sector privado. Es un momento en el cual o reaccionamos como sociedad desde todos los sectores, apuntando a generar redes colectivas y comunitarias de contención, o este problema nos lleva puesto a todos. Acá ya fracasaron las luchas sectoriales y Rosario es el resultado de la falta de una red que organice el bien. En Rosario el gran problema que tenemos es que no tenemos organizado el bien. Ahí creo que juega un rol importante la política. El Papa Francisco dice que la política es la mayor expresión de la caridad, porque el político cuando trabaja en pos del bien común genera una transformación en la sociedad. Por eso me parece que la política, al caer en estos relatos de grietas, se corrió del lugar de organizar el bien y empezó a competir con todos los actores que pueden generar redes de contención y acompañamiento. Eso nos lleva a que hoy la sociedad colabora con la desintegración social que estamos viviendo.

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“Rosario siempre tuvo consumo en la niñez y en la adolescencia, pero eso se ha incrementado”, advierte el referente de la Pastoral de Drogadependencia.

—¿Qué te transmiten quienes trabajan en los distintos barrios de la ciudad?

—Yo vivo en un barrio y lo que vamos viendo en el día a día es que la niñez y la adolescencia son los dos sectores de la sociedad más expuestos en este momento. Con las herramientas que hoy tiene la escuela no está pudiendo contener y acompañar. Si el sistema educativo ya estaba en crisis antes de la pandemia, en la pospandemia se terminó de desintegrar, sobre todo en los sectores vulnerables. Entonces hoy tenés una escuela que no está pudiendo acompañar porque le faltan los equipos interdisciplinarios, porque a su vez este ya no alcanza solamente con el docente como único actor de la escuela. La escuela sigue siendo la herramienta más importante que tiene el Estado para contener a la niñez y la adolescencia en los barrios vulnerables, lo que pasa es que necesitamos que tenga otras herramientas. Por eso proponemos escuelas de jornada extendida, donde aparezca la recreación, el deporte y lo artístico. Creo que el cambio pasa mucho por el sistema escolar. Pero esto es algo para ya, porque la realidad es que la niñez y la adolescencia se nos está escapando. Rosario siempre tuvo consumo en la niñez y en la adolescencia, pero ahora eso se ha incrementado.

—¿Sí?

—Sí, sobre todo después de la pandemia el consumo en la niñez y en la adolescencia se ha incrementado. Eso es lo que percibimos y eso termina generando que sigamos hipotecando a otras generaciones en el consumo.

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—En relatos de muchos docentes aparecen situaciones de depresión y falta de proyectos en muchos pibes. ¿Esto también lo vienen notando?

—Sí, estamos notando que eso aparece en los barrios vulnerables pero también en la clase media. Adolescentes y jóvenes que no ven en la realidad una perspectiva de generar un proyecto de vida, por lo que está pasando en la economía, en lo político y en lo cultural en la Argentina. Pero me parece que es algo que atraviesa a todos los sectores de la sociedad.

—Antes decías que la niñez y la adolescencia son los sectores que están más expuestos. ¿Más expuestos a las adicciones, a la violencia, a qué te referís?

—Más expuestos a todo. En los barrios vulnerables un problema que vemos es que tenés familias afectadas por el consumo, entonces cuando la familia no puede acompañar a la niñez y a la adolescencia lo que termina pasando es que quedan expuestos a todo lo que ofrece la calle. Si nosotros no seguimos trabajando sobre las familias no hay Estado que alcance, porque la primera red de contención de la comunidad es la familia y lamentablemente cuando no está, porque está atravesada por una pobreza estructural, por el consumo de sustancias o el delito, la niñez te queda totalmente desprotegida. Por otro lado, no vemos una política dentro del Estado que genere proyectos de acompañamiento a la niñez y a la adolescencia en los barrios. La niñez no tiene ningún programa, tanto a nivel municipal, como provincial o nacional, que genere un acompañamiento en la misma comunidad. Entonces, lo único que tenés es la escuela que sola no está pudiendo acompañar. Por otro lado, las instituciones como los clubes barriales no se pueden sostener. En Rosario hace muchos años que se dejó de fortalecer a todas las instituciones barriales que generaban contención. El Estado no generó sus propias herramientas, ni tampoco fortaleció lo que había, y hoy te encontrás con un Estado muy frágil, que a su vez está presente —porque está la escuela y el centro de salud— pero que no está a la altura de la problemática que se encuentra hoy en los barrios.

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—El lunes hay una nueva marcha con la consigna “Ni un pibe menos por la droga”. ¿Qué significa hoy ese grito?

—Creo que es un grito que expresa en muchos casos desesperación. Es el dolor de muchas familias que están gritando sin ser escuchadas durante años, viendo morir a sus hijos en un proceso de degradación de toda la familia. Hay familias que sí tienen la posibilidad de decir “quiero que mi hijo salga” y tenés la presencia de la familia. Pero son mujeres, padres y madres que hoy no son escuchados. Hay un silencio con respecto al tema por parte del Estado, que generó una legislación como es la ley de salud mental, que no creó nuevos centros del Estado, que cerró lo único que tenía funcionando y tampoco cubre a las instituciones de la sociedad civil que fueron dando respuestas al tema de las adicciones. Entonces tenés a la sociedad civil comprometida con el problema de las adicciones, comprometida en el acompañamiento y en la contención, y a un Estado que por ser progresista en el relato dejó abandonado a los más rotos de la sociedad. Hoy la sociedad logra unir para enfrentar este tema, desde las organizaciones sociales, instituciones religiosas, el sector privado o empresarial. La sociedad genera respuestas, pero necesitamos que esto sea parte de la agenda política. O se aborda como una crisis y ponemos todos los recursos para salir adelante o solamente vamos a ser parches o parte de un eslogan de campaña.