Sábado 10 de Diciembre de 2022
El sol, como diría Scalabrini Ortiz, cae a plomo en la tarde rosarina y el padre José María "Pepe" Di Paola apura un nuevo sorbo de la botellita de agua. Es domingo 4 de diciembre y el cura está sentado en uno de los banquitos de la plaza López mientras a pocos metros, un grupo de jóvenes despliegan banderas con un rezo en común: “Ni un pibe menos por la droga”. Más tarde marcharán en oración al Monumento a la Bandera, acompañados por una imagen de la Virgen del Luján. Desde los barrios, movilizados por una consigna que convoca a organizaciones sociales, políticas, gremiales y comunidades eclesiales de base.
—Decir “Ni un pibe menos por la droga” —afirma el padre Pepe— es levantar un lema que incluye a toda la comunidad, no hay nadie que pueda decir de esto no me siento parte, es un tema que hasta rompe grietas.
El Padre Pepe es referente de los denominados “curas villeros”, aquellos que desarrollan su labor social, pastoral y educativa en las barriadas populares del país, como en su momento lo fue el cura Carlos Mugica. Pepe Di Paola trabajó en la villa 21-24 de Barracas, en Santiago del Estero y desde hace una década está a cargo de la parroquia Don Bosco, en el barrio La Cárcova, de la localidad José León Suárez. Dice que cuando llegó no había capilla en esa barriada bonaerense, y como el desafío era desarrollar una pastoral vinculada a los chicos y jóvenes de la zona decidieron ponerle Don Bosco. “Muchos lugares que son de los curas de la villas tienen ese nombre, porque sentimos que en cierta forma llevamos adelante la espiritualidad de Don Bosco en el trabajo con la niñez, en el sistema preventivo y en ese trabajo con la juventud que está más abandonada, para buscar espacios en donde se sientan recibidos”, resume el sacerdote. En sus manos lleva una gorrita con los colores papales y la imagen del fundador de los salesianos.
Mientras Pepe habla con La Capital un grupo de chicos se le acerca a saludarlo. Él lleva una camisa gris sin el tradicional clergyman blanco que suele utilizar en el cuello.
—¿Qué significa hoy el grito de “Ni un pibe menos por la droga”?
—Estamos en el marco de los 15 años de la creación de los Hogares de Cristo, que es una propuesta de abordaje territorial e integral de las adicciones. Es darle respuesta a un chico o una chica que está con el problema del droga en el territorio. Esto empezó en marzo del 2008 cuando a Bergoglio —hoy Papa Francisco— lo invitamos formalmente a iniciar una actividad. Siempre hacía el lavatorio de los pies en la cárcel o en el Hospital Muñiz, y entonces preguntamos por qué no lo hacemos acá, en esto que estábamos armando. Le pareció una buena idea y le lavó los pies a los chicos del Hogar de Cristo. Entonces cada año nos juntamos a celebrar en la basílica de Luján y ahora que festejamos los 15 años dijimos vamos a recorrer todos los centros que se fueron creando desde aquel 2008 hasta hoy, que son unos 150 centros en todo el país. Tenemos lemas propios, pero nos parecía que ya que íbamos a ir de ciudad en ciudad en vinculación con otras organizaciones, con los clubes, capillas y escuelas, decir “Ni un pibe menos por la droga” era algo más inclusivo, que permitía que todas las personas pudieran sentirse parte.
—¿Cuando hablan de “Ni un pibe menos” es solo por adicciones o también por aquellos que son cooptados por bandas delictivas?
—Es todo. Es un lema que incluye a toda la comunidad, no hay nadie que pueda decir de esto no me siento parte, es un tema que hasta rompe grietas. Una maestra que trabaja en su colegio vinculada con el club, con la capilla del barrio o con la cooperativa del barrio también se siente parte. La idea es construir una red, que se fortalezca y donde puede incluirse a todo el mundo. El gran drama de algunos temas de la Argentina es que siempre pensamos que la culpa de que no se resuelva un problema es porque no activa un grupo, cuando en realidad tenemos que activar como sociedad.
—Alguna vez hablando de eso te escuché reivindicar el concepto de comunidad organizada.
—Sí, es que nosotros pensamos que en la comunidad se realiza la persona. Tenemos el concepto de que un joven se recupera también en la comunidad. Por eso el abordaje es territorial e integral, porque si vos decís que un pibe deja de drogarse pero no tiene estudios, no tiene documentos, no tiene buena vinculación con la familia se complica. Hay un montón de gente que tiene que estar trabajando para que esa persona pueda realmente volver a armar su proyecto de vida. Entonces la comunidad es el lugar donde se realiza la persona y también podríamos decir ese donde se recupera.
—¿Cómo construir un proyecto de vida desde las comunidades cuando hay otro tipo de organizaciones en los territorios que ofrecen proyectos de vida vinculados a la muerte?
—Nosotros tenemos que construir la comunidad organizada, que es una forma de fortalecer los vínculos en un círculo virtuoso que genere una opción de vida positiva para los chicos. Durante mucho tiempo se habló en contra de las instituciones y se desacreditó a las organizaciones. Eso logró que los chicos no tengan un ámbito donde poder crecer sanamente. Entonces esta destrucción tiene que ver con lo que estamos viendo ahora. La idea es cómo recuperamos esos territorios, y se recuperan fortaleciendo a las organizaciones y a las instituciones. Lo otro sabemos que está, es como convivir con algo que sabemos que tiene su propósito, su propuesta y su financiación.
—Hay frases que se instalan sobre lo que pasa en las barriadas populares. Esto de que las mujeres se embarazan para tener un plan o a vos te han acusado de fomentar el “pobrismo”. ¿Cuáles son las cosas que más te duelen de lo que escuchás?
—A mí lo que primero me duele es que hay una clase política que no entiende a los sectores populares. Entonces sus comentarios lo tiran hacia una clase que a lo mejor puede picar el anzuelo y pensar que esa es la verdad. Nadie de los que participan en cualquier centro o propuesta de estos lugares sale peor, sale mucho mejor. Toda persona llega y puede terminar su primaria, su secundaria, puede tener un cuidado para su familia, puede atender una comunidad. El pobrismo más bien lo ha fabricado la clase dirigente, que tendrá que dar explicaciones. Nosotros más bien lo que necesitamos es el fortalecimiento de las organizaciones de los barrios, que permiten que la gente salga de ese pobrismo, si es que el concepto está bien puesto. Me parece más bien que es una especie de chicaneo de alguien que todavía no dio explicaciones de por qué se fue un bando al otro.
—Sí, fue Pichetto el que te acusó de eso.
—Sí, pero no hay ninguno de los periodistas de fuste que le pregunte por qué estuvo 15 años del otro lado del mostrador.
—Con respecto a estos estigmas sobre los pibes y pibas de sectores populares, ¿cómo los perciben?
—Los chicos a veces lo que tienen es una necesidad muy grande de contención y de potenciar sus cualidades, sus capacidades. Cuando se les da esa posibilidad las aprovechan. El reclamo de esas posibilidades es permanente. Eso habla de que se quiere un ascenso social, que aquel que no pudo terminar un estudio lo quiere hacer, que aquel que no tiene trabajo pueda trabajar. Hay mucha ficción con respecto a lo que viven los barrios. Se piensa que la gente no quiere trabajar y la gente necesita trabajo. Uno de los grandes dilemas que tiene la política argentina es cómo va a generar trabajo para tantos millones de personas. Están discutiendo si hay que tener planes o no, pero qué sería de los grandes conurbanos que tienen las distintas ciudades si no fueran asistidos socialmente desde el Estado. Estuve en el 2001 en la villa 21 y no había nada. Hoy tenés la Asignación Universal por Hijo (AUH) y tenés un colchón de dinero que no existía antes, que permite a una sociedad fortalecer hasta la economía popular.
—Hablando con referentes barriales y docentes, ellos cuentan que a veces encuentran en muchos jóvenes situaciones de angustia y depresión. Incluso llegando al extremo de suicidios. ¿Perciben lo mismo?
—En algunos sectores encontrás más el abandono a las drogas como una forma de escapar. En el norte Argentino encontramos más suicidios. En el fondo es no encontrar el sentido de la vida y creo que también en eso la sociedad en general tiene una responsabilidad muy grande, porque todo lo que sean valores, metas, esperanzas y objetivos pareciera que son cosas antiguas.
—¿Qué pueden hacer las escuelas en este escenario?
—La escuela puede hacer mucho, pero tiene que estar acompañada por la sociedad. Por sí sola nadie puede nada. Nosotros decimos las tres C: capilla, club y colegio. Que podrían ser más, pero lo resumimos ahí. Las organizaciones libres del pueblo ligadas al Estado más cercano, ya sea el municipio o la provincia. En esa sinergia está la transformación de un barrio y la vida de la gente. Que un barrio esté mejor no significa que tenga asfalto, sino que los chicos no se droguen. Si tiene asfalto mejor, si tiene casas más lindas mejor, pero lo más importante es que los chicos de ahí puedan crecer sanamente.
—¿Qué mensaje le podrías dar a aquellos que trabajan en proyectos vinculados a la niñez en los barrios populares?
—Creo que lo más importante es abandonar todas discusiones estériles que muchas veces se promueven sobre todo desde los claustros universitarios, si se habla con la e o con la o. A veces encuentro que están discutiendo cosas que a la agenda de los barrios no le importa. Entonces, abocarnos a la agenda del barrio, que es la de la gente. Hay mucho para hacer. Hay una situación muy positiva que significa que si estás en el barrio ya la gente confía en vos. Bueno, aprovechar eso y trabajar con decisión, pensando en que la solución del problema no la va a dar una institución sino el trabajo articulado entre todos. Y que el desarrollo de la vida en esta actitud positiva se va a dar en la medida en que los objetivos sean claros, precisos y se puedan ir logrando de a poco y entre todos.