Lunes 24 de Octubre de 2022
El 7 de Septiembre es un antiguo barrio de la zona oeste que ha cambiado de hábitos y formas en los últimos años. De viviendas bajas que se suman a edificios de tres pisos distribuidos en unas 50 tiras de monoblocks y chalecitos, el Fonavi fue construido por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en sus buenos tiempos. Si a las 16 mil personas que residen en el complejo se le suman los vecinos de barrios más chicos como Emaús y Stella Maris, toda la jurisdicción de la vecinal de la zona aglutina unos 40 mil habitantes.
Algunos pasillos interiores son aromados por jazmines del aire y el verde acecha las veredas. A la hora de las quejas los vecinos refieren calles poceadas, falta de agua y “lo pobre que está” el barrio. Y un detalle fundamental: a las 19 todo el mundo “se encierra por las dudas”. Nadie quiere ser testigo ni víctima de la guerra que empezó hace unos años cuando bandas narco tomaron el barrio y comenzaron a medir sus diferencias a los tiros, cuestión que este año se tradujo en seis homicidios en toda la zona.
“Lo que no soportamos más son las balaceras”, resumió a La Capital un vecino sobre lo que fuera un paraíso donde los chicos jugaban en la calle y los grandes tomaban mate en la vereda, imágenes quemadas por los caños de las pistolas. Las bandas, muchas veces conformadas por menores, pelean en el amplio territorio donde se cuentan cada vez más heridos.
Horarios
El acceso histórico al barrio es por Ayala Gauna y Colombres. Allí se alinean los comercios cuyos dueños llevan, en muchos casos, entre 20 y 30 años de historia en esas calles. “Las banditas no nos piden peaje para trabajar, al menos a mí no. Pero tenemos que cerrar temprano y perdemos plata. Algunos negocios abren hasta las 22, pero la semana pasada balearon a un muchacho que custodiaba uno de esos negocios y la pareja, que también trabajaba allí, ya no lo hace más; tiene miedo”, sostuvo un comerciante vecino de la zona.
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“La comisaría no existe, no hay patrullaje y las balaceras son todos los días. Antes eran de madrugada, pero una de las últimas fue a las 20.30” señaló un vecino. La semana anterior fueron baleados dos jóvenes en un ataque, uno de ellos quedó internado, grave e irreversible, en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca).
En el vecindario cuentan que el mapa del barrio cambió. Un día de semana cualquiera, por ejemplo un jueves antes de las 19, el barrio se mueve como siempre; los negocios en la galería comercial esperan clientes, vecinos caminan hasta las paradas de colectivos y otros regresan a su casa.
En medio de esta cotidianidad un grupo de chicos fuman marihuana contra un paredón ubicado al lado de la comisaría en cuya puerta hay funcionarios policiales. Uno de ellos “casi nunca usa uniforme” y los vecinos dicen que “los pibes están ahí para provocarlos, son menores y saben que no les puede pasar nada. Arman los bolsitas con drogas en el playón detrás de la misma seccional”.
“A los chicos de la escuela —contó otro vecino— les roban celulares en la placita que está enfrente, pero por suerte hasta ahora no entraron a robar en el colegio”. En la plaza que está enfrente mataron a tres chicos que tomaban cervezas y no tenían nada que ver con los narcos, los confundieron con “soldaditos”. Además ahí, “en la misma placita se juntan los chicos que trabajan para los narcos”, agregó una vecina de una de las tiras.
A metros de la comisaría funciona la asociación de jubilados metalúrgicos donde el divertimento principal es una cancha de bochas. Allí van algunos hombres en edad de jubilación y, llamativamente, algunos jóvenes. “Ahí juegan por plata y por lo que sea. Cuando alguno anda en problemas con otra banda se queda ahí hasta que pasa el tiempo y se retira por unos días de la calle”, explicó una antigua vecina.
Ojos que no ven
Un comerciante asegura que en el barrio “no hay cámaras” de vigilancia. En Rosario, según fuentes del Centro de Operaciones Policiales (ex Ojo) hay 774 cámaras observadas alternativamente por los operadores. De ese total cinco están en inmediaciones del Siete de Septiembre. Desde el Ministerio de Seguridad aseguraron que hay cinco domos que funcionan y están en Tarragona y Ayala Gauna, Jorge Newbery y Wilde, Jorge Newbery y Sánchez de Loria, Juan José Paso y Venezuela, y Juan José Paso y Sarratea. Para los vecinos algunas de esas cámaras “no están en el barrio, sino en la zona”. Y si bien todas funcionan, las balaceras siguen si que se hayan identificado responsables en los últimos ataques.
Había una cámara que funcionaba en el punto nodal del barrio, Colombres y Ayala Gauna, perteneciente al municipio. “La sacaron hace un año porque estaba rota y nunca la volvieron a instalar. Enfocaba justo la esquina donde hay una verdulería que tiene abierto 24 horas y donde después de las 22 paran autos de alta gama, bajan sus ocupantes y se van”, contaron entre sonrisas sobre el llamativo horario de un comercio que “ya tirotearon un par de veces”. a menos de cinco minutos en auto de Fisherton, un barrio antiguo y de alcurnia local.
¿Cuándo comenzaron los tenebrosos cambios en el barrio? Los vecinos marcan 2013 como fecha de inicio. “Ese año volvió al barrio un muchacho apodado Willy y fue el primero al que balearon. Poco a poco este muchacho fue creciendo económicamente y hoy ocupa un terreno donde montó unos negocios, dicen que en terrenos que usurpó”, sostiene un vecino.
Este hombre, cuentan, cayó preso. Y en su ausencia volvieron viejos vecinos del barrio con ansias de ocupar su lugar, entre ellos Gustavo “Toro” Martinotti y su padre Carlos: detenidos desde el 2019 por distintas causas ligadas a ataques y narcotráfico.
Además se sumó Gustavo “Tuerto” Cárdenas, uno de los transeros de mayor peso de la zona noroeste y condenado a 9 años de prisión por el Tribunal Oral Federal 2 como organizador de una banda integrada por Leandro Ezequiel Burgos, de quien se dijo oficialmente que era el administrador del “búnker del medio” ubicado en Tarragona al 1100 bis. Un punto de venta de drogas tan famoso como el de pasaje Urdinarrain, “allanado mil veces y sigue estando, con autos que entran y salen a cada rato”.
Al principio, en 2013, los tiroteos eran espaciados. “Uno por mes, dos a lo sumo. Nos llamaba la atención y no sabíamos por qué era. Ahora son casi todas las noches, es más, dicen que cuando hay muchos tiros que parecen fuegos artificiales es por que hicieron una entrega de drogas”, cuenta una vecina.
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En las calles se comenta que cuando los tiros son al aire es por que “coronaron” un negocio, emulando una práctica que realizaba el narco colombiano Pablo Escobar Gaviria, cuando lograba ingresar un embarque grande de cocaína a Estados Unidos.
El sacerdote Marcelo Bertollo está desde hace tres años en la capilla Nuestra Señora del Trabajo y tiene como práctica “sacar la iglesia a la calle: es la única forma de estar presente en todos lados. Hacemos misas y oramos el Rosario para que cese la violencia. Voy a la casa de cualquiera que me lo pida y más de una vez he acompañado a chicos con problemas de adicción a reuniones en otras parroquias donde se trata su problema de manera anónima. Han venido personas que me piden por sus hijos, que venden o consumen y yo los atiendo. Lo más triste me sucedió cuando una tarde salí de la parroquia y le habían disparado a un chico, Jonatan. Fui hasta donde estaba tirado, lo ungí y después murió en el Heca”.
“Ya no hay tantos arrebatos, lo que es muy preocupante son los tiroteos. Nosotros asistimos a madres que nos piden oración y hemos llevado a varios chicos a una casa que tiene el templo y en el que se trata la problemática de las adicciones”, contaron las mujeres reunidas en el local de Santuario de Fe, un culto evangélico con sede en el barrio.
Una vecina que recorre el barrio hace más de 30 años contó que “el día que mataron al chico en Juan B. Justo y Colectora (en alusión a Darío Marín, el 6 de octubre pasado) el barrio se llenó de gente rara, que no era de acá y nos llamó la atención. Todos sabemos que si el Toro (por Martinotti) estuviera libre esas cosas no pasarían. El regulaba todo y nos daba tranquilidad”.
En pugna
La guerra que se libra estos días en las calles se pelea entre distintos grupos. Uno es conocido como “Los Peruanos” y, según fuentes de Seguridad, “está integrado por familiares y allegados a Julio “Peruano” Rodríguez Granthon, un ex piloto de avión condenado el año pasado como organizador de una banda narco e imputado por la planificación del homicidio del ex concejal y pastor evangélico Eduardo Trasante.
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Las otras pandillas en pugna “son tributarios de algunas de las grandes bandas o bien independientes que se abastecen con otros y disputan territorios. Son los que más pierden”, según expresaron los investigadores.
Las tardes del Siete de Septiembre ya no son como antes. Hasta las 18 los vecinos van y vienen, se paran un minuto a charlar y se cuentan su día. Los chicos salen de la escuela y cruzan a las plazas mientras los adolescentes se encuentran en una esquina cualquiera, sin patrulleros a la vista. Pasadas las 19.30 nadie camina, nadie saluda. El miedo invade y se miran con desconfianza los autos, motos y a veces hasta a vecinos que son jóvenes y no son reconocidos por los más antiguos. Por momentos el miedo crece, pero los patrulleros nunca aparecen.