El filósofo y el coronavirus

Réquiem por los estudiantes

El autor de este texto es uno de los pensadores más profundos y agudos de la actualidad. En su último libro, publicado como es usual por Adriana Hidalgo, se refleja su polémica posición en torno de la pandemia. Ha recibido ásperos cuestionamientos, pero más allá del debate puntual su mirada se posa sobre cuestiones que no conviene dejar de lado

Domingo 04 de Octubre de 2020

Como habíamos previsto, las clases en las universidades a partir del año próximo se dictarán online. Lo que para un observador atento era evidente –o sea que la así llamada pandemia se usaría como pretexto para difundir de manera cada vez más invasiva las tecnologías digitales– se ha realizado plenamente.

Aquí no nos ocupa la consiguiente transformación de la didáctica, en la cual el elemento de la presencia física, tan importante en todas las épocas en la relación entre estudiantes y docentes, desaparece de forma definitiva, como también desaparecen las discusiones colectivas en los seminarios, que eran la parte más animada de la enseñanza. Forma parte de la barbarie tecnológica que estamos viviendo borrar de la vida toda experiencia de los sentidos y la pérdida de la mirada, apresada por un tiempo prolongado en una pantalla espectral.

En lo que está sucediendo hay algo mucho más decisivo, de lo cual llamativamente no se habla en absoluto: el fin del estudiantado como forma de vida. Las universidades nacieron en Europa a partir de las asociaciones de estudiantes –universitates– y a ellas deben su nombre. La forma de vida del estudiante era ante todo una forma de vida donde lo determinante era sin duda estudiar y asistir a las clases, pero no menos importantes eran el encuentro y el intercambio asiduo con los otros scholarii, que muchas veces provenían de los lugares más remotos y se reunían, en razón de su origen, en nationes. Esta forma de vida ha evolucionado de distintas maneras a lo largo de los siglos, pero –desde los clerici vagantes de la Edad Media hasta los movimientos estudiantiles del siglo XX– la dimensión social del fenómeno ha sido constante. Cualquiera que haya enseñado en un aula universitaria sabe muy bien que ante sus ojos, por así decirlo, nacían amistades y se constituían, según los intereses culturales y políticos, pequeños grupos de estudio y de investigación, que continuaban reuniéndose una vez terminada la lección.

Todo esto, que había durado por casi diez siglos, ahora concluye para siempre. Los estudiantes ya no vivirán en la ciudad sede de la universidad, sino que cada uno escuchará las clases encerrado en su habitación, en ocasiones a una distancia de cientos de kilómetros de quienes, en otro tiempo, eran sus compañeros. Las pequeñas ciudades universitarias que alguna vez gozaron de prestigio verán desaparecer de sus calles esas comunidades de estudiantes que muchas veces eran su porción más vital.

De todo fenómeno social que muere puede afirmarse que en cierto sentido su fin era merecido y es cierto que nuestras universidades habían llegado a un punto tal de corrupción y de ignorancia de sus especialidades que no es posible lamentarse por ellas y que, por consiguiente, la forma de vida de los estudiantes se había empobrecido en igual medida. No obstante, hay dos puntos que deben resistir:

1) Los profesores que aceptan –como lo están haciendo en masa– someterse a la nueva dictadura telemática y a impartir sus clases solo online son el perfecto equivalente de aquellos docentes universitarios que en 1931 juraron fidelidad al régimen fascista. Al igual que entonces, es probable que ahora sólo quince de cada mil se nieguen, pero sin duda sus nombres serán recordados junto a los de aquellos quince docentes que no juraron.

2) Los estudiantes que aman de veras el estudio deberán negarse a matricularse en las universidades que se han convertido a esta modalidad y, como en los orígenes, constituirse en nuevas universitates, en cuyo seno será donde únicamente, frente a la barbarie tecnológica, podrá sobrevivir la palabra del pasado y surgir –si llegara a suceder– algo así como una nueva cultura.

(Publicado el 24 de mayo de 2020).

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