No soy el mismo que era en 1978. El país tampoco, aunque el gobierno militar luego se encargó de destruirlo tanto económica como socialmente. No soy el mismo que era en 1986. El país tampoco, aunque la democracia se acercaba lentamente a su primer gran fracaso. Y hoy, a riesgo de ser aguafiestas o políticamente incorrecto, pienso en un país diferente a aquellos, viviendo una enorme alegría que, por momentos, obnubila y parece dar solución a los graves problemas de nuestra actualidad. Está bien, hay que festejar y gozar el momento. Después de todo esto también sucedió en el mundo desarrollado, como pudo verse en Liverpool cuando su equipo se consagró campeón de la Champions League. Pero algo me mueve a escribir lo que siento y pienso. No encuentro en ningún medio hacer mención a palabras como pandemia, cuidados, distanciamiento, uso de barbijo, peligro de contagio. Imposible, prohibido, desubicado. Todo se justifica en pos de…. Pero lo que no puede dejar de remarcarse es la diferencia en el manejo y la búsqueda de soluciones para que el fútbol siga y celebre. En el fútbol, hoy, desapareció la grieta. Todos juntos, “amuchados” y abrazados, tirando hacia el mismo lado (¿hacia dónde?). En educación y salud, la grieta en su mejor expresión. Confrontando posiciones (políticas, no científicas), pasando facturas, haciendo trastabillar al oponente, si se puede mejor. Si el mismo fanatismo y énfasis que se puso a disposición del fútbol, realizando miles y miles de testeos, desplegando logísticas, encontrando soluciones rápidas para el “siga siga”, se aplicasen en otros órdenes, algo sería diferente. Es comprensible. Somos tan pobres, incluso en sonrisas y buen humor, que nadie puede ni “debe” arrogarse el derecho a frenar esta explosión masiva y arrolladora de júbilo, aunque sea pasajera. Pese a que la verdadera felicidad, la genuina, surja de tener trabajo estable, salario digno y esfuerzo remunerado y no estar sumido en la pobreza y la dependencia de un plan eterno. Mal momento para esta observación. Deprimente y “mala onda”. El problema, el verdadero problema es que este recreo en la vida de los argentinos, en algún momento llegará a su fin. Alguien hará sonar la campana y habrá que retornar a clase, a la vida cotidiana. Y tal vez allí caigamos en la cuenta, una vez más, de lo efímero de nuestros logros, de lo endeble de nuestros pilares sociales, de lo profundo de nuestro descenso. Tal vez no sean la reflexión ni el momento adecuados. Pero alguien hará sonar la campana y… ¿seremos distintos?



























