Un taller de teatro para mayores de 50 años afirma que nunca es tarde para jugar

Tres docentes rosarinas coordinan siete espacios que alojan en total a más de setenta personas. “Me cambió la vida”, afirman los asistentes.

06:30 hs - Viernes 24 de Abril de 2026

Es martes a la mañana y la lluvia trae también un poco de frío. La calle no invita a salir a menos que sea por total obligación. Sin embargo, adentro de la Sala Tandava, una de las tantas salas independientes que funcionan en la ciudad, no falta casi nadie al taller de teatro para mayores de cincuenta años que facilita Sofía Dibidino. Los asistentes improvisan una dinámica en torno a imaginarios religiosos, aunque no es por eso que este espacio resulta sagrado.

El grupo está conformado por doce personas, diez mujeres y dos hombres. La mayoría están jubilados, y vienen de profesiones diversas: muchas son o fueron docentes, algunas fueron empleadas de comercio, y también hay ex trabajadores del ámbito de la salud y el poder judicial. Si bien esos recorridos particulares son relevantes para las búsquedas creativas, lo que más importa en las dos horas que los encuentran semanalmente es lo que tienen en común: las ganas de hacer teatro. De jugar sin juzgar, como ellos mismos dicen.

Sofía Dibidino, docente y actriz, inauguró el taller en el 2009, apenas se recibió de psicóloga. Hubo dos factores que le hicieron notar que faltaban propuestas de formación teatral pensadas para mayores de cincuenta años. Por un lado, su abuela, quien en aquel momento tenía casi ochenta años, sembró la inquietud: “Si yo quiero hacer un taller de teatro, ¿adónde voy?”, le preguntó. “Por otro lado, cuando me formaba en seminarios y talleres, observaba que la mayoría teníamos veinti o treinti, y si había alguien de otra edad se quedaba afuera de ciertos ritmos o ciertas consignas, y terminaban abandonando”, cuenta la tallerista.

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“Empecé con un grupito muy pequeño, al cual vino mi abuela. Yo no hacía mucha difusión pero me empezaron a llamar, se armó un boca en boca tremendo. De ese grupito de seis mujeres que arrancaron en el 2009, hoy somos siete grupos”, cuenta Sofía, que hace un tiempo comparte la coordinación de los espacios con sus colegas Charo Colonna y Mayra Sánchez. Seis de los grupos funcionan en Sala Tandava, y el séptimo, todavía en construcción, en La Usina Social. En algunos, todavía quedan unos pocos cupos. Quienes estén interesados pueden consultar en las redes del espacio.

Los talleres están pensados para personas de entre 50 y 78 años, aunque no es excluyente. Hay para principiantes, intermedios y avanzados, y suelen funcionar en horarios diurnos o matutinos, para que sean más compatibles con las rutinas de la población a la que convocan (a diferencia de los típicos horarios nocturnos de los talleres pensados para jóvenes adultos, que trabajan o estudian).

El grupo de los martes a la mañana es uno de los más experimentados: varias de las asistentes lo habitan desde hace más de diez años. Otros empezaron antes de la pandemia y lo sostuvieron por Zoom en ese período complejo. También hay dos compañeras casi nuevas, que se sumaron entre el 2025 y 2026. Sin embargo, reina en la dinámica colectiva una sensación de familiaridad, de confianza y disfrute. Se ríen de sí mismos, de la improvisación que acaban de hacer, de los temas que eligen para indagar anualmente: antes del universo religioso exploraron la locura, un velorio y una casa de citas, entre otros. “Siempre nos metemos en cada una”, dice alguien sonriendo mientras se arma la ronda para charlar con La Capital.

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El teatro "es vida"

En sus relatos de llegada al espacio, se repite una narrativa: el momento posterior a la jubilación y la pregunta por qué hacer para mantener cuerpo y mente activos y estimulados, después de una vida dedicada al trabajo y la familia. En ese intersticio que abre la necesidad y la curiosidad en partes iguales, aparece el teatro.

“Me siento muy cómoda y me sirve para exteriorizar lo que en la vida cotidiana tal vez me cuesta. Me ha ayudado un montón en ese aspecto”, comparte Marcela. “Este es mi décimo año. Cuando empecé, estaba enfrentando la jubilación, un divorcio, ya tenía hijos grandes. El teatro era mi asignatura pendiente, eso que siempre soñé hacer pero la vida me llevó puesta con el doble turno docente, los chicos. Acá estoy, re feliz. Es un cable a tierra, es un sueño realizado. Este espacio es salud, es vida”, suma por su parte Laura M.

“Hace catorce años que vengo. Como ella, lo encontré en Facebook. La llamé a la profesora Sofía y vine. Yo pensé que venía a hablar y no, fue a actuar. Al principio me quería morir, pensaba: ‘¿qué estoy haciendo acá?’. Me costaba hablar. Me daba mucha vergüenza. Era muy tímida. Pero estoy feliz de haberme animado. Ahora hago cualquier cosa por cualquier lado, se me fue la timidez”, dice Laura R., con voz firme, entre sonrisas.

“El bichito del teatro para mí empezó en la secundaria, con alguna profesora de lengua que nos hacía hacer teatro leído. Pero quedó en suspenso hasta el 2017, que también con la jubilación me decidí a arrancar. Cuando vi la publicidad del taller de teatro para mayores de 50, dije: ‘esto es lo que buscaba’. Porque no me animaba a estar con gente más joven, no sabía si les iba a poder seguir el ritmo. Este es mi noveno año de taller, feliz y disfrutando de estas dos horas que son nuestras, mías, en mi vida diaria”, afirma Lidia.

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El grupo de teatro los martes a la mañana, en plena dinámica de improvisación

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Carina, la más reciente incorporación del grupo, es otra de las que está cumpliendo con una materia pendiente: “Cuando terminé la secundaria, me quería ir a Buenos Aires a estudiar para ser contador público y actriz. No me dejaron así que me quedé sólo con contador público”, cuenta la contadora y docente. Se enteró del taller en Tandava casi de casualidad: pasó caminando frente a la sala y vio el anuncio. Esperó a que hubiera vacantes y finalmente se sumó. “Me recibieron muy bien y parece que nos conociéramos de antes, no desde hace un mes y medio”, dice.

“Cuando me jubilé empecé a buscar una actividad que me mantuviera sana mentalmente. Siempre me gustó el teatro pero para ir a verlo, no tenía ni idea de actuar. Unas amigas que venían al taller me trajeron. Ellas después dejaron y yo acá estoy. Desde el comienzo, me sentí muy contenida, llevada de la mano por Sofía. Defiendo este espacio con uñas y dientes. Este es mi lugar, son mis dos horas semanales. El resto del tiempo estoy disponible para todo el mundo, menos los martes de 10 a 12”, dice Betty, la más “perseverante” del taller, que asiste hace catorce años.

“El primer año, para debutar, hice tres personajes. Fue el boom familiar. Porque siempre fui de perfil bajo, y me acuerdo que a esa primera función fueron mi hermano, mi cuñada, mi consuegra. ‘¡Betty destapó!’ Nadie lo podía creer. Y de ahí no me bajaron más”, agrega.

Hugo, uno de los dos “nenes” del grupo junto a Darío, llegó medio “de rebote”. En una actividad del Sindicato de Judiciales, donde Sofía daba clases de teatro, terminó en medio de una dinámica de improvisación y se encendió una chispa. “Venía con muchos problemas personales, además soy una persona muy tímida. Una vez nos preguntaron qué era el teatro para nosotros y yo dije que era transformarse. Dejar por un rato de ser vos y ser otra cosa. Me ha tocado como a todos hacer personajes de lo más distinto a uno. Estoy chocho, me cambió la vida. Logré perder ciertos frenos inhibitorios”, apunta.

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Jugar sin juzgar

Alicia ya tenía recorrido en el teatro cuando conoció al grupo que ahora . A raíz de una de sus primeras formaciones, terminó siendo parte del populoso elenco de la obra “Octaedro”. Ahí conoció a Sofi. “Me enganché enseguida, obviamente, porque mis ganas de seguir actuando eran muy poderosas. Acá estoy, contenta y feliz. Para mí el teatro es un cable a tierra. A mí me permite este día sentir, poder descargar, emotivizar todo lo que me circunda durante el resto de la semana. Lo que más me llena y me complace es este grupo, esta comunidad que se ha creado los martes”, asegura.

“A mí me encanta, porque es como volver a ser niña. Yo soy un poco tímida, pero cuando me meto en un personaje, me olvido de mí. Eso me apasiona. Es como jugar ahora, en la adultez”, agrega Mirta. “En mi caso, me sirvió muchísimo para elevar mi autoestima, demostrarme a mí misma cuántas cosas era capaz de hacer. Mi hermana me dice siempre que soy otra persona cuando me ve en las muestras”, suma Betty.

“A mí en lo personal, me resulta más fácil en mi vida poner la palabra que el cuerpo. La palabra me sale porque la docencia me dio esa posibilidad. El teatro me permitió saber que tenía un cuerpo y que lo podía mostrar. En el 2017 fue la primera vez que usé una calza, por ejemplo. Yo siempre usaba ropa holgada, pero el teatro me dio la seguridad. Me cambió la vida. También está esto de hacer personajes absolutamente distintos a lo que soy yo. Ahí está el desafío y la magia del teatro”, expone Lidia.

“Hay algo también en los cuerpos que es muy potente. No es lo mismo que se pare en escena un pibe de veinte que ellos. Parte de la invitación es que ellos sean concientes de eso”, aporta “la profe”.

Las anécdotas, los recuerdos y las correspondientes se entrecruzan entre los sentidos testimonios. Para despedirse, elaboran palabras de aliento para personas que, como les pasó a ellos, tienen algún deseo latente. “Nunca es tarde para hacer lo que a uno le gusta. Yo lo quería hacer a los 18 y lo estoy haciendo casi a los 54. Me doy el gusto ahora”, dice Carina. “Los miedos roban tiempo. Hay que animarse y cumplir lo sueños aquí y ahora, como en el teatro”, agrega Laura M. “Hay que animarse a lo que sea. Teatro, canto, lectura de poesía. Pero que la edad o el entorno familiar o laboral no sea un impedimento”, suma Alicia. “Siempre va a haber desafíos. Y en este momento de la vida, aceptar esos desafíos es importante y gratificante. Hace bien”, cierra Mirta. Se trata, ni más ni menos, de “animarse a vivir”.