La actriz volvió a Rosario con la obra dirigida por Marilú Marini y basada en la novela homónima de Ariana Harwicz: se presentó los días 24, 25 y 26 de mayo en el CEC
Lunes 27 de Mayo de 2024
Érica Rivas aparece detrás de los ventanales del CEC, en la intemperie de una noche helada. Detrás suyo, algunos metros de parque y el borde, la orilla. Después, el río quieto y un barco estacionado que de a ratos parece pintado, puesto ahí como un objeto de escenografía. La actriz ingresa en el espacio, demarcado por una serie de butacas dispuestas de forma semicircular, y comienza el viaje.
La protagonista de este unipersonal es una mujer sin nombre, madre de un bebé pequeño, esposa de un marido común (quizás demasiado común), extranjera en varios sentidos. En el más literal, es una argentina que habita una casa cerca de un bosque en un pueblo francés. Pero también es extranjera de sí misma y de la sociedad: la maternidad parece haber corrido una frontera dentro suyo que la deja constantemente al borde un abismo, en una soledad insondable.
Eso queda claro desde la primera escena, en la que cuchillo en mano, la protagonista lee en voz alta fragmentos de un libro que no tiene tiempo ni energías para leer, pero en el que desea con todas sus fuerzas poder sumergirse sin ataduras. Lejos, en la habitación contigua, su hijo y su marido se le presentan como extraños, casi intrusos. Obligaciones poco felices. Recordatorios inescapables de una vida que no siente propia. No piensa en matarlos, y lo dice en voz alta, estableciendo los límites (siempre difusos) del territorio de su imaginación.
En ese territorio se construye “Matate amor”, el espacio subjetivo pantanoso y lleno de espinas de esta protagonista que intenta contar su historia. Y lo hace apelando activamente al artificio propio de todo relato: dialoga con los técnicos de luz y sonido, y sobre todo con otra persona (ubicada entre el público) con quien de a ratos consulta por el devenir de su narrativa. Hace propios todos los recursos escénicos y los pone a su entera disposición para construir ese universo efímero, inestable, lleno de posibilidades.
Si en su pequeño mundo familiar (donde todo es, paradójicamente, extrañamiento), la protagonista se siente impotente, en este plano es toda potencia, un caos ingobernable. Y aunque pueda ser el adjetivo que aparece primero y con insistencia para hablar del personaje, no está desbordada. Por el contrario, está llena de bordes. Está al borde de sí misma, de su humanidad, de lo social, de su matrimonio, de su salud mental, de su casa, de la violencia. Y el no saber si va a cruzarlos, o cuándo, o cómo, es lo que mantiene al espectador hipnotizado.
La performance de Rivas, piedra fundamental sobre la que se erige toda la obra, también se corre de este plano. La actriz conduce con una soltura incomprensible el derrotero de su personaje. Hay una ferocidad permanente en ese mujer desbocada que ruge y aúlla, que encuentra en los ojos de un ciervo de su bosque vecino el reconocimiento que no siente por parte de nadie más. En lo salvaje están los restos vivos de su humanidad. La modesta escenografía, compuesta por un piso de hojas, un pequeño asiento de tronco, un atril de ramas y un rectángulo de madera, sitúa el relato en un espacio entre agreste y onírico, lejos de lo doméstico.
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Y Rivas es quien lleva, con profunda empatía y cuidado, a su personaje a cruzar todos los bordes posibles. Y en estos corrimientos, arrastra con ella a la audiencia, a veces cómplice, a veces testigo, a veces más, a veces menos incómoda. Siempre inmersa en la intimidad irrevocable que permite la puesta del CEC, muy distinta a la de un teatro tradicional, con personas ubicadas hasta en almohadones a los pies mismos de la actriz.
Érica danza los movimientos erráticos de esta mujer: a través de varios momentos coreografiados (por el diseño de movimiento de Diana Szeinblum), le da distintos volúmenes y velocidades a ese cuerpo corrido de sí mismo que busca desesperadamente encontrarse, reconocerse. Y habla las voces de quienes la rodean: el acento francés y el tono condescendiente de “marido” (como lo llama toda la obra), el relato fantasioso del vecino amante que pasa en moto (y además de mirarla la ve), y esos personajes del pueblo que se presentan casi como simulacros de esa imposible vida normal y que en un cumpleaños le preguntan si le llevó merienda al bebé.
“Nunca nadie quiere la verdad”, dice el personaje cuando con marido se confrontan por supuestas infidelidades. La obra toda resulta en este sentido una confrontación cruda con un mundo muy real, muy cercano y reconocible, e históricamente invisibilizado: la maternidad como un terreno lleno (también) de hostilidades, marcado sobre todo por una soledad honda, tanto que se puede volver un lugar oscuro.
Pero incluso quienes no hayan experimentado la maternidad, pueden reconocer un filo en la propuesta. Sobre todo las mujeres y disidencias, y todas aquellas subjetividades que por sí mismas se ubican en esa extranjería de un mundo que no fue diseñado para ellas. Hay algo de echar luz sobre los peligros de lo común, sobre la posibilidad de caer en los “lugares comunes de la autodestrucción” (como también dice el personaje en un momento). La vida misma y sus mandatos, sin necesidad de eventos extraordinarios, puede abismarnos en cualquier momento. El río de fondo funciona como la metáfora perfecta: todos estamos cerca de algún borde. Y nadie sale ileso de “Matate amor”.
Una vez finalizada la obra, y ante la ovación del público, Rivas hace pasar al escenario a todas las personajes que hicieron posible la puesta y en ese simple acto hace visible lo colectivo del hecho creativo que se acaba de atestiguar. También trae las palabras de la directora Marilú Marini, y carga de más sentidos políticos la presentación: "En una época de retroceso de derechos, hay que insistir y resistir. Y creo que el teatro es una forma de eso también".
Sobre “Matate amor”
“Matate amor” está basada en la novela homónima de la argentina Ariana Harwicz, la cual acumuló premios, lectores y elogios desde su publicación en 2012. Con la dirección de Marilú Marini, el unipersonal tuvo una primera puesta (también ampliamente celebrada) en 2018 y una segunda en 2023, que cruzó el océano y concretó una gira por España y Alemania. En octubre del año pasado, llegó por primera vez a Rosario con dos funciones en el Centro Cultural Parque de España. Esta vez, agotó tres funciones los días 24, 25 y 26 de mayo en el CEC (Centro de Expresiones Contemporáneas).