Viernes 15 de Julio de 2022
En las últimas semanas, diferentes medios de comunicación informaron sobre una posible renuncia del Papa. Las especulaciones se dispararon cuando Francisco convocó para agosto a una reunión extraordinaria de cardenales y, más todavía, cuando poco después se conoció que visitará la basílica donde desde hace siete siglos está enterrado Celestino V. Para muchos historiadores, el primer Papa renunciante. Francisco, por su parte, repite una y otra vez que no piensa ni ha pensado en renunciar. En el 2021 cuando fue sometió a una cirugía se produjo un escenario similar y durante varias semanas circularon todo tipo de rumores.
Las elucubraciones, es verdad, son habituales cuando se trata de la vida de los pontífices, por lo general, además, hombres de avanzada edad. Sin embargo, en mi opinión, en el caso de Francisco las especulaciones se han profundizado debido a dos factores adicionales. Por un lado, el escenario abierto por la renuncia de su antecesor. La decisión de Benedicto XVI, en cierto modo, "desacralizó" el papado y convirtió lo improbable en una posibilidad cierta. Por otro, los intentos "reformistas" de Francisco que no han dejado de aumentar el encono de sus adversarios dentro Iglesia católica.
El "gran acontecimiento"
Si bien Benedicto XVI, como adelanté, no fue el primer Papa renunciante, cuando Joseph Aloisius Ratzinger tomó la decisión en el año 2013 hacía casi seiscientos años que no se producía la "dimisión" de un pontífice. La renuncia se produjo además en un contexto de profunda crisis de la imagen pública de la Iglesia católica ante los numerosos casos de abuso sexual y pedofilia, así como debido al conocimiento de la existencia de una extensa red de complicidades dentro de la institución. Una Iglesia que, para muchos, comenzaba a parecerse a esa institución de "malvados e hipócritas" que según los primeros teólogos de la cristiandad, sería la antesala de la venida del Anticristo. Para el filósofo italiano Giorgio Agamben, la renuncia de Ratzinger debe interpretarse precisamente a la luz de esta mirada de la Iglesia, elaborada en las primeras décadas del cristianismo y consagrada por San Agustín en La ciudad de Dios.
Más allá del debate teológico, la renuncia de Ratzinger es un arma de doble filo para Francisco. Por un lado, es cierto, le ayuda a "desacralizar" la figura papal, una herramienta clave para Jorge Bergoglio, quien a través de sus gestos y acciones busca desde el primer día construir un vínculo más cercano y próximo a los fieles. Por otro, sin embargo, esa misma desacralización le obliga a lidiar diariamente con la sombra de una inminente renuncia, un recurso al que han echado mano sus enemigos una y otra vez.
Las crecientes tensiones en Roma
Para comprender esto último hay que entender que la Iglesia católica está muy lejos de ser una institución homogénea y disciplinada. Por el contrario, es más bien una constelación de actores diversos, atravesados por ideologías, tendencias teológicas, espiritualidades y concepciones sociales y políticas diversas. En definitiva, un campo donde sus participantes luchan, confrontan y dirimen cotidianamente la definición de las fronteras y los contenidos de eso que llamamos catolicismo. Es cierto que la Iglesia contemporánea, a diferencia de la medieval o la colonial, constituye una institución bastante centralizada y con una cierta capacidad de control en el marco del cual el Papa puede accionar numerosos resortes, como se ve, por ejemplo, en el caso del nombramiento de los cardenales. Pero, aún así, no debemos perder de vista que su autoridad no deja de ser cuestionada o, lo que es más frecuente, desobedecida sin mayores consecuencias. Asimismo, si bien el papado es la cabeza de la Iglesia no deja por ello de ser también, al mismo tiempo, apenas uno más de los actores que disputan espacios y poder en el mundo católico. Un actor importante, no hay dudas de ello, pero no necesariamente el más relevante ni siquiera en cuestiones dogmáticas. Desde ya, incapaz de imponer su voluntad a ese universo infinito de grupos, congregaciones, asociaciones, universidades e instituciones diversas que forman parte de las estructuras de la Iglesia o se reconocen católicas.
Un final abierto
Si por un lado Benedicto XVI allanó con su renuncia el camino para que Francisco ensaye un papado más próximo a los fieles, de tinte “popular” e impronta desacralizada, por otro le ha dado a los adversarios de Bergoglio, sin quererlo, un instrumento nuevo de presión y una herramienta con la que intentar erosionar la autoridad papal. Francisco ha negado una y otra vez que haya siquiera pensando en renunciar debido a sus problemas de salud, pero, en concreto, sus palabras sirven de poco para acallar las especulaciones. Mientras tanto, contrarreloj, Francisco intenta consolidar sus posiciones para que su proyecto reformista pueda continuar tras su renuncia o su muerte. Con ese objetivo, en estos casi diez años, ha nombrado ya a más de la mitad de los cardenales que participarán en la elección del futuro Papa. Alrededor de un sesenta por ciento: 83 frente a los 38 designados por Benedicto XVI y los 11 de Juan Pablo II. También ha nombrado a numerosos teólogos y teólogas afines en lugares importantes de la Iglesia, como es el caso de Emilce Cuda en la Comisión Pontificia para América Latina y en la Academia de las Ciencias del Vaticano. Sus adversarios hacen cuentas y presionan pensando en acelerar el próximo cónclave. Saben que cada día que pasa pierden terreno y que, aún en silla de ruedas, Francisco no pierde el tiempo.
(*) Diego Mauro, es investigador independiente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), docente y coordinador del Doctorado en Historia, forma parte de la Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad (REDHISEL) y coordina el Observatorio de Culturas Religiosas también de la Universidad de Rosario (UNR)...
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