Miércoles 26 de Octubre de 2022
La relación entre la actual Federación Rusa y el continente africano osciló en el interés de acuerdo a los diferentes momentos históricos. El Imperio del Zar estuvo presente en la Conferencia de Berlín, cuyo final (1885) decidió el reparto africano durante varios años más tarde aunque Moscú no tuviera gran injerencia en asuntos del continente dividido como participante en dicho evento. El inicio de la Guerra Fría y del mundo bipolar aumentó el protagonismo africano para la Unión Soviética al convertir a la región en campo de guerra indirecta contra la otra superpotencia mundial, los Estados Unidos. Durante casi medio siglo el territorio protagonizó varios conflictos (Angola, Mozambique, Etiopía) en los cuales las dos enemigas se enfrentaron aunque no colisionaron de modo frontal. Una vez más, otro hecho sucedido en el espacio alemán, la caída del Muro de Berlín, provocaría pronto la disolución soviética y en esa época, tan traumática para Rusia, el interés y la presencia en África quedaron en un muy segundo plano.
Pero el advenimiento de un nuevo siglo anunció una nueva óptica y un marcado retorno ruso para gran parte de las agendas africanas. Y esta relocalización se ha intensificado en los últimos años, en particular desde la invasión rusa a Ucrania que recrudeció la guerra preexistente en esa región de Europa oriental desde finales del pasado febrero. ¿Cómo se evidencia esto último?
Inestabilidad e incertidumbre
La ofensiva rusa en el Donbass, lanzada el 24 de febrero, ha causado un impacto profundo a nivel de la cadena de suministros global y, a más de cien días de guerra, su efecto se agrava. Claro que en el panorama africano, ya de por sí acusando un estrés previo y agudizado por la pandemia, lo ocurrido en Ucrania no hace más que generar mayor presión en un contexto alimenticio delicado. Las cifras tienden a empeorar.
Actualmente, según datos de la Organización de las Naciones Unidas, unas 346 millones de personas padecen niveles de desnutrición preocupantes en el continente, la cuarta parte de su demografía. En parte, la causa es la degradación de las condiciones producto de la guerra en Europa oriental. Alrededor del 45 por ciento de la importación africana de trigo proviene tanto de Rusia como de Ucrania, siendo esa región europea un verdadero granero del mundo, pero buena parte de los cereales se encuentran retenidos en los puertos ucranianos debido al bloqueo impuesto por la presencia militar rusa y, asimismo, la mano de obra se encuentra ocupada en labores bélicas o derivadas de la guerra.
En limpio, Rusia es el primer exportador mundial de trigo y su vecino es el cuarto. En cuanto a la dependencia de ese cereal, tómese el ejemplo somalí. Este país del Cuerno de África depende en un 95 por ciento de la importación de trigo ruso y ucraniano, por lo que el conflicto paraliza su abastecimiento en un momento en el cual la región padece la peor sequía en poco más de 40 años y con pronósticos más que sombríos. No menos de 20 millones de personas se ven en apuros alimenticios, cifras que siguen en aumento desde el año pasado.
Del otro lado del continente, en África occidental y con foco específico en el Sahel, la cantidad de personas amenazadas por el hambre severo alcanzaría en breve los 30 millones y con miras a no descender en los próximos meses.
Por lo visto, la ayuda y la cooperación internacional no son suficientes para compensar estos terribles desequilibrios. Un botón de muestra de la desesperación causada por el hambre (entre otros problemas) se observó con la muerte de casi 40 migrantes africanos en la valla de Melilla a fines de junio, siendo algunas de las 2.000 personas que intentaron el salto de origen sudanés. Es la punta del iceberg, el drama que sobresale en superficie dentro de una realidad bastante ignorada en Occidente.
En materia energética, el conflicto oriental compromete el abastecimiento gasífero y eléctrico a nivel global, y en los países de la Unión Europea la situación es comprometida. Pero, en base a estos problemas, África podría salir beneficiada pues, si ya proveía gas a Europa, la cuota puede aumentar, de un 18 por ciento, en la última década, en el momento de la invasión a Ucrania en febrero, a números muy superiores en un futuro para nada lejano.
El mejor ejemplo de este beneficio es Argelia, que ha elevado su compromiso en suplir a una demanda europea en apuros y aprovechando el proyecto de construcción de un gasoducto transahariano, de más de 4.000 kilómetros de extensión, que conecta con Nigeria, otro de los grandes petroleros africanos y pretende abastecer con millones de metros cúbicos de gas al continente europeo vía Italia y España. De hecho, la gasífera argelina nacional firmó un convenio con el gobierno italiano. Entonces, si la guerra en Ucrania interrumpe varias cadenas, de todos modos Europa aprovechará el suministro de gas y oil no solo de Argelia y Nigeria, entre los africanos, sino también de Egipto, Tanzania, República del Congo y Angola, entre varios proyectos. Pero estas conexiones en desarrollo no merman la capacidad y la iniciativa del Kremlin, un gigante con voz y peso propio en suelo africano desde hace tiempo y siempre en detrimento de la Otan y sus aliados, y de Occidente, cuyos baches son aprovechados para insertarse por Rusia y otros actores no tradicionales en el pasado de los vínculos con África.
Cambio de siglo, nuevo escenario
Desde el año 2000, Vladimir Putin es el hombre fuerte de Rusia y en una década hubo tiempo de reacomodar al gigante euroasiático en el novedoso y cambiante panorama global. La estrategia del canciller Serguéi Lavrov, a partir de 2004, volvió a colocar a Moscú en el tablero de los gigantes y así para el Kremlin los países de África cobraron una nueva importancia a efectos de recuperar el lugar perdido tras la debacle que siguió al colapso y desmembramiento soviético. Claro que la Federación debió competir de allí en más con recién ingresados al mundo africano, destaca el caso de Turquía, o la presencia de un rival como China (a la vez aliado en la gesta antioccidental) que nunca perdió de vista intereses en África y que ha desplazado ya hace 20 años a los Estados Unidos como principal socio comercial continental aunque Washington no quiere perder su papel hegemónico que sostuvo por décadas durante la era de Guerra Fría en tanto superpotencia.
De todos modos, el recuerdo de la cooperación entre varios países africanos y la extinta Unión Soviética no se desvanece. Se puso de manifiesto a comienzos de marzo al momento de votar la condena de la invasión rusa a Ucrania en Naciones Unidas, como en el caso de Sudáfrica, en donde el apoyo soviético fue vital en la lucha contra el apartheid. El sudafricano fue el voto correspondiente al bloque de 35 abstenciones que incluyó a varios países africanos más. Eritrea fue la única nación del continente en votar en contra de la condena, a favor de Rusia. Entonces, casi la mitad del continente se abstuvo de votar en contra de Moscú.
Una consumación de la fortaleza del vínculo rusoafricano y del historial de buenas relaciones se dio en la primera cumbre cuya anfitriona fue la nación que preside Putin, en la ciudad sureña de Sochi, celebrada en octubre de 2019 y espacio en el cual se reforzaron lazos que incluyeron la firma de numerosos contratos comerciales. La segunda cumbre será entre octubre y noviembre de este año, con Etiopía como sede, su capital y ciudad que alberga la sede de la Unión Africana, Addis Ababa. Se espera que esta reunión sea propicia para el alejamiento de varios países africanos de la esfera de acción occidental tras la guerra declarada en febrero y las sanciones impuestas a Rusia. Se dieron algunas reuniones previas entre representantes africanos y Putin, como la que tuvo lugar en junio cuando el representante de la Unión Africana, el mandatario senegalés, Macky Sall, se reunió con su par ruso para discutir la acuciante situación humanitaria en parte del continente debido a las restricciones del ingreso de alimentos provenientes de la región europea en guerra.
En la actualidad, los vínculos bilaterales cubren varios campos y Rusia está implantada ya en la mayoría de los países del continente como socio comercial, cliente o inversora. En materia de comercio, este viene creciendo.
En 2015 Rusia exportaba por un valor de unos 8.000 millones de dólares e importaba de países africanos por unos 2.000 millones de dólares o menos. Casi siete años más tarde la primera cifra se elevó a 14.000 millones de dólares anuales y la segunda a 5.000 millones de dólares. Como resultado, el intercambio bilateral asciende a casi 20.000 millones de dólares, por lo que el crecimiento en más de un lustro se duplicó, con un incremento anual del orden del 15 por ciento. En relación a los principales socios comerciales del Kremlin, estos son los países norteafricanos, Egipto (4.500 millones de dólares), Argelia (3.000 millones de dólares) y Marruecos (1.200 millones de dólares), seguidos por Sudáfrica (1.000 millones de dólares), según datos provistos por la agencia rusa estatal Tass. A su vez, Rusia aumentó la inversión directa en el continente un 185 por ciento entre 2005 y 2015. También Moscú aprovechó para hacer proselitismo a partir de la pandemia con la difusión de la vacuna Sputnik.
En donde particularmente llama la atención el avance ruso es en el terreno armamentístico. El país del norte se ha convertido en el principal abastecedor de armas al espacio subsahariano, sin ponderar condicionamientos, y las armas rusas tienen muy buena reputación en los mercados africanos (como en el pasado fuera el caso de los fusiles Kalashnikov, sobre todo el muy popular AK-47, presente hoy día en varios de los conflictos armados). Con Argelia, el principal peso militar continental, la relación es bien fluida en tanto socio fiel de Moscú, al igual que ventas significativas a Egipto, tras Sudán y Angola en orden de importancia. De ese modo Rusia ofrece seguridad a cambio de los recursos naturales locales como ocurre en Libia, República Centroafricana, Mali y Mozambique, espacios asolados por conflictos en los cuales la presencia estatal es débil o prácticamente nula. Allí, el país euroasiático es señal de garantía de cierto orden ante el caos. Además, la presencia militar rusa en ciertos países se encuentra desdoblada. Ha tomado forma la actuación de una empresa privada de reputación muy cuestionada, la contratista Wagner, de la cual Putin ha buscado desligarse pese a que se la vincula a él. Pero la novedad desde febrero fue que se diera una intensa relocalización de Wagner en atención a lo ocurrido en Ucrania. En efecto, apenas producida la invasión, se reportó que varios de sus integrantes fueron asignados al objetivo de la eliminación del mandatario ucraniano Zelensky. La empresa privada tiene en su haber denuncias contra los Derechos Humanos por haber abatido a civiles durante el desempeño de sus variadas operaciones, como en Centroafricana y Mali.
¿De la Françafrique a la “Rusiafrique”?
Rusia busca ocupar y acaparar los espacios abandonados por las potencias occidentales. Este año cobró relevancia la situación francesa en África. A mediados de febrero el presidente francés Emmanuel Macron anunció la retirada de la presencia de la ex metrópoli de Mali en una suerte de resignación en la continuidad de la lucha contra el yihadismo que asola el país y el motivo que obligó la presencia militar francesa desde hace casi una década.
Francia y Gran Bretaña perdieron su rol protagónico en tanto peso fuerte en África como antiguas metrópolis. Pero mantienen vínculos de sujeción con varios países del continente. En el caso francés, a través de la Françafrique, una forma del neocolonialismo que vincula París y sus excolonias, explicando que en una quincena de países, en su mayoría antiguas posesiones, la moneda sea el franco CFA, una divisa en paridad al euro y digitada desde Francia. Pero el abandono pretendido francés de su espacio africano no debe tomarse a la ligera ni engañar: por cuestiones de orgullo y también económicas, la exmetrópoli necesita de esas economías africanas y de su control. Por ejemplo, de Níger, requiere uranio, necesario para disponer de la generación de electricidad en casa. Es precisamente allí donde Francia ha redirigido a las tropas quitadas del vecino Mali. París no quiere perder de vista el Sahel pues los problemas podrían estar a la vuelta de la esquina: más inmigración, ataques yihadistas, falta de suministros varios, etc.
No obstante, los vínculos sucios entre Francia y su Françafrique pueden ser reemplazados por los rusos, pues se observa que Putin busca cercenar esferas de interés en detrimento de Occidente, no sólo en Oriente, sino mucho más al sur. Una nueva Guerra Fría, esta vez cuando Francia parecía ser el blanco más débil, pero detentador de una posición, al momento, todavía privilegiada en África. Mali es el laboratorio de prueba de esta lucha de influencias entre franceses y rusos. Por ahora, Macron sigue amenazando al gobierno interino militar maliense con terminar de retirar su presencia ante la reiteración de quejas en torno a si continúan profundizándose los vínculos Bamako - Moscú.
Al parecer, el gobierno ruso es sordo ante estas advertencias y no desea perder el tiempo. Aunque, por el momento, el accionar de Wagner ya le está anunciando una mala fama al Kremlin.
Hay Rusia en África para rato, se observa. A finales de julio el canciller ruso, Serguéi Lavrov, emprendió una gira por cuatro países africanos: Egipto, República del Congo, Uganda y Etiopía para enraizar vínculos comenzando por el principal cliente comercial africano de Moscú, además de llevar el mensaje de que el bloqueo de puertos es una exageración de Occidente. Asimismo, el 22 de julio Putin y Zelenksy firmaron un acuerdo para destrabar la circulación en los puertos ucranianos, el primer entendimiento desde la invasión de febrero, aunque el fin de semana se informó de un bombardeo ruso en la ciudad portuaria de Odesa, lo que colocaría en entredicho la voluntad sobre la cual se firmó dicho tratado bilateral.
(*) Omer Freixa es historiador africanista argentino, docente y escritor. Interesado por los conflictos contemporáneos, los estudios afroamericanos y el origen afro en particular en el área del Río de la Plata. Licenciado y profesor en Historia, graduado en la Universidad de Buenos Aires. Magíster en Diversidad Cultural y especialista en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Escribe divulgación y contenido académico sobre África y las relaciones que este continente tendió con Argentina y los países de la región.
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