Los homicidios siguen disminuyendo ostensiblemente entre preguntas sin responder

En lo que va de este año se registraron en el departamento Rosario 46 crímenes, mucho menos de la mitad de los perpetrados a esta altura del año pasado

Sábado 18 de Mayo de 2024

La cifra es cada vez más llamativa: en lo que va del año, antes de los primeros cinco meses, se registraron 46 homicidios en Rosario y el resto de las localidades del departamento. Si fuera solo por los números, no llega a la mitad de los 119 registrados al 15 de mayo del año pasado, ni a los 110 para el mismo período de 2022 ni a los 91 de 2021. Incluso queda lejos de los 72 perpetrados a esta altura de 2020, cuando el aislamiento por la pandemia llevaba 75 días. Pero el aspecto cuantitativo no es el único para analizar la violencia letal que hasta el año pasado tenía esta ciudad al tope de las estadísticas nacionales y con particularidades y patrones que parecían instalados, como la incidencia de la narcocriminalidad —y sus derivados— como fuente principal de asesinatos.

El panorama es tan novedoso que nadie se anima a aventurar respuestas a los interrogantes que aparecen en una ciudad donde esta retracción de la violencia letal aún no alcanza para que sus habitantes puedan vivir seguros de que la paz no volverá a interrumpirse con episodios que, aun esporádicos, causan conmoción. La sombra del tiroteo entre pandillas que se lleva vidas ajenas a los conflictos sigue nublando la cotidianidad rosarina. Como la posibilidad, ya constatada por la realidad el año pasado, de ser asesinado como pieza de intercambio entre grupos criminales que disputan poder entre sí o con el gobierno de turno.

“Siempre tratamos de ser prudentes al trazar relaciones de causa y efecto en materia de criminalidad, no queremos nunca decirlo pero es poco tiempo de gestión para evaluar resultados con seriedad científica. En términos generales hay una disminución a la mitad de los índices de homicidios en relación al mismo período del año pasado. Se explica con que la situación penitenciaria se controló más ya que muchos delitos eran ordenados desde las cárceles y se ha bloqueado eso. La reestructuración de la PDI (Policía de Investigaciones) es otro factor, haber cambiado la relación de trabajo con el MPA (Ministerio Público de la Acusación) y el patrullaje preventivo, que se mejorará hacia lo ideal con la incorporación de móviles prontamente”, se animó a decir en una rueda de prensa en Santa Fe el ministro de Seguridad y Justicia Pablo Cococcioni, para quien “todo jugó a favor” de estas novedades.

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Más allá de la merma concreta en términos interanuales que marca un descenso de los homicidios a prácticamente la mitad de los valores históricos de los últimos tiempos, Cococcioni acierta al afirmar que cinco meses no es un lapso suficiente para analizar estas dinámicas. Menos todavía en el contexto inestable de una ciudad como Rosario donde la ferocidad de lo posible ha atravesado tantas barreras que hoy por hoy el miedo no requiere de nuevos acontecimientos para dominar.

Números

Según la información colectada por este diario a partir de fuentes oficiales, de los 46 homicidios perpetrados al 15 de mayo, 17 ocurrieron en enero, 8 en febrero y 11 en marzo, 8 en abril y 2 en lo que va de mayo. Luego de un primer trimestre que ya había mostrado en sus números una ciudad totalmente distinta en materia de violencia letal, en los más de 40 días transcurridos del segundo trimestre se registraron solo diez homicidios, de los cuales ocho —los de abril— se perpetraron en ocho días.

Entre las 46 víctimas hubo 39 hombres y 7 mujeres, cinco de ellas asesinadas en enero en diversas circunstancias. En un panorama que tiende a la merma también es llamativa la proporción de homicidios cometidos con armas de fuego, algo más del 60%, aún lejos del promedio de 85% de la última década.

De la información preliminar surgida de investigaciones aún en curso, en principio no llegan a 20 —en torno al 40%— los hechos relacionados con economías criminales que hayan podido ser planificados o instigados, un ítem que en 2023 orillaba el 70% de los crímenes. Los cuatro homicidios de abril en Parque Casas vinculados con una trama de narcomenudeo tuvieron un gran impacto en el vecindario, conmoción y pueblada incluida.

Las zonas donde se perpetraron tampoco son las de los últimos años. Ludueña, escenario de guerras de gavillas que dispararon la tasa de homicidio en ese y otros barrios del noroeste, solo se registró el primer crimen del año el 6 de enero. Hubo cuatro barrios con tres o más hechos, en principio ninguno en contexto narco: Tablada, Villa Manuelita y Belgrano. En abril se sumaron los cuatro episodios referidos en Parque Casas y los únicos dos crímenes perpetrados en lo que va del año en Villa Gobernador Gálvez. Y el hasta ahora exiguo mes de mayo inauguró la lista en Carmen del Sauce, localidad hasta ahora fuera de estos mapas donde hace dos semanas fue hallado muerto a golpes en su casa un hombre de 50 años. El otro homicidio fuera de Rosario fue en un camino rural de Alvear donde apareció calcinado un hombre de 42 años.

En tanto, en la mayoría de los barrios complicados en ese mismo sentido, como Parque del Mercado, Empalme Graneros, Alvear, Parque Oeste, 7 de Septiembre y Nuevo Alberdi se perpetraron uno en cada uno. Y en Las Flores hubo dos asesinatos en lo que va de 2024.

Rachas

La merma remite en líneas generales —y en cierto punto incomparables— a los registros de 2020. Es que el aislamiento decretado al comienzo de la pandemia explicaba por sí solo lo que para Rosario configuraba un extenso período sin homicidios con los 21 días entre el 20 de marzo y el 11 de abril de ese año. Quedó claro entonces que el aislamiento social impuesto por la pandemia tuvo ese efecto con trece homicidios en sus dos primeros meses de vigencia: cuatro en abril y nueve en mayo. Números que a partir de junio, en la medida en que se flexibilizaban los controles, volvieron a sus guarismos más habituales hasta llegar al septiembre más sangriento de esa década con 27 crímenes.

Cabía entonces preguntarse si las particularidades que trajo aparejada la pandemia en ese aspecto de la criminalidad volverían a observarse alguna vez. No fue en los años siguientes, pero en 2023 hubo algunos períodos sin homicidios en junio, que tuvo doce hechos repartidos en diez días, con cuatro sin casos entre el 5 y el 10 y otro lapso de nueve días entre el 11 y el 21. También el año pasado registró uno de los meses con menos homicidios de la década: octubre, con ocho episodios repartidos entre el 7 y el 29.

Esas rachas sin homicidios, a veces seguidas de estallidos o series comprimidas en una semana, parecen haberse vuelto una norma este año a priori tan atípico. Por ejemplo en febrero, que acumuló ocho asesinatos, hubo más de una semana sin casos entre el 5 y el 12, y otra similar entre el 16 y el 21. En marzo, con once hechos, el lapso sin crímenes fueron 11 días entre el 10 y el 21. Abril arrancó con la particularidad de dos semanas sin asesinatos hasta el día 15. Y en mayo, al cierre de esta edición, el período sin asesinatos lleva más de diez días desde el último registrado, el 2 de mayo, precisamente en Carmen del Sauce.

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Datos que no terminan de redondear si la violencia armada también es parte de la merma, ya que ese aspecto requiere saber sobre los casos de heridos de arma de fuego. Muy buenos datos al respecto fueron suministrados hasta octubre pasado por el Observatorio de Seguridad Pública del Ministerio de Seguridad de la provincia, que desde el comienzo de esta gestión no está publicando informes en su página web.

Solo miedo

No es novedoso remarcar que, por si no fuera todo tan extraño, esta profunda disminución de los homicidios en lo que va de este año en Rosario está coronada por cuatro asesinatos en el marco de una disputa pública entre el gobierno provincial y un colectivo genérico de presos al que se le adjudicaron acciones violentas extremas contra el endurecimiento de las condiciones de detención a reclusos de alto perfil. Un adversario al que se pretendió referenciar como “los narcos” o caracterizar como “narcoterristas” hasta que las investigaciones no pudieron demostrar —hasta ahora— la existencia de una entelequia estilo “hinchadas unidas” que aglutinara a pandilleros enemigos para canalizar un reclamo común.

El impacto que tuvieron esos asesinatos al azar recientemente imputados a un grupo comandado desde la cárcel de Piñero por Alejandro “Chucky Monedita” Núñez dejó una huella muy grande en la sociedad rosarina, presa de un miedo que no desaparecerá fácilmente más allá de lo que digan los números sobre la seguridad pública. Diez días que serán difíciles de olvidar, con la ciudadanía azorada ante una espiral de violencia con el Estado vociferando su propuesta de rigor a lo Bukele contra un enemigo indeterminado que podía atacar a cualquier hora y lugar convirtiendo en asesino a un chico pobre en pantuflas que ni siquiera puede ir preso.

Una locura que parece haber retornado desde fines de abril en plan de reducción de daños con la saga de más de 20 vehículos incendiados al azar durante tres madrugadas con el fin de hacer llegar mensajes de corte tumbero con amenazas dirigidas al gobernador Maximiliano Pullaro, a Cococcioni, a Patricia Bullrich e incluso a funcionarios penitenciarios federales totalmente desconocidos en la ciudad que da la pauta de ser un conflicto que no le interesa a nadie más que a sus protagonistas. Esa violencia, que hasta ahora no ocasionó daños irreversibles como un homicidio, fue respondida más mesuradamente por parte del gobierno provincial que encomendó la solución a los investigadores y se corrió de una escena donde las ínfulas publicitarias no estaban aportando nada bueno.

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Cierto es, al menos en los primeros 135 días de este año, que la violencia asociada a las bandas narcos barriales no está generando asesinatos en la forma que la última década tornó habitual. ¿Hubo acaso una tregua o un pacto entre las bandas que hasta hace cinco meses disputaban el mercado a los tiros? ¿Habrá impactado la crisis en el narcomenudeo y ya no hay plata para financiar las balas? ¿Se habrá reconfigurado el mercado de drogas local y alcanzado así una estabilidad que permite conjurar la violencia? ¿O al final se trataba de poner más patrulleros en las calles y desplegar fuerzas federales?

Esa circunstancia tiene que tener una explicación —tal vez muy sencilla— que difícilmente alguien se anime a exhibir por estas horas con el riesgo de despertar al monstruo que parece seguir roncando en esa realidad que sigue dando miedo. Pero de todas las preguntas que serán respondidas —o no— en cualquier diario de un lunes hay una que debería abordarse sin tanta demora: ¿habrá detrás de esta baja en los homicidios una oportunidad para que Rosario recupere la paz? En tal caso no habría que desaprovecharla.