Jueves 31 de Marzo de 2022
En la casa de calle Pueyrredón, en barrio Cura, el tiempo se detuvo hace siete años, cuando el dolor de una madre por la muerte de su hijo finalmente dejó este mundo. Todo quedó como entonces. Desde el fatídico 8 de junio de 1982 en que un Sea Harrier derribó el A4-B del rosarino Alfredo “el Gordo” Vázquez, doña Nélida atesoró cada recuerdo, medalla, foto y homenaje en las paredes y muebles. Y allí permanecen hoy, intactos.
Los muros de un tono amarillo, la luz tenue de una bombita y las persianas trabadas que no permiten que entre la claridad tornan al ambiente aún más nostálgico. La figura de Alfredo está presente en todos lados. “Hoy hace 40 años que mi hermano se fue de esta casa”, dice Mónica y recuerda la Semana Santa del 82, cuando el Gordo vino a visitar a su familia y a su novia y un 28 de marzo partió desde la Terminal hacia Villa Reynolds (San Luis), donde está asentada la base de los cazabombarderos A4 Skyhawks. La guerra estaba en ciernes, pero ellos aún no lo sabían.
En el living hay fotos de Alfredo junto a su avión, en otro extremo cuelga la Medalla de Honor que otorgó el Congreso de la Nación a los caídos en combate, plaquetas de innumerables localidades que le rindieron homenaje y hasta medallas de sus logros como nadador (en los 60 la rompió nadando para Newell’s y Provincial).
Esa suerte de museo hogareño detenido en el tiempo avanza sobre el garaje, donde cuelgan fotos de la escuadrilla de A4-B Skyhawks y un cuadro pintado por un ferviente admirador que lo plasmó entre las nubes con su casco de combate.
En el pasillo hacia las habitaciones sorprende un cuadro hecho en base a un recorte de una revista de la época. En la foto se lo ve a Alfredo señalando en su avión la silueta pintada de una de las fragatas inglesas que derribó en combate. “Creyeron que venían a pelear contra cualquiera”, dice el titular. El 12 de mayo de 1982 había formado parte de la escuadrilla que atacó a la fragata Brilliant y dejó fuera de combate al destructor Glasgow. Ese día fue el único que regresó de la misión. Aterrizó en Río Gallegos con el parabrisas de su A4 cubierto de sal cristalizada, ya que volaban a centímetros de las olas. Sufrió un despiste. El avión tenía varios impactos y él estaba shockeado tras ver cómo sus compañeros habían sido derribados.
“Lo sacaron de la cabina entre varios y lo subieron a una ambulancia. Me contaron que estaba muy mal, muy estresado”, recuerda hoy su hermana.
Tenía 24 años. En el hospital un jefe militar le dijo: “Vázquez, hoy la guerra terminó para usted”. Pero él suplicó que lo dejaran seguir volando. Y así fue. El 8 de junio, menos de un mes después de aquella trágica experiencia, emprendió su última misión. Un misil lanzado por un Sea Harrier lo derribó cuando atacaba lanchones de desembarco ingleses en la zona de Bahía Agradable, en el que fue catalogado como el día más negro de la flota británica.
Cómo seguir
Desde ese día todo cambió en la familia Vázquez. A doña Nélida y don Alfredo, el papá que también había tenido un pasado militar, los apagó la tristeza.
Los invitaron a cada acto y reconocimiento. En el living hay fotos de la inauguración de la plazoleta que lleva el nombre de Alfredo en 27 de Febrero y Moreno. Allí se lo ve a don Alfredo fundido en un abrazo con Miguel Lifschitz. Fue en septiembre de 1999.
Nélida canalizó su tristeza atesorando cada recuerdo tal vez siguiendo el significado de su segundo nombre, Marfisa, de origen griego y que significa abrazar. Y así, abrazó cada recuerdo de su hijo pero lentamente fue cayendo en una gran depresión de la que no pudo salir.
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Su marido, en tanto, tampoco escapó a la tristeza y en algunas noches, cuando los recuerdos se adueñaban de su mente, se volvió a colocar el uniforme y caminó como perdido por las calles de barrio Cura encendiendo las alertas de los vecinos. La tristeza ya le había ganado la batalla a la razón.
Y así, los padres del piloto rosarino que quedó en Malvinas también se fueron apagando. Hoy, en la casa que Don Alfredo levantó con sus propias manos quedan miles de recuerdos. Malvinas está en cada uno de ellos. Y en el living, sobre el piano que Mónica y su hermano tocaban a cuatro manos, descansa también la guitarra del Gordo, un apasionado del folklore. Sobre ella Mónica colocó hace mucho una rosa roja. Otro recuerdo que permanece allí, en la casa donde el tiempo se detuvo para siempre.