Fernanda Wagner: un relato de cómo se sobrevive al femicidio de una madre
A diez años del crimen de Verónica Manzanel, su hija mayor mira el hecho a la distancia y cuenta cómo fue hacerse cargo de su propia vida a los 17 años y de su hermana de 8, única testigo de lo que había sucedido en la vivienda de San Jorge

Miércoles 24 de Noviembre de 2021

Fernanda estaba terminando el secundario y estaba de novia. Había pasado la tarde junto a su compañera de escuela, Nancy. Tenía planeado seguir estudiando, quería ser maestra de nivel inicial. A su mamá Verónica Manzanel también le gustaba mucho estudiar, había empezado biología, pero tuvo que dejar "por la casa y para ayudar a mi papá", cuenta la propia Fernanda, hoy con 28 años. Sin embargo, nada de eso pudo ser. El 4 de marzo de 2011, cuando la adolescente llegaba a su casa de la calle Santa Fe 2071, en San Jorge, vio a los vecinos y a la policía en la puerta y por entre esa montonera de gente apareció su hermana Ainalén gritando. "Papá mató a mamá". Desde ese momento, Fernanda quedó a cargo de sus hermanos, Rodrigo de 13 años y Ainalén de 8, e incluso en la actualidad convive con la menor, de quien nunca logró tener la tutela definitiva. Intentó estudiar, pero nunca pudo recibirse.

Su mamá murió quemada. El femicida fue Oscar Wagner, su marido y padre de sus hijos. "Aunque no es mi papá biológico y sí de mis hermanos, para mí siempre fue mi papá, porque hasta ese día el había estado siempre", dice Fernanda a una década del hecho de violencia que la dejó a ella y a sus hermanos sin su madre.

Wagner, un entrerriano de 41 años, fue condenado en 2013 a prisión perpetua como autor de homicidio calificado agravado por el vínculo. Según la reconstrucción que por entonces hizo la policía, roció a Verónica con tíner, le acercó un papel encendido y la mujer ardió sobre la cama. Durante el juicio, declaró que solo intentaba "asustarla". Verónica fue atendida en San Jorge con quemaduras graves y luego trasladada al Hospital Cullen de Santa Fe. Murió. La única testigo fue Ainalén.

El femicidio se suma a las historias de mujeres asesinadas en contextos de violencia de género que, como muchos otros, desnudan las historias de las otras víctimas: las hijas y los hijos. Solo desde el inicio de la pandemia en marzo de 2020, 45 niñas, niños y adolescentes perdieron en esos 20 meses a sus madres y con ellas a su principal sostén afectivo.

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Recién en 2017 la ley de privación de la responsabilidad parental reconoció estos crímenes como un ataque a los hijos de las mujeres asesinadas y de acuerdo a la norma vigente, el femicida recién puede recuperar esos derechos una vez cumplida la condena _el proyecto original planteaba la pérdida total_. Dos años más tarde y aunque no sin dificultades en su tramitación, la Ley Brisa llegó para otorgar una ayuda mensual y cobertura de salud para los hijos de las víctimas de femicidios menores de 21 años.

Tras una década

Fernanda se para y mira el crimen de su madre con la distancia que le dan los últimos 10 años. "Viéndolo ahora creo que antes del hecho hubo indicios, pero que en ese momento al estar naturalizadas tantas cosas no lo tomamos como una señal, no lo veíamos como violencia de género", dice la mujer, ahora en pareja con quien entonces ya era su novio y responsable de su hermana menor.

El caso que resonaba por esos años era el de Wanda Taddei, la joven asesinada en febrero de 2010 por su pareja Eduardo Vázquez. Un hecho que multiplicó su trascendencia por ser el femicida músico de la banda Callejeros, que ya había sido noticia años antes por la tragedia de Cromañón. Wanda también murió quemada.

"Acá se hablaba de ese caso porque había sido de los primeros", insiste Fernanda y señala que su mamá no había hecho denuncias previas. El impacto social del femicidio en una ciudad como San Jorge, ubicada a 180 kilómetros de Rosario y con 23 mil habitantes, "fue grande", admite. Sin embargo, aclara: "Se hablaron un montón de cosas, incluso comentarios machistas de parte de gente que uno conocía y que decía: «Y sí, cómo no le va a pasar eso que le pasó». Hasta ahí lo que habíamos visto era por televisión y pasaba en Buenos Aires".

Es más, para Fernanda, más allá de la aparición de Las Chuecas, un grupo de feministas organizadas que sostiene acciones de prevención y concientización, desde las políticas públicas "no hubo grandes cambios" y señala: "Acá sigue todo medio dormido".

Verónica en 1998 cuando cumplía 15 años; fue asesinada 13 años después por su pareja.

Cambiar de planes

Ainalén, la única de los tres hermanos que estaba al momento del crimen en la casa de la calle Santa Fe, vive desde ese momento junto a Fernanda y aún hoy, con casi 18 años y a punto de terminar el secundario, sigue estando a cargo de su hermana mayor.

"Así fue desde el primer día", dice Fernanda, aunque rescata la red de familiares que las sostuvieron y contuvieron tras la muerte de su mamá. Ahí aparecen sus tías, hermanas de Verónica, e incluso los padres de quien entonces era su novio y actualmente sigue siendo su pareja.

"Mi pareja y su familia siempre nos acompañaron y estuvieron presentes, también la familia de parte de mi mamá. Nos fuimos a vivir con mi tía mayor, fuimos y vinimos muchas veces hasta que accedimos a una vivienda de un Plan Fonavi en el que estábamos anotados, fue toda una lucha entre 2011 y 2013 y recién allí encontramos algo de estabilidad", recuerda entre más de una mudanza, siempre con su hermanita, y tramitaba la tutela definitiva que aún logró y sigue teniendo una provisoria.

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"No es fácil, ir y venir todo el tiempo, abogados y papeles", agrega. Si bien señala que pudo tramitar el beneficio de la ley Brisa para su hermana aclara que cuando llegó a la oficina de la Ansés en San Jorge, "nadie tenía idea de cómo era el trámite". Es más, asesorada por organizaciones fue ella más de una vez la que le dijo a los empleados cuáles eran los pasos de la gestión.

Pese a todo, quería terminar la escuela. La nocturna, admite, no estaba en sus planes, pero fue la alternativa que encontró para poder terminar de estudiar y trabajar, sostenerse ella y su hermana. "Empecé en casas de familia, iba a diferentes casas como empleada doméstica", señala y lo pone en paralelo con parte de la vida de su mamá, que hacía reemplazos de portería en una escuela.

"A ella también siempre le gustó estudiar, hacía el profesorado de biología, pero tuvo que dejar para cuidarnos a nosotros y trabajar para ayudar a mi papá", relata. Ella misma intentó hacer la carrera de maestra de nivel inicial, pero sostenerlo fue difícil.

Fernanda y su hermana menor, Ainalén, a quien cuidó desde marzo de 2011 y de quien aún no logró la tutela definitiva.

"Lo intenté en estos diez años, trabajaba y estudiaba de noche, pero me queda lejos, me iba a las seis de la tarde y volvía a la medianoche, me pesaba y en un momento dejé", cuenta, aunque lo señala como "pendiente" y para nada cerrado.

No solo en esas ganas de estudiar Verónica sigue siendo una presencia. "Le gustaba cocinar además de estudiar, fue la primera repostera de San Jorge. Hacía decoraciones y esas tortas que se hacen ahora, así que cada vez que hay un cumpleaños la nombramos y se extrañan sus tortas", señala.