Cuando se piensa en el cerebro y en el paso del tiempo, una de las primeras preocupaciones suele estar relacionada con la memoria. Olvidar un nombre, no recordar dónde quedaron las llaves o tener dificultades para recuperar una palabra forman parte de situaciones frecuentes. Sin embargo, según explica Silvina Peralta, Staff del Servicio de Fonoaudiología de Grupo Gamma, existe otro conjunto de capacidades cognitivas que resulta fundamental para conservar la autonomía: las funciones ejecutivas.
La profesional las describe como un conjunto de habilidades que permiten organizar la conducta, establecer prioridades, tomar decisiones, resolver problemas y adaptarse a las demandas del entorno. Mientras la memoria podría compararse con un archivo en el que se almacena información, las funciones ejecutivas cumplirían el papel de organizarla y determinar cómo utilizarla de acuerdo con cada situación.
Estas capacidades se encuentran estrechamente vinculadas con el funcionamiento de la corteza prefrontal, ubicada en la región anterior del cerebro. Su participación resulta especialmente relevante cuando una tarea requiere planificación, atención, toma de decisiones o adaptación frente a situaciones nuevas.
Tres capacidades que intervienen en la vida cotidiana
Para comprender cómo funcionan, Peralta propone pensar en una situación cotidiana: la preparación de una cena para varias personas. En ese escenario sería necesario calcular cantidades, controlar distintos tiempos de cocción, atender a quien llega, responder ante un imprevisto y modificar el menú si alguno de los invitados tiene una alimentación diferente.
La situación requeriría mucho más que recordar una receta. Según señala la especialista, pondría en juego diferentes componentes de las funciones ejecutivas:
Memoria de trabajo: permitiría mantener y utilizar información durante un período breve. Sería la capacidad que interviene, por ejemplo, al recordar una indicación de una receta mientras se realiza otra tarea o al efectuar mentalmente un cálculo durante una compra.
Flexibilidad cognitiva: facilitaría el cambio de estrategia cuando una alternativa deja de funcionar o aparece un imprevisto. Buscar una ruta diferente ante una calle cortada constituiría un ejemplo sencillo de esta capacidad.
Control inhibitorio: contribuiría a regular impulsos, resistir distracciones y mantener la atención sobre una determinada meta. Su participación podría advertirse, por ejemplo, al continuar una tarea pese a las notificaciones del teléfono celular o al evitar una respuesta impulsiva en una conversación.
Cuándo pueden advertirse dificultades y cómo estimular el cerebro
Las alteraciones en las funciones ejecutivas no necesariamente se expresan a través de olvidos. Peralta advierte que también pueden manifestarse mediante cambios en la manera de afrontar actividades habituales, especialmente aquellas que requieren organización, secuenciación o adaptación.
Entre las situaciones que podrían llamar la atención se encuentran:
Dificultades para iniciar una actividad: la persona podría saber que necesita realizar una tarea y contar con los recursos necesarios, pero experimentar dificultades para comenzar. Según explica la profesional, esta situación no debería interpretarse automáticamente como falta de voluntad o pereza, ya que podría estar vinculada con dificultades en la planificación o iniciación de la conducta.
Problemas para seguir una secuencia: determinadas actividades que anteriormente se realizaban de manera automática podrían comenzar a presentar dificultades. Preparar una comida habitual, por ejemplo, podría requerir un esfuerzo mayor para mantener el orden de los pasos o controlar los tiempos.
Mayor rigidez frente a los cambios: situaciones cotidianas que impliquen modificar una rutina podrían generar una respuesta de frustración desproporcionada. La especialista relaciona este tipo de dificultades con una menor capacidad para modificar una estrategia frente a un imprevisto.
Dificultades para administrar el tiempo: podrían aparecer problemas para calcular cuánto demanda una actividad, establecer prioridades o distribuir adecuadamente las tareas, con consecuencias como retrasos frecuentes o dificultades para diferenciar lo urgente de lo secundario.
Para Peralta, observar estos cambios resulta relevante porque las funciones ejecutivas tienen una relación directa con la autonomía. No se trataría únicamente de recordar información, sino de poder utilizar los recursos cognitivos disponibles para desenvolverse frente a las demandas de la vida diaria.
Frente a estas dificultades, existe otro concepto fundamental: la neuroplasticidad. Se trata de la capacidad del cerebro para modificar y fortalecer sus conexiones en respuesta al aprendizaje y a las experiencias.
La profesional destaca que esta capacidad se mantiene a lo largo de la vida y que diferentes actividades pueden contribuir a estimular el funcionamiento cognitivo. El aprendizaje de nuevas habilidades, la actividad física, los vínculos sociales y la resolución de desafíos constituyen algunas de las experiencias que pueden favorecer una vida cognitivamente activa.
Peralta plantea que la estimulación cognitiva no debería limitarse a repetir actividades conocidas. La incorporación de novedades y desafíos permitiría involucrar diferentes procesos mentales. Aprender un idioma, incorporar una nueva habilidad, practicar una actividad musical o realizar una disciplina que requiera aprender y coordinar secuencias de movimientos son ejemplos de propuestas que demandan planificación y adaptación.
La actividad física constituye otro componente importante. El ejercicio aeróbico (como caminar a buen ritmo, nadar o andar en bicicleta) se encuentra asociado con beneficios para la salud cerebral. Según explica la especialista, la actividad física favorece la circulación sanguínea y se relaciona con mecanismos neurobiológicos vinculados con el mantenimiento y la plasticidad de las conexiones neuronales, entre ellos la participación del BDNF, una proteína involucrada en procesos relacionados con el aprendizaje y la memoria.
El descanso también ocupa un lugar relevante. El estrés sostenido y la falta de sueño pueden afectar la atención, la concentración y otros procesos necesarios para una adecuada organización de las actividades cotidianas. En ese contexto, utilizar agendas, listas, alarmas o recordatorios no debería interpretarse como una señal de debilidad, sino como una estrategia para reducir la carga sobre la memoria de trabajo y facilitar la organización.
Cuidar la salud cognitiva, entonces, implica mirar más allá de la memoria. También supone prestar atención a la manera en que una persona organiza sus actividades, resuelve problemas, toma decisiones y responde frente a los cambios.
Como señala Peralta, mantener una vida activa y desafiante desde el punto de vista físico, mental y social puede contribuir al cuidado de las funciones cognitivas y, especialmente, a preservar una capacidad central para la vida cotidiana: la autonomía.