Jueves 29 de Junio de 2023
Víctor Manuel González conoció a Leopoldo Gamboa cuando cumplía una condena por robo en la cárcel de Piñero y el jubilado lo visitaba como parte de su trabajo pastoral. En marzo de 2020 el preso salió en libertad y tres meses más tarde fue a la casa de Gamboa a arreglar una persiana. Ese día, el hombre de 77 años fue atacado con una plancha, apuñalado en el cuello y estrangulado. De la casa faltaron un bolso, las llaves del departamento y un celular. El ex convicto fue juzgado por el crimen y ayer lo condenaron a 25 años de prisión, la pena más alta para la figura de homicidio, además del delito de hurto.
El juicio comenzó el miércoles de la semana pasada en el Centro de Justicia Penal. El fiscal Ademar Bianchini había pedido la pena de prisión perpetua para González como autor de un homicidio calificado criminis causa, es decir cometido con el propósito de robar. El tribunal integrado por los jueces Rafael Coria, Paula Alvarez y Gonzalo Fernández Bussy le impuso al acusado la pena de 25 años por la figura de homicidio pero sin el agravante y a eso añadió el hurto.
Si bien los fundamentos del fallo aún no se conocen, se presume que no encontraron acreditado que el propósito del crimen fuera robar. Si no que, una vez cometido el homicidio por otras razones, habría aprovechado esa circunstancia para llevarse algunas pertenencias de la casa. El celular robado a Gamboa fue usado al día siguiente por un hermano del acusado con un nuevo chip.
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González llegó al debate sin negar que fue quien mató a Gamboa: declaró que atacó al jubilado para defenderse de un intento de abuso. La defensora pública Martina Guirado solicitó que lo condenen por un homicidio cometido con exceso en la legítima defensa pero el tribunal no receptó este encuadre sino que aplicó al caso dos delitos sucesivos: primero el crimen, luego el hurto de pertenencias.
El homicidio fue el mediodía del 19 de junio de 2020. González llegó entonces al departamento de Gamboa en el 7º piso del edificio de Zeballos 1565. El dueño de casa lo conocía de su trabajo como colaborador de la Pastoral Penitenciaria. Sus compañeros de labor religiosa contaron en el juicio que era muy comprometido con su tarea, creía en la resocialización y soñaba con abrir un centro de rehabilitación para personas excarceladas. Por eso mantenía contacto con los presos cuando recuperaban la libertad y los recibía en su vivienda.
A González lo había conocido y asistido en el pabellón 1 de Piñero y aquel día lo citó para el arreglo de una persiana. El ex convicto llegó a las 12, almorzaron y a las 16.40 la víctima habló con su hermana por última vez. Por eso se cree que el crimen fue entre esa hora y las 17.30, cuando las cámaras del edificio registraron la partida de González. El fiscal dividió el ataque en tres secuencias: dijo que primero golpeó a Gamboa con una plancha, luego le aplicó un puntazo entre el cuello y el hombro y finalmente lo estranguló con el cable de la plancha, en el dormitorio de la víctima. Según ese planteo, lo mató para no ser reconocido.
Antes de partir el agresor sustrajo un celular y un bolso. Las cámaras del edificio registraron su salida con esos elementos. La tragedia se descubrió dos días más tarde cuando la hermana de Gamboa, al no tener noticias de él, llamó a una vecina. Esa mujer le avisó que la puerta del departamento estaba cerrada pero no había ruidos y le dijo que ella tampoco había cruzado a su vecino por esos días.
Entonces Marta llamó al 911 y fue con los policías hasta el departamento. La puerta estaba sin llave. Leopoldo Teófilo Gamboa estaba muerto en su habitación con signos de golpes y torturas, sobre un manchón de sangre. Tenía un corte en el cuero cabelludo y un cable de plancha atado desde el cuello hasta la pantorrilla izquierda. La plancha, con restos de sangre y cabellos, estaba en la pileta de la cocina.
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La hermana de la víctima constató que faltaban el celular, la llave y un bolso. También detectó el faltante de una notebook y algunas alhajas de oro, pero no se demostró que se las llevara González. La investigación llegó a él a partir de la comparación de rasgos antropométricos con las imágenes de las cámaras y porque su nombre estaba anotado en una agenda donde Gamboa llevaba el registro de sus visitas carcelarias.
La presencia de González en el lugar quedó captada por dos cámaras. Una lo filmó a las 12.07 cuando Gamboa bajó para abrirle la puerta, lo saludó con un gesto cordial y lo acompañó al ascensor. Otra registró que a las 17.33 el mismo visitante de campera y gorrita bajó la escalera, salió con un bolso en la mano y abrió la puerta principal con la llave registrada a nombre del dueño de casa. El ahora condenado fue detenido en una casa de Guatemala al 1500 bis con una gorra Nike gris y la campera que vestía al momento del hecho.
En el juicio no se discutió la autoría del crimen porque el propio González lo admitió. Dos pruebas esenciales fueron admitidas por las partes antes del debate. El imputado reconoció que era él quien fue filmado al salir del departamento. También estaba acreditado que al día siguiente un hermano del acusado insertó un chip en el aparato de Gamboa.
En el juicio, González declaró ante los jueces que llegó a la casa del jubilado alrededor de las 12, tomaron mates con bizcochos y luego arregló la persiana, que no estaba rota sino desfasada. Después fue a revisar una mancha de humedad en la cocina y, según sus palabras, Gamboa le tocó la entrepierna, a lo que él respondió “¿qué hacés?”. Dijo que entonces víctima lo apuntó con una tijera —elemento que no se encontró, como tampoco había manchas de sangre en la cocina— y a partir de ese momento se desató el ataque supuestamente defensivo.
El encuadre aplicado en la condena da cuenta de que, para el tribunal, no está probado que el atacante cometiera el crimen con el propósito de matar. Sino que, una vez consumada la muerte, aprovechó la situación para llevarse algunas cosas. Cuestiones que se profundizarán en los fundamentos del fallo que se darán a conocer en los próximos días.