Jueves 22 de Octubre de 2020
Lucio A. tiene 20 años y con su Ford Escort Ghia color verde modelo 1991 fue, por un lapso de 10 minutos, protagonista de la última persecución policial de la que se tenga información en la ciudad. Como en una escena de la película Rápido y Furioso media docena de patrulleros policiales lo siguieron desde San Juan y Corrientes, donde evadió un control en el que pretendieron identificarlo, hasta las inmediaciones del Monumento a la Bandera, donde el auto se le descontroló e impactó contra las luminarias embutidas en pilotes de cemento. ¿El saldo? El Escort parcialmente destruido. Una dotación de Bomberos debió intervenir para apagar un principio de incendio en el auto. Lucio A. sufrió politraumatismo de cráneo, tórax y abdomen, además de una herida cortante en cuero cabelludo y quedó internado en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca); y una mujer policía de la Motorizada, cuya moto derrapó sobre el empedrado al ser impactada por el Escort, con una muñeca fracturada.
La persecución policial es la acción que quizás más capta la atención del espectador promedio. Más aún si en el noticiero de la tele se puede ver la faena captada desde una cámara Go Pro. Una carrera contra el destino en las que las partes –policías o fuerzas de seguridad y sospechosos– suelen desplegar todo tipo de artilugios para ganar. Para el policía, capturar al sospechoso. Para el perseguido, poder sortear la situación. Una carrera con las pulsaciones a mil con la adrenalina fluyendo que puede darse a pie, en moto o en auto. Eso no es lo más importante. Lo determinante es el resultado. La captura de la presa. La evasión de la ley. Si en el medio no existiera la violencia o el desprecio por la ley, podría tratarse de aspectos lúdicos de un juego.
El cine ha dedicado segmentos épicos a las persecuciones en auto como en “Contacto en Francia” en 1971; Terminator 2 en 1991; “Transporter” en 2002; The Italian Job” en 2003; o cualquiera de las “Rapidos y Furiosos”. Y en Rosario se tienen registros de numerosas persecuciones policiales. Se pueden mencionar algunas que tuvieron finales trágicos: la que terminó en el asesinato de Iván Mafud, en septiembre de 2014, y el doble crimen de David Campos y Emanuel Medina, ocurrido el mediodía del 23 de junio de 2017 en Cazadores y Callao, donde fueron fusilados por al menos por dos efectivos del Comando Radioléctrico.
El 8 de septiembre de 2014 Iván Mafud tenía 26 años y cuatro hijos. Esa noche fue acribillado adentro de su auto, cinco kilómetros al norte del cruce de las rutas 9 y A-012. Los plomos fueron disparados por las armas de algunos de los 13 policías que lo habían perseguido hasta allí. Por un año y medio se investigó como un enfrentamiento hasta que el fiscal reveló pruebas de que sólo dispararon los uniformados. Cuatro policías de los quince que fueron detenidos terminaron condenados.
A media mañana del viernes 23 de junio de 2017 David Campos, de 28 años, y Emanuel Medina, de 32, se estrellaron contra un árbol en Callao al 5700 a bordo de un Volkswagen Up en el marco de una vidriosa persecución policial que duró media hora por calles del sur de la ciudad. De acuerdo a la acusación, el auto en el que viajaban las víctimas fue rodeado por policías que dispararon a mansalva contra los jóvenes sin que éstos opusieran resistencia. Medina, quien manejaba, recibió nueve balazos y Campos cinco. En principio se indicó que las víctimas habían evadido un control vehicular y por eso se inició la persecución. Sin embargo, vecinos y familiares de las víctimas siempre sostuvieron que se trató de un flagrante caso de gatillo fácil en el que luego se adulteró la escena, donde incluso se plantaron dos armas dentro del auto. Este expediente está en pleno juicio.
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“En una persecución nunca hay que dejar de lado la adrenalina. Las pulsaciones a mil. Los policías tenemos protocolos que cumplir. Pero una cosa es cuando te lo enseñan y otro cuando estas arriba del patrullero yendo a mil”, explicó un agente que patrulla las calles rosarinas. “Una vez que comienza la persecución la adrenalina se te dispara a las nubes. Y después el que tiene más experiencia es el que mejor trabaja”, comentó. Una vez que comienza la persecución el patrullero queda en manos de la central de emergencia del 911, que es quien va tomando determinaciones. Dos dimensiones: La caliente en el patrullero, y la de la cabeza fría en la central, que va conduciendo la situación. El protocolo indica que se encienden las balizas, la sirena y se lanzan al destino.
“La mayoría de las veces se trabaja sin el cinturón, porque no tenés tiempo de ponértelo. La dotación se divide funciones. El chofer solo conduce y el refuerzo opera la radio y dispara, si hay que hacerlo. El operador del 911 es el que dispone la implementación de un operativo cerrojo. En una persecución importante dos patrulleros al menos se la pegan. Y ni te cuento si la radio canta una Clave 5 (enfrentamiento). Ahí los móviles van en el aire. Hay mucho de fortuna en las persecuciones. De que apretes el freno, el movil frene y no te lo pongas de sombrero”, agregó el uniformado, cuya identidad se preserva.
Por años hay decena de accidentes con móviles policiales que ganan el espacio público de acuerdo a la gravedad del hecho, tanto sea en lo material o en vidas. No siempre los uniformados son los que quedan expuestos como los malos de la películas. Hubo accidentes en medio de persecuciones que marcaron un antes y un después en la vida laboral de los policías. Uno de ellos ocurrió el viernes 16 de noviembre de 2012 en Avellaneda y Gaboto cuando el efectivo de Policía Motorizada Diego Petrochi colisionó contra moto en medio de una persecución. Las dos motos se incendiado. Por el golpe Petrochi perdió su casco. Sufrió severas fracturas de cráneo, maxilar y de uno de sus hombros. Tras agonizar 72 horas murió el martes 20 de noviembre.
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“Los cascos que tenemos son muy malos y se desprenden cuando la moto hace un movimiento brusco. La muestra está en el compañero que sufrió el mayor daño en la cabeza porque con el impacto se le salió el casco”, argumentaron sus compañeros, quienes a partir de esta muerte comenzaron a presionar a sus superiores para que gestionaran ante el poder político mejores elementos de trabajo. Algo que con el tiempo mejoró.