Viernes 24 de Febrero de 2023
Hay homicidios en Rosario que dejan en evidencia que detrás de los hechos violentos, además de una problemática de seguridad pública, hay sobre todas las cosas un contexto de vulnerabilidad social y sanitaria. A Franco Emanuel Alegre, de 25 años, lo mataron cuando fue a comprar estupefacientes a un punto de venta ubicado en un asentamiento precario. Al menos, así lo cuentan sus familiares, quienes admiten que el muchacho consumía desde adolescente y lamentan no haber tenido a su alcance herramientas para ayudarlo.
Hasta entrada la madrugada del viernes, Franco estuvo con su madre y su hermana en la casa familiar de la zona de Pasco y Carriego. Pasadas las 2.30, pidió 200 pesos para ir a comprar a un búnker ubicado sobre las vías del tren a la altura de Riobamba al 5000, algo que solía hacer sin meterse en problemas. Pero, esta vez, fue alcanzado por varios balazos que gatillaron al menos dos personas que iban a pie y luego escaparon por las vías en dirección al sur. El muchacho murió en el lugar, herido en la espalda, los brazos y una pierna.
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Junto a la víctima fatal había otro hombre que recibió un disparo que le atravesó el muslo derecho. El herido ingresó al Hospital Carrasco, donde fue identificado como Jonatan M., de 33 años y con domicilio en la zona.
La investigación del ataque quedó a cargo de la fiscal de Homicidios Gisela Paolicelli, para quien trabajó en la escena del hecho el gabinete criminalístico de la Agencia de Investigación Criminal (AIC). Allí recogieron 9 vainas servidas de calibre 9 milímetros y tomaron testimonios a posibles testigos de lo ocurrido.
"Se trata de sobrevivir"
Este viernes por la mañana, los movimientos del vecindario comenzaron temprano alrededor de lo que durante la madrugada había sido la escena del crimen de Franco Alegre. Se trata de un asentamiento, sobre todo en el sector paralelo a las vías, donde la basura se acumula tanto como las viviendas precarias entre las que funciona un punto de venta de drogas.
En ese marco surge un microclima típico de esos contextos: vecinos sumidos en el silencio nada más que por temor, y consumidores con sus pipas en mano que parecían haber amanecido consumiendo pasta base, acaso la sustancia más adictiva y a su vez más accesible económicamente en los sectores más empobrecidos.
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Sobre las vías había distintos grupos de vecinas que desayunaban a metros de la mugre, un cúmulo hediondo de desechos que parecía tener varios días allí. Rodeadas de niños, hablando entre ellas en voz baja, las mujeres se negaron a decir algo en relación con el crimen que había ocurrido horas antes. Apenas aceptaron brindar una breve descripción de la situación que vive el barrio: "No podemos hablar, hay que tener cuidado, acá se trata de sobrevivir".
Por otro lado, un grupo de jóvenes advirtió que el silencio iba a ser un punto en común en el vecindario. "Olvidate de que alguien hable acá. Pero si te vas para Pasco y Carriego seguro te van a decir algo, ahí vivía el pibe, le decían Tuly. Lo único que te puedo decir es que él no vendía", sintetizó un muchacho mientras cebaba mates.
"Nadie ayuda acá"
Los allegados de Alegre estaban reunidos en la puerta de la vivienda familiar. "Franco no tenía ninguna bronca. Vendía tortas asadas, a veces paqueteaba con el padre. Pero el problema es la droga, que se lleva a los chicos nuestros como nada", contó una tía del muchacho. "Él se fue a comprar su porquería y ahí lo mataron. Pasaron y tiraron, le pegaron a él y al otro chico que estaba ahí", agregó la hermana de Alegre. "No tenía ayuda, nadie ayuda acá con el tema este", lamentaron.
Al cabo de unos minutos llegó Francisco, padre de la víctima. El hombre, que se dedica a la venta ambulante, contó que su hijo había empezado a consumir a los 12 años. Que desde entonces atravesó momentos más complicados que otros, y que había épocas en las que se estabilizaba y se mantenía "limpio". Sobre todo a partir del nacimiento de Ema, su hija, que hoy tiene 4 años.
Alegre se las rebuscaba para conseguir unos pesos. A veces, ayudaba a su padre a "paquetear", pero sobre todo se dedicaba a hacer y vender tortas asadas. "El otro día le regaló una cadenita a su nena y le dijo que iban a ir a comprar la mochila y las cosas para el jardín", contó Francisco. En esa cotidianidad, y con tantos años de consumo encima, se había vuelto una costumbre que el muchacho fuera a comprar a los puntos de venta ubicado en la zona de las vías.
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"Mi hermana todos los días lo esperaba a la madrugada, lo esperaba y si no volvía lo iba a buscar hasta allá", contó la tía de Franco. "Él decía que estaba bien. El adicto siempre dice que está bien, que nada le hace mal. Pero se alejaba de nosotros, la droga te aleja de las personas que te aman", lamentó el padre. "Anoche estuvo con nosotros hasta las 2 y pico, le pidió 200 pesos a la madre para comprar un porro. Como ella le dijo que no, le pidió a la hermana, se fue y ahí lo mataron", contó Francisco.
A ese contexto de vulnerabilidad relacionado al consumo se suma la violencia callejera, problemáticas que parecieran estar íntimamente ligadas en determinados sectores de la ciudad. Porque, a diferencia de lo que ocurre en otras zonas, hay consumidores que para comprar no tienen más opción que poner en riesgo su vida. Entonces a una realidad de difícil abordaje se le suma otra todavía más compleja: el lenguaje de las balas, que eligieron utilizar los dos homicidas que dispararon contra un búnker cuando Franco Alegre estaba ahí.
En ese sentido el padre de la víctima apuntó: "Está todo liberado, están zarpados. Se fue al carajo todo". "No sé quién va a poder cambiar esta ciudad. No hay más respeto, les tiran hasta los niños. Hoy perdí a mi hijo, espero que no sea en vano", agregó el hombre.