Fuga de Piñero: "Fue un plan para que Morocho Mansilla se escapara porque sabía que iba a ser condenado"

El fiscal Franco Carbone realizó un balance del juicio oral que empezó hace un mes contra once acusados por la evasión masiva de la cárcel de junio de 2021. El debate ingresó en la recta final

Lunes 27 de Mayo de 2024

“Todo esto se hizo para que el jefe del pabellón pudiera irse porque había empezado un juicio en el que sabía que iba a ser condenado”. A un mes del comienzo del juicio oral a once personas por la espectacular fuga de ocho presos de la cárcel de Piñero, que se concretó en junio de 2021, el fiscal Franco Carbone planteó que todo el plan de evasión fue orquestado por Sergio Cañete, un preso de la vieja escuela condenado como ladrón de bancos, para garantizar el escape de Claudio “Morocho” Mansilla, jefe de una violenta banda de Santa Lucía que en esos días empezaba a ser juzgado por un doble crimen.

Las conclusiones fueron expresadas por el encargado de la acusación luego de presentar sus alegatos de cierre ante el tribunal que juzga a los ocho presos y a tres acusados como colaboradores externos. Carbone ratificó el pedido de penas de 11 años y 3 meses de prisión, las que en algunos casos superan los 20 años de prisión por el agregado de otros delitos. Penas que, al unificarse con sentencias previas de los ya condenados, sumarían 40 años de prisión para dos de ellos.

“Fue el mayor golpe de la historia al Servicio Penitenciario” de la provincia, dijo Carbone, quien no sólo acusó a los implicados por el delito de evasión sino también por la portación conjunta de cinco armas de guerra que había en el auto en el que escaparon. La fuga ocurrió el 27 de junio de 2021 luego de que un grupo comando llegara al rescate y enfrentara a tiros a los guardias apostados en las garitas de Piñero, mientras otro de los colaboradores externos cortaba el tejido perimetral con una amoladora.

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Este último, Walter Soraire, no integraba un grupo criminal sino que trabajaba como cartonero. Vivía en la zona de Flammarión al 5000 y tenía serios problemas de adicción a la cocaína. A cambio de una exigua paga a su familia, el joven de 29 años murió en el tiroteo con los guardias. Según planteó Carbone su muerte agrava el delito: “Pedimos el máximo de la pena y confiamos en que nuestros pedidos tengan posibilidad seria de ser receptados porque mostramos con pruebas la gravedad del hecho. Recordemos que hay una persona fallecida”, indicó.

“Los facilitadores llevaron a un joven en permanente estado de consumo, esto último dicho por sus familiares, y literalmente lo mandaron a poner la cabeza. Una persona con oficio de electricista, que tenía una amoladora, que realizó distintos cortes en los cercos perimetrales y lo dejaron ahí tirado. Los internos lo pasaron por encima, lo pisaron y se fueron todos juntos”, recordó.

La fuga se concretó pasadas las 17 de ese día cuando cuatro personas llegaron a las inmediaciones de la cárcel en un Peugeot 3008 de color negro y estacionaron en un camino rural cercano. Franco Ezequiel Canteros, Rodrigo Leonel Gramajo y Soraire bajaron mientras que una cuarta persona, identificada como “Guachín” quedó esperando al volante. Con tres pistolas calibre 9 milímetros, una .380 y una 11.25 comenzaron a disparar a las garitas, sobrepasaron cuatro garitas y dos cercos.

A la vez, los internos del pabellón 14 Sergio Martín Cañete, Joel Isaías Rojas, Antonio Schmittlin, Ezequiel Rodolfo Romero, Alejandro Candia, Daniel Piscione, Martín Cartelli y Claudio “Morocho” Mansilla cortaron y traspasaron el cerco de un patio para recorrer el camino inverso y escapar en el auto. Del que algunos de ellos pronto pasaron a otros vehículos. En semanas y meses posteriores fueron recapturados uno a uno hasta que Mansilla fue el último en caer, cerca de un año después.

En base a la evidencia presentada en el juicio ante los jueces Silvana Lamas, Fernando Sosa e Ismael Manfrín, para Carbone detrás de la logística hubo una “mente maestra” que fue la de Cañete, “un señor que se caracteriza por los robos de bancos con cierta parafernalia que fue utilizada en esta fuga: los clavos miguelitos en la huida, caretas y un montón de cuestiones que revelan que el plan fue muy bien pensado”.

Pero el plan encontró un punto débil, según Carbone, en falencias de los facilitadores externos. “Eso permitió que se lograran recapturas y en celulares que encontramos pudimos ver cómo se diseñó el plan y la logística. Todo esto lo organizó Cañete para que el jefe del pabellón, Claudio Javier Mansilla, se escape”, consideró.

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Cinco días antes, recordó, había comenzado un juicio oral contra Morocho por el doble crimen de Leonel Bubakar y Kevin Nieri, dos adolescentes emboscados y asesinados en un pasillo de Lima al 2100 de quienes Mansilla sospechaba que trabajaban para un grupo rival. “Mansilla sabía que iba a ser condenado y todo esto se hizo para que él se pudiera ir”, dijo el fiscal. En efecto, el juicio prosiguió y Morocho fue condenado en ausencia a 25 años de cárcel.

Carbone planteó que los relatos de los internos que afirmaron haber corrido por sus vidas es un descargo “totalmente irracional e inverosímil” porque en los códigos penitenciarios “si hay una gresca o un motín el que no tiene nada que ver con eso se tira a al piso. Eso fue lo que hicieron los internos que no tenían nada que ver con la fuga. Los que se fueron dicen que no saben quién cortó el alambre, que recorrieron unos quince metros más, que saltaron a la persona fallecida, corrieron otros 150 metros, atravesaron otro cerco y finalmente un séptimo tejido. Son excusas sin apoyatura en la prueba”.

Por último, el fiscal descartó que los evadidos hayan recibido algún tipo de ayuda del personal penitenciario: “Al juicio vinieron desde empleados recién ingresados hasta el jefe de Asuntos Penitenciarios o personal con treinta años de experiencia. Realmente se ha hecho un trabajo importante a los efectos de determinar una eventual connivencia de los penitenciarios y se ha descartado por completo. De hecho son personas que han arriesgado sus vidas y que de milagro no resultaron fallecidas por los tiros que algunos de ellos recibieron en las garitas a la altura del rostro”.