Mis cien años de soledad

A 10 años de la muerte de Gabriel García Márquez, se impone el recuerdo de la obra del escritor colombiano como uno la vivió y cómo vale la pena contarla.

Sábado 20 de Abril de 2024

Por mucho que exprimo mi cabeza no puedo recordar cuándo ni cómo me encontré con García Márquez, no hablo del hombre, como imaginarán, a quien no tuve la fortuna de conocer, sino de su obra, lo que sí sé con absoluta certeza es que fue amor a primera vista.

Fue en la secundaria, cuando todo a mi alrededor era Macondo, Aureliano, diluvios universales, coroneles, abuelas desalmadas y soledad insoportable, cien años, más, muchos más, yendo y viniendo a horcajadas del 218, que asomaba allá lejos, en el cementerio La Piedad (lo sé porque una tarde muy tarde me quedé dormido, seguí de largo en la parada y terminé parado en el desierto de Provincias Unidas, inhóspito, pero no mortal como es ahora, sin saber cómo volver a casa y temblando de miedo), atravesaba Bella Vista, mi barrio, el centro y llegaba hasta el Politécnico, y vaya uno a saber a dónde más porque se internaba hacia el sur y lo perdía de vista.

Recuerdo haber llevado, además del tablero, la regla T y el Álgebra de Mascó, Cattáneo y Hinrisen, tan sospechosamente rojo y negro, el “Cien años de soledad” de Sudamericana, que recuerdo de tapa blanca, con unos dibujitos, como la guarda de un mantel, azules, anaranjados y negros, y las páginas rugosas como un papel secante que, cuando las pasaba apurado, me raspaban los dedos.

Lo llevaba bajo el brazo, aunque rara vez tenía suerte de poder abrirlo y mucho menos leerlo, el 218 iba siempre repleto y aunque paraba en cada esquina nunca se vaciaba, conseguir un asiento era más difícil que tratar de entender por qué les pasaba lo que les pasaba a los Buendía en ese país de las maravillas sin brujas ni hadas y mucho menos príncipes azules, pero lleno de magia, bandera, ilusión, acción y muchas fieras para domar; tan difícil como, cuando se hacía la magia, leer con el traqueteo incesante del Mercedez Benz 71, que tenía la sensibilidad de un camión (en México nunca los y bueno hubiera sido que no lo hubiera hecho, él era hijo de intelectuales, mamá docente, papá actor de teatro independiente, y tenía con quien compartir las teorías disparatadas que me desvelaban desde que José Arcadio y Úrsula y Melquíades, que no era el león rosa de Hannah y Barbera, y Remedios la Bella y Amaranta, se habían llegado a mi vida y me llevaron de la mano a leer a Alejo Carpentier, a Roa Bastos, el supremo, y también, nada que ver, a “Rayuela”, que encontré un día en la biblioteca donde también di con “Cien años de soledad” y nunca más sufrí la soledad gracias a su amorosa compañía, la de los libros, la de sus historias, insólitas, desgarradoras, asombrosas, y su gente, que éramos nosotros perdidos en el laberinto de los pasillos del Poli, en los callejones sombríos de Brooklyn mirando de lejos esa ventana apenas iluminada que, dicen, es la de la casa de Paul Auster, y en Cartagena de Indias, la ciudad amurallada donde, detrás de las paredes que ayer te han levantado, se intuye el mar, se escucha, se respira y se añora esa letanía lejana que es un rumor, un repiqueteo de gotas que contragolpean contra las olas, la lluvia, la humedad, el calor y en un recodo del camino una casa, también amurallada, frente a la que los turistas paran a tomarse fotos y que fue su casa, su hogar, y es donde hoy, me gusta creer, se pasea Gabo mientras piensa aquello de que “la vida no es lo que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Esa tarde en Cartagena compartí un café en la librería Abaco y mientras conversaba sobre mi “Cien años de soledad”, que no era el mismo que el de mi acompañante (ella prefiere no recordar esa tarde ni ese viaje), me acordé de Florentino Ariza, el fantasma, y de Fermina Daza, y me acordé de que empujado por el aluvión de coroneles que no tuvieron quienes les escribieran, de las crónicas de las muertes anunciadas y la inevitable hojarasca, que siempre queda después de las tormentas, me embarqué en la lectura de “El amor en los tiempos del cólera” y aunque lo hice con entusiasmo y empeño no pude pasar de la página 50, lo intenté una y otra vez y me pasó lo mismo. Derrotado, abandoné el libro, lo escondí en la biblioteca, y en un descuido imperdonable mi madre lo vendió a una librería de usados, y lo olvidé años.

Por mucho que me exprimo la cabeza no puedo recordar cuándo ni cómo me reencontré con García Márquez, aunque tengo la certeza absoluta que fue cuando ya era mayor y mi corazón había sufrido más de una derrota, Macondo, la pilchería de la galería La Favorita, había cerrado hacía tiempo, igual que Aureliano, el café concert de Pepe Grimolizzi, y que le debo el gusto a “El amor en los tiempos del cólera”, que leí de un tirón acurrucado en un cómodo sillón Berger que me acompaña desde aquellos días y que necesita un paso urgente por la tapicería, con lentes (la condena que hay que pagar por años de lecturas) y en Kindle, ¡qué herejía!, los tres, Gabo, el sillón Berger y yo hicimos buenas migas y sonreímos de las desgracias de los fantasmas desgraciados.