De Montes de Oca a Cinecitá en Roma: "No puedo parar de crear, soy una máquina"

A los 41 años la dramaturga, poeta, actriz y directora de teatro y cine Agustina Toia, oriunda de Montes de Oca, dirige su obra “El país del Ignorimio”, que fue filmada en Andino, Lucio V. López, Freyre, Serodino y Rosario, y sorprende por su extenso recorrido de formación y trabajo entre Buenos Aires, Roma y media Europa. “Soy una máquina de crear”

Domingo 15 de Marzo de 2026

“No puedo parar de crear” sorprende la dramaturga, poeta, dibujante, actriz y directora teatral y cinematográfica oriunda de Montes de Oca, Agustina Toia, de 41 años, durante más de una hora de charla con La Capital en el living de un ignoto café de Tablada, en el cercano sur rosarino, por donde vive.

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Cabello rubio oscuro, ojos claros, aritos de perla, camisa negra estampada, vaquero y zapatillas, Agustina se sienta a una mesa de la vieja casona del bar, donde podría quedarse toda la mañana contando la apasionante historia de su vida en el mundo del arte, que la llevó desde su Montes de Oca natal a vivir, estudiar y trabajar en cinco países europeos, en los que aprendió cuatro idiomas.

Nacida el 10 de diciembre de 1984 en Rosario, pero criada en Montes de Oca, Agustina es hija del ama de casa y artesana Silvia Barcia y del contador y agricultor Gerardo Toia. “Nací en Rosario porque mi mamá es rosarina, pero me crié en un pueblo de la provincia de Santa Fe, en Montes de Oca. Montes de Oca tiene 2.700 habitantes y ese horizonte profundo con el que yo crecí, me configuró para toda la vida. La línea de la Pampa, el horizonte del litoral, el campo, ese paisaje que no existe en otra parte del mundo. Yo viví muchos años en Europa, pero nunca encontré ese horizonte tan profundo y tan grande. Lleno de tiempo y libertad" se presenta en sociedad.

"Viví en Europa, pero no encontré ese horizonte tan profundo"

-¿Cómo era Montes de Oca en tu infancia?

-Ahora que me vine a vivir acá al sur, que veo la gente con las reposeras en la vereda tomando mate me siento que estoy entre el Montes de Oca de mi infancia y Napoli o Catania, en las afueras de Catania, un lugar que también amo. Esta eso el kiosco, el almacén, la gente del barrio afuera de su casa. Y Montes de Oca fue un lugar amplio, que me dio como mucha libertad también. Yo me crié siempre en la calle, tres hermanos, ir a pescar, ir a la aventura, jugar, estar todo el día en la calle. No había peligro, nada. Nos íbamos a las 2 de la tarde y volvíamos para cenar. Veo incluso que ahora mi sobrinita que vive allá en el pueblo es otra historia. El año pasado le hicimos un profundo homenaje a ese lugar con “La luz de la lluvia”, que es esta película que te contaba. Estamos ahora mandándola a festivales internacionales. La filmamos completamente en Montes de Oca, con todos los habitantes del lugar. Todo un pueblo ayudándonos a hacerla posible. Ya tendrá su estreno acá en Argentina.

-¡Qué buen título! La luz de la lluvia. ¿De dónde salió?

De esa luz que llega del cielo, de esa promesa. Tengo una imagen de chica que es la de mi viejo paradito afuera en la vereda mirando el cielo a ver si llovía. Todos miraban el cielo. Algunos para esperar la lluvia, otros para pedir. De hecho en una de mis obras "Las Juanas" con la que actualmente giramos por todo el mundo, hay un texto que dice: ¡Porque todos pensaban en el cielo, si estábamos en la tierra. Yo tenía unas ganas locas de vivir acá!.

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-¿Cuándo te diste cuenta de que te gustaba el teatro?

-Qué sé yo. Ya de chica dirigía a mis primas en las reuniones familiares, hasta el día de hoy nos acordamos y nos reímos mucho. Las convocaba a todas, nos disfrazábamos, armaba el guión, “vos tenés que hacer esto, vos esto” y salíamos todas a la cancha a armar el show para Navidad, para Año Nuevo. Me encantaba dirigir y con el cine también, cuando llegaban de Estados unidos las primeras camaritas. Yo tenía un tío que vivía allá y siempre nos traía tecnología. Y mi abuela cada año llevaba a un nieto, a mi me llevó a los 10 años a Estados Unidos y eso me marcó para siempre: en el viaje, en los idiomas en los mundos mágicos.

-¿Qué significó ese viaje?

-Me marcó para siempre. De Montes de Oca a Disneyland. Te imaginás. Y a los 10 años. Me fui un mes y medio a visitar a mis primos, que vivían en Miami. Conocí Disney, aprendí a hablar un poro de inglés, iba a la escuela de mis primos. Y me divertía hablar un poco en otro idioma, yo era muy chica y eso me marcó profundamente. En los Idiomas y en el viajar.

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-¿Cuándo te picó el bichito del cine?

-El cine es algo que siempre me gustó. Me formé como actriz, directora, productora de teatro, el cine lo empecé a hacer después en Europa. Allá empecé con las cámaras, a filmar cosas, a estudiar. De hecho, antes de volverme en 2014 hice una de mis primeras película, “Mandala”, que estrené en el Arteón en el 2015 y luego presenté en el Cairo, y en otros cines, sobre Rayuela de Cortázar. Un proyecto muy hermoso que me llevo a conocer a Aurora Bernárdez, a Luis Tomasello, íntimo amigos de Julio, que viví en París. Siempre fue algo latente, el cine, cuando me fui a vivir a Buenos Aires, cuando llegue a Roma y el trabajo en el Cinema Alfellini.

-¿Hubo un día que dijiste "el arte es lo mío"?

-Siempre. Pero desde 2014 cuando fundé Kashimá, la compañía productora con la que estamos ahora filmando “El País del Ignorimio”. Ahí sentí que era esa oportunidad, ese lugar donde volcar tantos años de idiomas y experiencias.

-¿Qué es Kashimá?

-Es una palabra inventada, que nace de un juego con un niño también. Cuando vivía en Roma, con el hijo de uno de los amigos donde yo vivía inventamos este idioma, para hablar entre nosotros sin que nadie entienda.

-¿Es como un jeringoso?

-Como el jeringoso. Como el glíglico de Cortázar, un juego.

-¿Cómo siguió la historia de tu carrera?

-Tuve que esperar, viviendo en un pequeño pueblo donde no hay más que voley. No era como ahora que a los chicos los llevan a hacer de todo. Sólo quedaba embarrarse. Ahora que lo pienso llegué al teatro después de haberme criado en el último pueblo del mundo llegué al teatro recién a los 18, cuando me vine a estudiar a Rosario, que empecé la academia de teatro, en la Nigelia Soria, que todavía estaba en la cortada Ricardone. Yo vivía en Entre Ríos y San Luis. Yo me había anotado en esa porque vivía a la vuelta. Cuando me anoté a la semana se mudó a Moreno y Viamonte.

-¿Cuánto influyó tu origen en un pueblo para hacer la carrera artística?

-Una una vez una amiga me dijo: “Vos por eso sos así, si habrás visto el horizonte, si habrás tenido que imaginar". Siempre quería agarrar el sol, como buena sagitariana. Iba a ver ese espectáculo del sol entrando en la tierra, en el crepúsculo. Lo dice Juana Azurduy, en un momento en Las Juanas, “Yo corría para agarrarlo y nunca llegaba”. Mis escenarios.

-¿Es como el horizonte de Galeano, que dice que no existe, pero que te sirve para caminar?

-Es eso. Fue la mejor escuela para mí. El aburrimiento también jugó su papel. No estábamos como ahora con el celular. Estábamos con la naturaleza, en los 90 mi pueblo era otro mundo, ese horizonte me enseñó a caminar.

"Hay que caminar mucho para poder vivir de esto"

-¿Cómo hacés para vivir del arte?

-Hay que caminar mucho para poder lograr vivir de esto, todo el mundo me dice: “¿Cómo lo lograste?” Ejerciendo la voluntad y la fe. Seguir. Es largo el camino del artista, y menos mal... porque en realidad vivimos de eso.

-¿Cómo siguió ese camino?

-Después me fui a Buenos Aires. Imaginate chica de pueblo, actriz, la meca era Buenos Aires. Y así fue que terminé la carrera en cuatro años y me fui a la Capital. Ahí empecé a trabajar en una productora que trabajaba en calle Corrientes para las infancias, con propuestas de Disney. Así que debuté en la calle Corrientes y después empecé a hacer mi caminito. Me fui en febrero y en vacaciones de julio ya estaba con High School Musical. Llenábamos teatros enormes, hicimos una gira grande por todo Argentina: Misiones, Santa Fe, Paraná, vinimos acá al Broadway en Rosario, firmando autógrafos. Yo firmaba como Agustina Toia, y un día uno de mis compañeros de elenco me dijo: “No! Tenés que firmar como Sharpay”. Claro, yo tenía que firmar con el nombre de mi personaje, sino era una desilusión para los niños. Entonces dije: “Esto no es para mí”.

-¿Y por qué te diste cuenta que no era para vos??

-Porque yo quería crear otras cosas. Plasmar mis mundos. Hasta el día de hoy nunca hice una obra de otra persona. Yo quería crear, de hecho es lo que más me gusta. Después si lo actúo, lo dirijo o lo produsco es secundario. Lo mío es la creación, la historia, abordar diferentes universos, la investigación. Me vienen las cosas por ahí, una idea, una palabras y una necesidad de decirle algo al mundo también. Preciso. Con ganas. Por eso pienso que soy una artista porque tengo esa necesidad de crear: una poesía, una obra, un dibujo.

-¿Y cómo siguió el recorrido cuando te diste cuenta que lo tuyo no era firmar autógrafos como Sharpay?

-Quedé en ese proyecto y en otro con Eduardo Lamoglia, Cecilia Maresca y Gigí Rúa. íbamos a hacer una obra que se llamaba “Tregua para la orquesta”, pero que nunca llegó a su fin. Una larga experiencia que me llevo a trabajar con diferentes maestros Cristina Banegas, Diego Starosta, estudiar en el teatro San Martín. Llegué me anoté en todo, quería aprovechar. Después llegó Italia. Ahí me picó el bichito, era la posibilidad de irme a conocer en vivo a los maestros que estudiaba en la escuela de teatro. Fue todo muy intenso y vertiginoso.

-¿A los 20 años saliste a comerte la cancha?

-Había un hambre acumulado. Hacía de los 15 años que me quería a Buenos Aires, o desde los 10 años. Además llevo en la sangre la herencia de mi abuela materna, Carmen Ditzel, más conocida como La señora Jorgelina, que trabajaba en Canal 5 cuando mi mamá era chiquita, en "El Clan", en "Tertulias hogareñas”. De hecho tengo una pintura de mi abuela cantando rodeada de personajes. Mi abuela porteña, que quería ser actriz, pero sepultó su deseo ante la cachetada de su padre. En los años 40 ser actriz, era lo mismo que ser prostituta.

-¿Cómo era la relación con tu abuela?

-Yo tenía dos abuelas, la del campo, mi abuela Nelly, y la de la ciudad. Dos mujeres que ame profundamente. Cada una me regalaba el encanto de su vida y sus pasiones. Cuando vine a estudiar a Rosario, íbamos con mi abuela al teatro. Una vez en el pueblo una mujer me dijo: “vos sos la nieta de Jorgelina”. Yo no sabía ni quién era Jorgelina. Era el nombre artístico de mi abuela de la televisión. De esas historias familiares. Mi vieja se acuerda hasta el día de hoy que ella y sus hermanas iban a Canal cinco con mi abuela y se quedaban dibujando.

"Vinculo el viaje a Italia con un llamado de la sangre"

-¿Cómo te fue en Italia?

-Llegué a Roma y no sabía una palabra de italiano, bueno, un poco sí porque mis viejos a veces, cuando éramos chicos, hablaban entre ellos en italiano. Llegué y me fui a la Sapienza, la universidad de Roma, justo ese día empezaba un curso de teatro, junto a Claudio Remondi y Riccardo Caporossi, dos maestros del teatro de los años 60. Justo ese día empezaba en el Centro Teatro Ateneo este laboratorio de entrenamiento y creación de lunes a viernes, ocho horas diarias. Un centro Internacional donde dieron clases Grotowski, Eugenio Barba y muchos maestros de las vanguardias teatrales de los 60 y 70. Ahí caí, ni siquiera tenía ciudadanía.

-¿Cómo hiciste para estudiar en la Sapienza?

-Hacía 15 o 20 días que estaba en Roma y todavía no hablaba bien el idioma. Me estaba ya embolando. Necesitaba teatro. Así que me mandé. Llegué y ahí me esperaba todo un mundo. Encontré un grupo maravilloso que me tuvo paciencia hasta que aprendiera el idioma, nos reíamos mucho. Amigos que venían de Polonia, de otras partes de Italia. Me hice un lugar, un lugar donde ir todos los días a entrenar y crear. Armamos una obra sobre el universo becketiano muy hermosa, que presentamos en el Teatro Eduardo Di Filippo, de Roma. Recién llegaba, y todo seguía andando.

-¿Cómo te integraste a pesar de la barrera del idioma?

-Ahí conocí a mis dos amigas del alma Elena D’Angelo y la polaca Bárbara, con las que todavía hoy nos encontramos. Lorenzo, Giulia, Vincenzo desparramados por el mundo que aún seguimos en contacto.

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-¿Y cómo seguiste en Roma?

- En Roma pasan muchas cosas. Tuve la oportunidad de estudiar y trabajar con Cathy Marchand, del Living Theater. Yo venía con muchas ganas de formarme en antropología teatral con Eugenio Barba, a quien pude encontrar personalmente. Imaginate que acá en la escuela de teatro de Rosario estudiaba los manuales de Grotowski, Meyerhold, Eugenio Barba y esta experiencia me permitió conocerlos en vivo. Me fui un tiempo a Perugia al “Centro internacional de estudio de biomecánica teatral”, para estudiar una formación rusa muy revolucionaria en el entrenamiento del actor. Fueron experiencias muy fuertes en cuanto a la formación teatral. Fueron tiempos de cosecha. Para después sembrar, aprender idiomas y volar por el mundo con mi arte.

¿Parecido a lo que hacen los rusos con la danza, en la que son tan rigurosos?

-Sí. Los rusos y los polacos son muy metódicos, muy rigurosos. Tienen algo especial y profundo. Amo el cine y el teatro polaco y ruso. Es de lo mejor. La biomecánica teatral fue clave en mi formación como actriz. Es lo que trabajo cuando doy seminarios de formación, porque como entrenamiento para el actor me parece revelador.

-¿Qué es la biomecánica teatral?

-La biomecánica teatral fue una de las primeras formaciones físicas para el actor porque antes el teatro pasaba por la escenografía y la palabra. Había una puesta en escena, pero el trabajo del actor era solamente declamatorio, no había cuerpo. La biomecánica fue uno de los primeros entrenamientos físico para el actor, que después Eugenio Barba retoma y profundiza con la antropología teatral: un estudio basado en movimientos y rituales de diferentes tradiciones y culturas del mundo: como las danzas balinesas, por ejemplo. El entrenamiento biomecánico es una forma de descubrir en el propio cuerpo la propia energía, la propia masa, el propio ritmo, algo que responde al cuerpo primero y a la palabra después.. Hay que poner el cuerpo. Pasar por el cuerpo el texto. Es un entrenamiento muy fuerte pero para después volar en escena. Estar liviana y presente.

-¿Algo de eso hacen en “Las Juanas”?

-Las Juanas es todo cuerpo. “Las Juanas” es un capítulo de mi vida. Enorme. Pero es todo cuerpo y todo alma. Hay que estar ahí, siendo canal de 8 mujeres diferentes. Una es canal por el que la energía pasa. Una transpira y todo, pero hay algo biomecánico adentro, está entrenada con la respiración, los sonidos y los músculos. Es complejo, pero en mi formación como actriz me transformó profundamente.

-¿Cuándo apareció tu berretín por el cine?

-Cuando me fui a vivir a Buenos Aires, a los 20 años, había ido para inscribirme en la Enerc (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), pero después no me inscribí. Cuando me fui a vivir a Roma, viví un tiempo en Grottaferrata, en las afueras de Roma, donde tenían las villas los emperadores romanos. Las villas romanas. Ese pequeño pueblo que tenía por encanto la tumba de la hija de Nerón. Cada rincón romano tiene una historia. Yo estaba en mi salsa y a 15 minutos de los estudios de Cinecittà. Ahí conocí el neorrealismo, empecé a trabajar en el Cinema Alfellini con Rosano, que era uno de los primeros proyeccionista de Roma. Tenía como 85 años y seguía trabajando como proyeccionista. Conocía a Alberto Sordi, Nino Manfredi. Tenía pegada en el vidrio del cine una dedicatoria para él de Ettore Scola. Nos hicimos amigos. Todavía siento el sonido del proyector correr en mi oído.

"Quien me hizo amar el cine fue Emilio Bellón"

-¿Cómo llegaste a amar al cine?

-Quien me hizo amar el cine fue Emilio Bellón. Fue uno de mis primeros maestro.

-Emilio Bellón escribía sobre cine en la Revista Risario y en el Diario Rosario.

-Lo adoro. El año pasado nos reencontramos después de muchos años, en una función de “Las Juanas” en Italiano “Le Giovanne” para el mes de la mujer. Habíamos hecho una gira enorme por toda Italia y dijimos vamos a hacerla también en Rosario para los que hablan italiano. Y Emilio cayó ahí y cuando lo vi entre el público me emocioné. El me hizo amar el cine. Cada película que él nombraba yo la veía. De hecho cuando en 2014 volví con “Mandala”, la película sobre Rayuela de Julio Cortázar, él me invitó a proyectarla en un grupo de cine que tenía en la Asociación Médica, a proyectar y a charlar, a contar las experiencias. Algo muy lindo.

-¿Cómo surgió la idea de fundar Kashimà?

-En 2014 vuelvo de Europa y fundo Kashimá con dos amigas con quien había estudiado teatro, Laura Wulfson y Julia Rovere, una de Cañada de Gómez y otra de Rosario. Empezamos a crear. Y ahí nacío “Leer para crear”, la primera obra. Yo venía con unas ganas enormes de fundar mi propia compañía y de sembrar esas semillas que traía.

-¿Cómo fue tu periplo europeo?

-Estuve siete años por allá. Primero en Italia, después viví un año en París, así que aprendí el francés también. Ahí pude estudiar en el centro de estudios para el actor Arta Cartoucherie, donde funciona un centro internacional de investigación para el actor. Allí está el Teatro du Soleil, el Teatro de la Tempet, un complejo de teatros muy hermoso en las afueras de París. En cada lugar donde iba viviendo estudiaba y trabajaba en lo que podía. Después viví en Londres, en Alemania, en Suiza. Y siempre estudiando, aprendiendo, filmando.

-¿En qué trabajabas?

-Trabajaba de cualquier cosa, en lo que viniera, fui moza, institutriz de español para niños.

"Fui institutriz de español en una de las familias más conocidas de Italia"

-¿Cuál fue el trabajo más raro que hiciste?

-Ser institutriz de español de los nietos de una de las familias más conocidas de Italia. En el primer año que estuve en Italia, en 2008, no conseguía laburo, entonces empecé a pegar cartelitos como enseñante de español “Algo voy a enganchar”, pensé. Un día fui a la librería de libros españoles que está en Piazza Navona, enfrente de la escultura maravillosa de Bernini, en el centro histórico de Roma. En la librería había un lugar para pegar publicidad ahí encontré uno que decía: “Buscamos profesora de español, preferentemente argentina”. “Esto es para mí”, pensé. Yo me estaba por volver porque no conseguía trabajo, pero viste que el universo es tan poderoso. Llamo, nada. Escribo unos mensajes, todavía no existía el WhatsApp, nada. Y antes de eliminarlo dije: “Espero una semana y vuelvo a intentar”. Y a la semana me atiende una mujer norteamericana y me dice: «Bueno, ¿querés venir a conocernos? Estamos aquí”. Vivían a la vuelta del Coliseo. Es una historia muy larga y muy linda. Un niño de seis años y una nena de nueve, que ya hablaban un poco de español porque el papá había nacido en Argentina. Fui un jueves y me dicen: “Mirá, el fin de semana nos vamos a una villa que tenemos en Monte Argentario. Si querés te podés venir con nosotros a pasar el fin de semana”. Acepté. No sabía quiénes eran ni cómo se llamaban. Nada. Me fui. Y cuando llego se abren las puertas y aparece todo un camino de esculturas romanas. Era impresionante. Una mansión. De película. En el living estaba el papá de los chicos en una foto con Fidel Castro, después otra foto del abuelo con uno de los Kennedy. “¿Quién es esta gente?” pensé.

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-¿Cómo la pasaste ese fin de semana?

-La primer noche ellos se fueron. Me senté a cenar sola en una mesa gigante larga, venían los camareros con camarones, me atendieron como a una reina. “¿Dónde estoy?” me preguntaba. Caí en una familia italiana. Fue el destino que estaba escrito. Fue un laburo muy lindo que me hizo conocer mucha gente y además trabajaba dos o tres meses y después podía seguir viajando y estudiando.

-¿Cuándo empezó tu etapa en nuestro país?

- En 2014 con Kashimá. Y en 2017 también surgió algo muy hermoso y poderoso, el encuentro con Severo Calacci, mi actual pareja, con quien fundamos una compañía y empezamos a trabajar por todo el mundo.

-¿Qué es “El País del Ignorimio?

-El Ignorimio es una palabra inventada porque me gusta inventar todo. El País del Ignorimio es una especie de país de la ignorancia, donde la escuela desaparece y las formas pierden su molde. Un mundo que se plasma ante el deseo de una niña. A partir de ese momento todo empieza a estar corrido de lugar, empiezan a aparecer un montón de personajes mágicos que la ayudarán a Sofía a resolver pruebas y acertijos para volver a la realidad.

-¿Tiene que ver con algunas corrientes que impulsan la abolición de la escuela?

-Tiene que ver con cumplirle el sueño a los niños. Es la pesadilla que todo niño tiene: levantarse una mañana de invierno todo lleno de lagañas, con un sueño terrible y decir: “Como desearía no tener que ir nunca más a la escuela”.

-Fontanarrosa decía que los pibes no deberían entrar a la escuela a las 7:45. ¿La obra propone la desaparición de la escuela?

-Ni una apología, ni una defenestración, al contrario, desaparece la formalidad de la escuela y sus rituales absurdos, como el horario del que hablaba el Negro. Resaltando lo importante: lo lúdico, el encuentro con los demás, las amistades. Imaginate que me crie en el último pueblo del mundo, iba al colegio a las siete de la mañana, de noche, en invierno, el pasto escarchado y las manos con sabañones. Eso me traumó. Por eso creo que ahora soy artista y decido hasta qué hora puedo dormir. Le cumplo el sueño a la Agustina de los 90’ también.

"En 'La luz de la lluvia' todos miraban al cielo"

-¿Qué es “La luz de la lluvia”?

-Es una película que filmamos con mi pareja Severo Callaci. Tengo la imagen de mi viejo de noche en la vereda, mirando el cielo para ver si llovía. La promesa siempre venía del cielo, más que de la tierra.

-¿La película tiene escenas rodadas en Andino , Luicio V. López, Freire, Carcarañá y Serodino?

-Hicimos algunas locaciones en Andino, un quiosco, la cabaña esta de la Reina de la Geometría, el puente hermoso con arcadas que atraviesa el Carcarañá. Después fuimos a Lucio V. López, en la vieja usina. Al castillo de Freire, entre Carcarañá y Lucio V. López. Ahí fue una locación muy linda, ahí está la película. En Serodino rodamos muy poquito y después en Rosario, en la Escuela Víctor Mercante y en zona sur con sus calles y negocios.

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-¿En qué barrio de la zona sur?

-En Bonpland entre Buenos Aires y Laprida estaban los interiores de la casa de Sofía. También filmamos en una panadería y en otros callejones. Grabamos también con el colectivo 218, de los años 70, que pedimos al museo del transporte de la ciudad de Rosario.

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-¿Cómo definís tu oficio? ¿Qué sos?

-Artista.

-Pero “artista” es una palabra muy vasta.

-Es muy vasta, pero lo siento así, por varios motivos, porque además de actuar, dirigir y producir, escribo poesía y dibujo. Hago cine y fotografía. Ahora estoy a punto de largar una línea de vestidos con mis dibujos. Tengo toneladas de dibujos que he hecho durante mi vida y mis viajes. Dibujo mucho, siempre me gustó. Dibujo porque no puede parar de crear. O sale en una canción o sale en una poesía o sale en un dibujo, por algún lado sale. Pero por eso digo que me considero artista, porque es como que abarco varias disciplinas. Siempre estoy con ganas de fundar un grupo de música o de publicar mis poesías. Ahora estoy en un proyecto con Elena D'Angelo, una amiga romana, esta de mis amigas eternas. La amiga romana. Ella es poeta y con ella hemos hecho obras en Roma. Estuvimos en el Festival dell’Orologio. Con una obra llamada “Divento”. Ella es poeta y tenemos ganas de juntarnos para hacer un libro de poesía bilingüe con los dibujos y las poesías.

-¿Cuándo supiste que ibas a ser artista?

-En el secundario. Yo vivía afuera del aula porque me aburría. Todo me parecía absurdo. Pensaba: “No quiero estar acá” y no lo podía evitar, no tengo formalidad, la mínima para poder convivir. Me acuerdo que así como me pasa con el dibujo, me pasaba con la actuación. Estaba todo el tiempo actuando. Tenía una mandíbula que la uso hoy en “Las juanas”, era la dentadura postiza de mi abuela del campo. Yo me la llevaba al colegio, me la ponía en las clases y hacía personajes. Después con el esqueleto del laboratorio, el profesor lo traía seriamente para darnos la clase de anatomía y yo pasaba a decir la lección y los hacía matar de la risa. De los 14 a los 18 años trabajaba en el pueblo animando fiestas infantiles con el Payaso Burbuja. Tenía que actuar. Salía de mi casa con los globos en la mano un sábado a la tarde y a trabajar.

-¿Cuántos idiomas?

-Inglés, italiano, francés y un poquito de alemán.

"Si no fuera artista sería astronauta"

-¿Si no fueras artista, ¿qué serías?

-Astronauta. Me encanta. De hecho en quinto, antes de terminar la escuela, una profesora nos preguntó qué íbamos a hacer de nuestras vidas, cuando le dije que quería ser astronauta, se empezó a reír. Yo quería ser astronauta. Ahora entiendo por qué. Ellos están en la luna, yo viajo de vez en cuando también.-

-¿Sos la Messi o la Di María de Montes de Oca?

-No se. Digamos que ya soy un personaje del pueblo, pero desde siempre. Mi pareja siempre me dice que no va a parar hasta que pongan una estatua de las Juanas en la entrada del pueblo. Hay una foto muy hermosa con las banderas al viento.