El director del Instituto de Salud Socioambiental de la UNR, explicó cómo surgió la investigación sobre abortos espontáneos e hipotiroidismo en nueve localidades santafesinas
11:00 hs - Domingo 02 de Agosto de 2026
El médico Damián Verzeñassi, director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), es uno de los autores del estudio que analizó la evolución de los abortos espontáneos y del hipotiroidismo en nueve localidades santafesinas rodeadas por cultivos extensivos. En diálogo con La Capital, repasó el origen de la investigación, explicó los alcances de los hallazgos y reflexionó sobre el debate abierto en torno a los posibles impactos sanitarios de la exposición a plaguicidas.
–¿Cómo surgió este trabajo?
–Después de la experiencia de los Campamentos Sanitarios y durante la pandemia empezamos a revisar y sistematizar la enorme cantidad de información que habíamos acumulado para que resultara más útil a las comunidades. Ya habíamos trabajado sobre cáncer y publicado un estudio en 2023. Paralelamente realizamos un informe sobre derechos reproductivos y exposición a agroquímicos a pedido de una organización internacional. A partir de ahí entendimos que era importante analizar con más profundidad los datos vinculados con la salud reproductiva de las poblaciones rurales.
>>Leer más: Revelador estudio en pueblos santafesinos: la exposición a pesticidas aumenta el riesgo de padecer cáncer
–¿Por qué decidieron analizar específicamente abortos espontáneos e hipotiroidismo?
–Porque al revisar la bibliografía científica encontramos antecedentes que mostraban una asociación entre el hipotiroidismo y distintas dificultades reproductivas. Al mismo tiempo advertimos que no existían registros nacionales o regionales suficientemente completos sobre estos problemas de salud. Eso nos llevó a revisar la información generada por los Campamentos Sanitarios para intentar comprender si lo que observábamos en estas localidades respondía a una tendencia particular.
Un salto sorpresivo
–¿Cuál fue el dato que más los sorprendió?
–Sin dudas, el salto en la tasa de abortos espontáneos. Fue un crecimiento que nos llamó mucho la atención y que nos llevó a profundizar el análisis. También nos preocupó la ausencia de registros oficiales con los cuales contrastar lo que estábamos encontrando.
–¿Tuvieron posibilidades de comparar los resultados con estadísticas argentinas?
–Esa fue una de las principales dificultades. No encontramos registros nacionales o regionales con el nivel de detalle necesario para hacer comparaciones adecuadas sobre abortos espontáneos e hipotiroidismo. Por eso tuvimos que recurrir a referencias internacionales para contextualizar los resultados.
Nueve localidades analizadas
–¿Por qué eligieron estas localidades?
–Porque ya habíamos estudiado varias de ellas en investigaciones anteriores. Nos interesaba trabajar sobre un mismo territorio para ver si distintos problemas de salud aparecían asociados a un contexto compartido. Lo que observamos es que no estamos frente a fenómenos aislados. Encontramos patrones vinculados con enfermedades oncológicas, trastornos endocrinos y dificultades reproductivas en poblaciones que viven inmersas en una misma matriz productiva.
–El estudio que realizaron muestra un aumento especialmente marcado de los casos de abortos durante el primer trimestre de gestación. ¿Qué importancia tiene ese dato?
–Es un aspecto central. Los abortos espontáneos pueden ocurrir en cualquier momento del embarazo, pero los que se producen durante el primer trimestre suelen estar más asociados a factores ambientales o externos. Lo que encontramos es que el aumento se concentró precisamente en esa etapa, mientras que los abortos del segundo y tercer trimestre se mantuvieron relativamente estables durante los años analizados.
–¿Qué elementos permiten vincular estos hallazgos con el contexto de exposición a plaguicidas?
–Nosotros no realizamos análisis químicos en las mujeres que atravesaron pérdidas gestacionales. Lo que hicimos fue analizar qué pasó en el territorio durante ese período y qué pasó en la salud de las personas que viven allí. Observamos aumentos simultáneos en distintos indicadores sanitarios y, al mismo tiempo, un incremento en el uso de compuestos que la literatura científica identifica como disruptores endocrinos y potencialmente vinculados con trastornos reproductivos. Lo que encontramos es un patrón epidemiológico que merece ser estudiado y atendido.
–El propio estudio señala que no demuestra una relación causal directa. ¿Por qué hacen esa aclaración?
–Porque una investigación epidemiológica como ésta permite identificar asociaciones y tendencias, pero no establecer por sí sola una relación causal definitiva para cada caso particular. Es una aclaración metodológica necesaria. Lo que podemos afirmar es que encontramos señales consistentes y suficientemente relevantes como para justificar nuevas investigaciones y medidas de prevención.
–¿Qué aportaron los Campamentos Sanitarios para este tipo de estudios?
–Aportaron algo que muchas veces no existe: información territorial sistemática. Son relevamientos realizados casa por casa que permiten construir una fotografía detallada de la situación sanitaria de las comunidades. En muchos casos constituyen una de las pocas fuentes disponibles para analizar procesos que se desarrollan durante largos períodos de tiempo.
–¿Las tendencias fueron similares en todas las localidades estudiadas?
–Sí. Incluso incorporamos San Jorge, donde se hizo el último campamento, para ampliar el análisis y encontramos comportamientos muy semejantes. Desde hace años observamos que existe un perfil epidemiológico regional que no coincide con algunos indicadores nacionales y que se repite en distintas localidades de la región agrícola santafesina.
–¿Qué debería hacer el Estado frente a estos resultados?
–Creemos que ya no hay excusas para ignorar estas señales. Existen investigaciones científicas, antecedentes judiciales y experiencias internacionales que muestran que estamos frente a una problemática que merece atención. Los datos deberían servir para fortalecer la vigilancia epidemiológica y las políticas públicas de prevención.
–¿Las dificultades para instalar estos debates los desalientan o los impulsan a seguir investigando?
–Tenemos la convicción de que el trabajo académico tiene sentido cuando contribuye a mejorar la calidad de vida de las comunidades. Sabemos que se trata de discusiones complejas y que existen intereses muy poderosos involucrados. Pero también creemos que la universidad pública tiene una responsabilidad fundamental en producir conocimiento independiente y ponerlo al servicio de la sociedad.
–Después de tantos años de trabajo en el territorio, ¿Cuál es la principal conclusión que deberían conocer los habitantes de estas poblaciones?
–La principal conclusión es que existen señales cada vez más claras de que determinados modelos productivos generan riesgos para la salud. A partir de eso creemos que es necesario abrir espacios de diálogo y construir alternativas que permitan producir sin comprometer la salud de las personas ni la de las generaciones futuras.