Dos especialistas en salud mental ofrecen una mirada que va más allá de la prohibición. Un punto de vista que interpela a quienes deberían dar el ejemplo y acompañar la crianza
06:35 hs - Domingo 12 de Julio de 2026
"Les estamos pidiendo a los niños que se controlen cuando los adultos no lo hacemos". La reflexión pertenece al concejal y coordinador del Plan de Educación Digital Integral del Ministerio de Educación, Lucas Raspall, quien ofreció una mirada diferente respecto a la demonización que comenzó a girar en torno al uso de dispositivos en infancias por los efectos nocivos que se genera, según la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). La psicóloga Mariela Castro, profesora adjunta de la cátedra de Neuropsicología y Psicología del Desarrollo de la carrera de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) también ofreció una mirada aguda al respecto.
Nuevo contrato social
La reflexión de los profesionales se enmarca en una serie de medidas que pusieron en marcha Australia y el Reino Unido para restringir el uso de redes sociales en menores de 16 años, a partir del daño cognitivo que provoca la exposición en esos dispositivos móviles. España y Francia también avanzan en medidas que van en ese sentido.
En declaraciones a La Capital, el psiquiatra, psicoterapeuta, docente universitario y escritor rosarino propuso elaborar un nuevo contrato social porque son los adultos a quienes debe interpelar esta situación que atraviesa la sociedad en su conjunto al entrar en contacto con las pantallas.
"No debemos hablar de patologías, sino de las repercusiones que tiene el uso excesivo de las pantallas o aplicaciones que no son adecuadas para la edad. Por eso hablaría más de las interferencias que obstaculizan aquello que es necesario para el desarrollo de capacidades cognitivas, emocionales y sociales, que no siempre se van a apreciar de manera tan nítida en la infancia, sino que los efectos podrían ser a largo plazo", opinó.
Demonización, educación y límites
Para Raspall, la problemática no pasa por el tiempo excesivo y el consumo de pantallas o aplicaciones, sino por la falta de acompañamiento en un ambiente muy diferente al que necesitan los niños y niñas para crecer y desarrollarse.
"Ese es el punto, porque a priori aparece un doble golpe propinado por el riesgo al que se exponen y, por otro lado, es todo el tiempo que le quitan a actividades que sí son necesarias y convenientes tales como el juego y el diálogo, es decir, todo aquello que tiene que ver con la socielización", analizó.
No obstante, admitió que "el magnetismo que tiene la pantalla está a simple vista: donde hay una pantalla encendida, el nene o nena retira el interés de otras cuestiones y enfoca su atención en un dispositivo, de modo que todos los otros intereses esenciales quedan en un segundo o tercer plano".
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Allí aparece un concepto tan esencial y simple —pero complejo a la vez— que es el de educar y poner límites. "No es tan distinto de lo que hacemos en otros ámbitos de la crianza, por eso el tema de las pantallas no es más ni menos que un tema de límites, porque ya sabemos que hacen daño, incluso a los adultos. Ocurre que nos incomoda poner límites que son necesarios, más allá de los reproches que parten de los niños y niñas y a veces tienen razón en hacerlo, cuando manifiestan que otros niños sí poseen celular y que ellos se quedan afuera", reflexionó.
Es por eso que, en ese contexto, señaló que cuidar a las infancias y adolescencias no es solamente una medida de regulación del tiempo de exposición sino el tipo de acompañamiento con respecto a los contenidos que se consumen en ese dispositivo.
"Es por eso que lo esencial es estar presente para saber qué hacen y qué no, para qué use un dispositivo móvil, al tiempo de acompañar la capacidad de pensamiento crítico, que lleva tiempo en desarrollarse. ¿Y qué hacemos? Educamos, ni más ni menos que eso", sintetizó.
Regulaciones
Raspall mantuvo una postura un tanto crítica respecto a la prohibición como ocurre en Australia y otros países porque, en definitiva, eso no genera los efectos de protección y salud que se buscan.
"Con esas políticas generan una fantasía de que va a controlar las cosas y no lo hace en absoluto, de acuerdo a lo que se observa en los primeros datos que arrojan las estadísticas en otros países. Y segundo que nos quita el lugar que nos toca: que es poner límites como padres", apuntó.
"Las regulaciones buscan establecer límites y eso está muy bien, pero debemos tener presente que eso se agota dentro del ámbito familiar. Porque después ese niño o niña va a la casa de un amigo o amiga y esas regulaciones se pierden como marco, ya no está la tutela paternal. Por eso es importante la educación para explicarles a nuestros hijos que las pantallas no son el demonio, pero que sí hay situaciones de riesgo a las que pueden estar expuestos", concluyó.
Vacíos de época
Mariela Castro es psicóloga, profesora adjunta de la materia Neuropsicología y Psicología del Desarrollo de la carrera de Psicología de la UNR. Es directora de la especialización en Psicodiagnóstico de la carrera y también se dedica al campo de la clínica. Desde ese lugar ofreció una mirada reflexiva respecto al uso exponencial de pantallas.
"No haría una relación causal, sí tomaría la sobreexposición a las pantallas como un elemento de la epocal de los niños y los adultos hoy en día. Noto también que en los adultos también se pierde la importancia de vínculos, a tal punto que la imagen está reemplazando cada vez más al diálogo de otras épocas", reflexionó Castro en declaraciones a La Capital.
En ese sentido, señaló que "la sobreexposición a pantallas en infancias pone en evidencia ciertos vacíos que los adultos hemos dejado, ya sea con o sin intención, producto del trajín de la vida cotidiana. En ese marco, el avance de la tecnología no es algo que se puede prohibir ni limitar, pero sí me parece adecuado que se pueda regular tanto a nivel familiar o de políticas públicas".
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A partir de su experiencia diaria en el consultorio, consideró que son tiempos donde se percibe "una dificultad muy grande por parte de los adultos a la hora de tolerar la frustración o poner límites a sus hijos y eso impacta en la figura de autoridad de algunos adultos. Nunca ha sido fácil la crianza, pero ahora se les hace complejo tolerar las quejas de los niños y es allí donde se torna dificultoso sostener la palabra adulta".
En ese marco, admitió que no se puede evitar que niños y adolescentes tengan contacto con las pantallas porque eso sería fomentar una suerte de negación ante el avance tecnológico. Y allí apuntó un lugar sensible, que queda bajó la excusa de la exposición excesiva a las pantallas.
"Evidentemente, el adulto ha cedido un lugar de acompañamiento y supervisión de los niños a la hora de saber cuánto tiempo juega, a qué juega y qué le pasa. Ocurre que estar ahí presente se hace difícil por el gran nivel de ocupación para sobreponerse a las dedicaciones propias", reveló.
En relación a eso, recomendó recuperar, en la medida de lo posible, la disponibilidad de tiempo con los hijos para compartir desde el cuidado, el diálogo, el acompañamiento o la realización de una actividad exploratoria que fomente la creatividad entre ambos, a fin de retirar el interés de la pasividad y ostracismo que supone la virtualidad.
En cuanto a los efectos adversos en el desarrollo psicomotriz, reveló que las patologías físicas se notan cada vez más producto del sedentarismo que fomentan este tipo de actividades, ya que el sujeto en cuestión adopta una actitud pasiva ante un dispositivo.
"En el caso de los niños y adolescentes, el avance tecnológico está reemplazando el juego espontáneo, que tiene que ver con ese despliegue que pone en juego el nivel de psicomotricidad y que fomenta el desarrollo neuromuscular en plena edad de crecimiento, ya que en el juego virtual queda mucho más restringido y limitado el rango de movilidad que supone un deporte o actividad recreativa", argumentó.